Jim Murphy, de Estados Unidos, casado y con un hijo, acaba de ser elegido como nuevo coordinador mundial de la Renovación Carismática, sustituyendo a la laica inglesa Michelle Moran, que llevaba 10 años en el cargo.

En cierto sentido, es un cargo que afecta a muchas personas: entre 80 y 120 millones de católicos en todo el mundo se mueven en grupos y comunidades ligados a la Renovación. En otro sentido, no afecta a muchos trabajadores directos: el ICCRS (www.iccrs.org, el servicio internacional de coordinación de la Renovación) es en realidad una pequeña oficina en Roma, con un puñado de empleados y voluntarios. Pocas cosas hay en la Iglesia más descentralizadas que la Renovación, un movimiento laical nacido en febrero de 1967, que cumple ahora medio siglo de historia.




  Este gráfico es un cálculo a la baja basado en datos del año 2000, que distingue entre los asistentes regulares, que acuden a su grupo carismático cada semana, y las otras personas que acuden solo a encuentros de vez en cuando 


Jim Murphy ha tenido muchos trabajos raros en su vida. "Mi padre era capitán de barco. Yo quería dedicarme a rescatar tesoros submarinos, hacer arqueología... ¡Conocí España leyendo de sus galeones! Yo tenía barco para practicar", explicó en 2012 a ReligionEnLibertad.

Aunque tenía un título de graduado social, trabajó cosas de lo más peculiar: prospecciones en Alaska, investigación arqueológica en Hispanoamérica, guitarrista en una banda, conductor de camión, conductor de barco en viajes charter, tendero vendedor de verduras... y una vez fue guardaspaldas de la Madre Teresa de Calcuta

Pero llegó un momento en que decidió dedicarse al Evangelio a tiempo completo. "Sentí que Dios me decía que hay muchos tesoros que rescatar, que no están bajo el mar sino en los corazones de la gente", explica. 


Jim Murphy nació en 1952 en una familia católica en Detroit, Michigan. Estudió en un colegio católico, y con sus dos hermanos acompañaba a sus padres a misa cada domingo. En casa, solían rezar juntos por la noche.

En la noche de Pascua de 1969, con 17 años, Jim tuvo una experiencia mística que cambió su vida para siempre.

"Era de noche. Yo estaba en mi habitación, con la puerta cerrada, y lloraba, porque no veía qué sentido tenía la vida. Entonces sentí una presencia, real. Supe que alguien estaba allí, conmigo. Era una presencia de gran poder y de gran amor. No vi luces, no hubo sonidos, pero en mi interior sentí paz y amor", explicó con detalle a ReL. 

"Entonces noté en mi corazón una voz que me hablaba. No era una imagen o una sensación. Eran palabras. Era un mensaje con palabras, muy claras, precisas. Me decían: "Has intentado encontrar la forma de ser feliz, pleno. Siempre tú, tú, tú. Nunca me dejaste ser parte de tu vida"



"Supe que era Jesús. Tuve la sensación de que Dios me estaba ofreciendo su ayuda para mi vida. Y tuve una visión, muy clara. Era como ver un vídeo. Veía a Jesús en la Cruz. Estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible, yo veía la sangre y las heridas, era terrible. Y me dijo: "cuando pasé por esto, no pensaba que tu respuesta sería, simplemente, ir a misa o ayudar en la parrroquia. No pasé esto sólo para que vayas a misa. Pasé esto para que seamos amigos y para ser parte de tu vida".

"Y toda mi comprensión de lo que era ser cristiano cambió. Entendí que ser cristiano no es hacer cosas. Entendí que es una actitud. Que Jesús quería más. Sí, claro que es bueno ir a misa. Él no estaba criticando la misa o la Iglesia: me estaba reclamando a mí."


Jim pudo hablar de su experiencia con su hermana, dos años mayor que él. "Ella había tenido una experiencia de conversión en la Renovación Carismática, que acababa de nacer en 1967 y se extendía por Michigan, y me la había contado, pero yo no entendí nada de lo que me contaba ella ni le presté ninguna atención. Hasta que me pasó a mí", explica Murphy. A través de su hermana, empezó a tratar con grupos carismáticos. "Ella aún es responsable en una comunidad de Ann Arbor, en Michigan", explica. Ese mismo año, invitaron a Jim a dar una charla en la parroquia, a cinco adolescentes. Desde entonces, no ha dejado de predicar.

En 1992, con 40 años, después de leer una carta de la Conferencia Episcopal de EEUU titulada "Herencia y esperanza", Jim tomó una cruz de madera de 1,8 metros y se puso a caminar por Estados Unidos, de Florida a California, viviendo de la Providencia y la caridad, y durmiendo en cualquier sitio. Se hizo un poco famoso, salía en la prensa local y atraía curiosos y atribulados. "A menudo venía gente a pedirme que rezara por ellos, por sus parientes enfermos, etc...", explica. "El hombre que camina con la cruz", titulaba la prensa.


Jim Murphy en 1992, con su cruz

Caminó 6.300 kilómetros: el equivalente a 8 veces el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Le costó 18 meses y gastó 14 pares de zapatos. 

Poco después de acabar su gran viaje evangelizador, con 42 años, se casó y tiene un hijo que ha cumplido ya 20 años. 

Fue presidente durante un tiempo de la Renovación Carismática Católica en EEUU (que implica allí a unos 9 millones de personas), presidente de una asociación ecuménica de evangelización de jóvenes y durante varios años ha sido uno de los miembros de ICCRS, la coordinadora internacional carismática. También ha trabajado en años recientes en México, colaborando con tareas misioneras entre gente pobre.


  Jim Murphy, ya presidente del ICCRS, con el nuevo
vicepresidente, el alemán Christof Hemberger 



En 2012 estuvo en Madrid en la asamblea anual de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu, en el colegio Virgen del Recuerdo. Explicó a ReL algunas de sus intuiciones y convicciones tras casi medio siglo como evangelizador. 

Por un lado, ve que es importante que cada cristiano, y más los nuevos conversos, tengan una comunidad de fe de verdad viva y fervorosa, "que ayude, forme y apoye con un nuevo estilo de vida". Sin eso, no se persevera en la fe. 

Cree que en toda evangelización eficaz hay que escuchar más que hablar, y que "hay que dejar espacio al Espíritu Santo, dejar que Jesús actúe, confiar en Él más que en el método, por bueno que sea".

Afirma que es bueno invitar a retiros, charlas, encuentros, afirma,  pero para eso antes hay que hacer una conexión personal. "Sin la conexión personal, sólo los que ya son creyentes vienen a nuestros programas o encuentros. Está bien encontrarse, pero si no vienen alejados, no es evangelizador".

Y se plantea una "cierta profesionalización" en la evangelización para mejorar la calidad. "Sí, para evangelizar es mejor un buen cristiano con algo de habilidad musical, que un magnífico músico con sólo un poco de cristianismo. Yo mismo toco la guitarra y muchas veces he pensado: me da igual como suene mientras la gente se acerque al Señor y lo ame. Pero si me oyes cantar horriblemente Vive Jesús El Señor, no te atraerá. Quizá necesitamos un Hillsong católico", plantea, refiriéndose al grupo evangélico profesional de música cristiana que mueve masas y vende cientos de miles de discos. 



"La música es poderosa, toca el corazón de la gente. Los católicos tenemos buenos músicos, pero se dedican sólo a tiempo parcial al evangelio. Por otra parte, la profesionalización tiene un cierto riesgo de engendrar soberbia y, con el orgullo, Dios puede retirar tu don. Por eso hay que formar para la humildad."

Una de las predicaciones-testimonios de Jim Murphy en Madrid en 2012, con traducción al español