Los ojos llenos de esperanza, la voz vibrante de entusiasmo, el corazón lleno de paz: Davide está lleno de luz, tiene una rara belleza. Tiene 17 años y nos cuenta con plácida urgencia su buena nueva: «He vivido el año más hermoso de mi vida, he encontrado la verdadera felicidad. Ahora no temo nada, ni siquiera la muerte, porque tengo siempre al Señor a mi lado».



Al poco tiempo de haber grabado su testimonio en vídeo, el 17 de junio de 2017, Davide subió al Padre tras sufrir indeciblemente por un tumor que le consumió en el arco de un año, ese año. A la mayoría de los que acudieron a su funeral les pareció una fiesta celestial y el sacerdote, en la homilía, lo saludó así: «Davide se entregó por la salvación eterna y la conversión de los jóvenes. Entregó su cuerpo, que se estaba deshaciendo, hasta el final, como un martirio libremente aceptado».

Pero, ¿quién es en realidad Davide?


«Soy Davide, un chico de Roma de 17 años»: así se presenta este joven que para hablar de sí mismo no utiliza adornos ni mediaciones, sino que llega a lo esencial como quien sabe que ha nacido para ser testigo. Por este motivo Davide nos habla inmediatamente de ese «Señor que ha venido a salvarme».

Un encuentro infantil, en edad pero sobre todo en el corazón, de una sencillez asombrosa y franca: «Cuando eres pequeño -cuenta- no comprendes por qué se te pide que hagas determinadas elecciones y, por consiguiente, la fe que tienes es una fe inmadura: así me pasó a mí. Al inicio de la adolescencia veía que mis amigos podían hacer muchas cosas que yo, como cristiano, no podía hacer y por esto me sentía limitado, como encerrado en una jaula.

»Pero el Señor vino a salvarme el verano que tenía 12 años. Ese año participé en un campamento de verano con la parroquia. Después de ese campamento me había inscrito en otro al que quería absolutamente ir por muchos motivos. El primero era porque sentía que mi ser cristiano me limitaba y por lo tanto, en este otro campamento, podría hacer lo que quisiera; había decidido que haría todo lo que pudiera».



Davide estaba decidido, pero confió esa decisión a un sacerdote de la parroquia que, libre del temor de no ser suficientemente moderno para este muchacho, con ímpetu le dijo la verdad: «¡No vayas! Confía en mí... aún no estás preparado para gestionar una situación de este tipo».

Davide no estaba en absoluto convencido de lo que el sacerdote le decía, pero éste, consciente de ello, insistió: «El Señor no te pide nunca que hagas un sacrificio sin devolverte cien veces tanto, verás que te recompensará abundantemente cada sacrificio que hagas».

Pero Davide estaba decidido: iría al campamento. Sin embargo, el padre no cede y le pide que haga una cosa: «Mañana coge la Biblia, reza y lee qué te dice el Señor sobre este hecho en particular de tu vida».

Davide, que aunque era muy joven era también muy serio, a la mañana siguiente abre el texto sagrado y del último capítulo del Libro de Judit lee: «Pasado ese tiempo, cada cual volvió a su casa. También Judit volvió a Betulia y se dedicó a administrar su hacienda. Mientras vivió, fue muy famosa en todo el país». Al recordar estos episodios, basta mirar a los ojos de Davide para ver lo qué realmente ocurrió en su alma en ese instante: «¡Me quedé atónito! Eran las mismas idénticas palabras que me había dicho el sacerdote el día antes! Como Judit, tenía que permanecer en mi casa y, como Judit, por este motivo sería recompensado toda mi vida. Fue una experiencia muy fuerte y la comprendí: el Señor existía verdaderamente y actuaba verdaderamente en mi vida. Y hablaba verdaderamente a mi vida en particular, a mí personalmente ¡ahora, en ese instante!».


«Hace aproximadamente un año», continúa Davide su testimonio, «recibí una mala noticia: tenía cáncer. Descubrir a la edad de 16 años que tienes cáncer es bastante duro, pero el Señor no me abandonó».



Un día el joven empezó a notar un entumecimiento en una pierna; pensó que era debido al exceso de deporte del último periodo. Sin embargo, el dolor aumenta cada vez más, por la noche no consigue dormir y los analgésicos no tienen casi efecto. «Me llamaron a casa desde el hospital para decirme que tenía que hacerme otra resonancia magnética: los médicos habían visto una especie de masa, creían que podía ser un hematoma, pero tenían que examinarla mejor».

Davide, junto a su familia, amigos y parroquianos empieza a rezar intensamente para que se trate sólo de un hematoma. No es así: el joven tiene un tumor. «Entonces, vale, encajas al golpe y sigues adelante. Y sigues rezando. Rezando siempre, porque sabes que el Señor está. Y entonces pides que el tumor sea benigno y no maligno». Empiezan cadenas de oración, se ofrecen misas y penitencias. El diagnóstico médico es de los peores: osteosarcoma agresivo con un umbral de dolor máximo.

Pero el muchacho no cede: «Empiezo a rezar para que no haya metástasis, pero cuando recibo los resultados de la siguiente prueba descubro que tengo una metástasis en el pulmón».

A partir de ese momento el mal empieza a avanzar a gran velocidad: en un año lo consume entre dolores y sufrimientos indecibles. Junto a la infausta condena llega también la noche oscura: «Llego casi al punto de enfadarme con Dios -explica el joven-, y le pregunto: Pero, ¿por qué yo rezo por una cosa y Tú haces que suceda otra? ¿Por qué no me quieres ayudar? ¿Por qué me sucede precisamente a mí todo esto? ¿Qué sentido tiene rezar si después sucede exactamente lo contrario de lo que yo desearía que sucediera?"».



A pesar de las grandes dificultades, Davide sigue buscando el consuelo en la Iglesia y no cesa de pedir ayuda a distintos sacerdotes. Un día, uno de ellos lo desafía hasta el fondo: «Davide, confía tu enfermedad a Dios». El joven se niega categóricamente, en su corazón comprende de inmediato que esto significa aceptar la posibilidad de la muerte. Pero al mismo tiempo comprende que es también un desafío de amor: «No tengas miedo -me dice el sacerdote-, porque también Jesús tuvo miedo en Getsemaní: "Señor, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya"».


«Una noche que estaba ingresado en el hospital para la quimioterapia no conseguía dormir. Mi corazón estaba turbado y sentí la necesidad de rezar. Entonces cogí el rosario que tenía junto a mí y empecé enseguida a sentir una emoción bellísima que me irradiaba el corazón, una emoción muy, muy fuerte. Era una emoción concreta como puede ser la felicidad, la tristeza, el miedo, la rabia, pero era una emoción totalmente nueva, que no había sentido nunca antes, y era hermosísima: era como sentirse enamorado, en el séptimo cielo, pero más. Empecé a llorar y no paré durante media hora mientras volvían a mi mente esas palabras: "Confía tu enfermedad a Dios". E inmediatamente recordé otras palabras: si no consigues confiar la enfermedad reza para conseguirlo. Comencé a rezar el rosario y, de nuevo, el Señor vino para sorprenderme porque, en cuanto acabé el rosario, cambié totalmente de idea y pasé de estar seguro de no querer confiar mi enfermedad a Dios, a estarlo de que era lo único que quería hacer. Comprendí en un instante que todos mis proyectos, todas mis ganas de controlar mi vida, eran únicamente una manera de remar contracorriente: el Señor me estaba mostrando cómo mi vida no respondía a mi voluntad, sino a la Suya. Y me lo había mostrado desde el inicio de la enfermedad: yo quería un hematoma y fue un tumor, yo quería que fuera benigno y era maligno, etcétera. Mi vida no estaba en mis manos, mi vida estaba en las Suyas. A partir de ese momento he vivido literalmente el año más bello de mi vida. Soy verdaderamente feliz y he dejado de temer a la muerte, porque he comprendido realmente que tengo un Dios que sólo quiere mi felicidad. Cualquier cosa, incluso la que pueda parecer más horrible, más fea, si es Su voluntad es la cosa más bella que puede sucedernos».
 

«El día del Via Crucis -cuenta Davide-, estábamos en casa mirando en directo desde el Coliseo el Via Crucis con el Papa. Cada vez que durante la función se recitaba un paso en el que Jesús caía bajo el peso de la Cruz, yo sentía unas fuertes punzadas de dolor hasta que, en el momento en que Jesús es crucificado y está muriendo, empecé a sentir un dolor muy, muy fuerte, realmente intenso, que desapareció en el momento en que Jesús muere».

El último periodo, sobre todo las últimas semanas, son terribles: el tumor ha cubierto todos los órganos vitales. El joven sufre  mucho, le cuesta respirar, no se queja nunca. Entrega todo sí mismo, derrama todo su dolor en la Cruz y ofrece su sacrificio cada instante a Dios Padre.

Entre dolores, poco antes de entrar en coma, tuvo algunos diálogos con el párroco que éste nos cuenta: «Cuidado, Davide, que el demonio volverá a crearte dudas sobre la existencia de Dios». Pero Davide replicaba seguro: «¡No sucederá!». «Cuidado Davide, el demonio es sentimentalista... cuando entres en coma, que tu alma esté alerta... debes volver a ponerte de pie». La respuesta del joven, mientras boqueaba, se manifestó con una increíble sonrisa.

Davide nace en el Cielo el 17 de junio de 2017 y en su rostro parece estar grabada esa frase que repetía a quienquiera que encontrara: «Pero si yo soy feliz, ¿cómo es posible que tú no lo seas?».
 
Artículo de Costanza Signorelli en La Nuova Bussola Quotidiana.
Traducción de Helena Faccia Serrano.