Jean C. Lloyd es profesora. Está felizmente casada y es madre de dos niños. En su juventud experimentó sentimientos de atracción por el mismo sexo, pero ésa fue solo una parte de sus problemas, acrecentados por los de su hermano, adoptado como ella, pero de familias diferentes. Recientemente Jean dio conocer su historia en The Public Discourse:

Mi hermano y yo somos tan diferentes como la noche y el día. Él tiene la piel aceitunada, con ojos de un marrón profundo, mientras que yo soy más clara y con ojos azules. Yo soy apasionada y me enfado con facilidad; él tiene una actitud tranquila y equilibrada que yo admiro. Podría enumerar otras diferencias y no sería una sorpresa, porque no somos hermanos biológicos. Mi hermano fue adoptado cuando era un bebé y dieciséis meses más tarde yo fui acogida en la misma familia.


Nuestros padres eran generosos y amables y nos proporcionaron un hogar estable. Crecimos en un idílico vecindario de clase media, en una casa de dos plantas de los años 50. Ibamos caminando al colegio, del que sigo guardando buenos recuerdos. Ambos experimentamos la tragedia de que nos separaran de nuestras familias de origen; pero nuestra adopción fue una hermosa redención. Mi hermano y yo estaremos siempre agradecidos por el regalo de nuestros maravillosos padres. Pero las tragedias, a pesar del amor que recibas para afrontarlas, producen heridas que con el tiempo tienen que ser curadas.

Mi hermano y yo estábamos heridos desde el principio. Como con el resto de las cosas, nos enfrentamos a nuestras heridas de manera muy diferente. Yo empecé a plantear preguntas sobre mi madre biológica en cuanto entendí qué significaba ser adoptada. Mi hermano se sentía molesto por estas preguntas y durante veinte años no se las planteó.
 
Mi hermano nació con una malformación congénita. Una operación quirúrgica practicada en la primera infancia sirvió únicamente para tener recuerdos dolorosos y más complicaciones. Yo siempre gocé de buena salud; en cambio mi hermano parecía tener siempre problemas. Aunque no era "justo", no pensábamos mucho en ello. Simplemente vivíamos nuestra vida, íbamos al colegio juntos, bromeando y peleándonos y, en verano, pasando más tiempo dentro de la piscina en nuestro patio trasero que fuera de ella.




La vida continuó así hasta que un verano fui a pasar una larga temporada con unos familiares, incluido un tío depredador sexual. Ya no volvería a ser la misma. Cuando volví a casa me encerré en mi habitación. Ya no volví a reírme con mi hermano y empezó a manifestarse mi gran tendencia a la depresión. Tenía diez años.
 
Mientras tanto, las dificultades de mi hermano aumentaban. Sus problemas físicos le convirtieron en el centro de bromas crueles que alcanzaron su ápice en el instituto.

Yo me aislaba, estaba deprimida y abrumada por la vergüenza que sentía a causa del abuso sexual que mantenía en secreto. A la edad de doce años empecé a sentir atracción hacia el mismo sexo, lo que me confundió aún más. Cuando tenía unos quince años estaba clínicamente deprimida, me puse un esmoquin para ir al baile del colegio y acariciaba la idea del suicidio.

Mi hermano se emborrachaba a la hora de la comida para poder seguir adelante. Ciegos al dolor del otro porque cada uno estaba absorto en el propio, ambos llevábamos vidas disfuncionales paralelas. Interactuábamos lo mínimo y había incluso una cierta enemistad entre nosotros.


De algún modo sobrevivimos y nos graduamos. Aunque había experimentado una verdadera conversión a Cristo que, sin duda, salvó mi vida en mis días con tendencias suicidas y cambios de género, las heridas permanecieron. En el instituto había abandonado mi fe para abrazar una identidad y vida lesbianas. Mi hermano llevaba una vida errática, sin rumbo, y su propensión a adormecer el dolor con el alcohol se convirtió en una adicción.

En nuestra búsqueda para apaciguar nuestro dolor le dimos la espalda a nuestro Creador y a su voluntad revelada. Esto demostró que nuestro problema era más profundo que nuestras heridas. No sólo estábamos heridos. En palabras de C.S. Lewis, éramos "rebeldes que necesitan dejar las armas”.
 

Con el tiempo y con la gracia de Dios ambos despertamos al arrepentimiento gracias al "megáfono del dolor". En lo que a mí respecta, para abreviar la historia que he contado en otras ocasiones, cambié mi identidad lesbiana por una centrada en el amor de Dios, y traté de obedecerle una vez más.

A mi hermano, en cambio, le diagnosticaron una enfermedad muscular degenerativa. Este diagnóstico devolvió a mi hermano a los brazos del Buen Pastor, que había salido en su búsqueda.
 
Mi hermano tiene un tatuaje en uno de sus brazos que dice: "Vive libre o muere". Aunque es muy probable que se lo hiciera estando borracho, expresa un deseo válido.



Fuimos creados para la vida y la libertad. Pero no se pueden encontrar la verdadera vida y la verdadera libertad separados del Creador, fuente de Vida. Y como cualquier adicto en recuperación y transgresor sexual arrepentido sabe, quien peca es esclavo del pecado. La verdadera libertad viene sólo cuando se camina en armonía con Dios y se madura en la virtud, la bondad y el dominio de uno mismo.
 
No he visto ese tatuaje en veinte años. Mi hermano lleva siempre manga larga porque hace años su enfermedad dejó la parte superior de sus brazos atrofiados y esqueléticos. El tatuaje que veo es el que lleva en su muñeca y que le recuerda Quién fue el que sufrió por él clavado en una cruz. Le ayudaba a mantenerse sobrio. Cuando sentía la tentación de beber, miraba su muñeca y vinculaba su dolor a Jesús en la Cruz, donde el sufrimiento es redentor y donde el dolor de Cristo sana a todos los que desean decirle "Sí".




Mi viaje a través de la depresión, la búsqueda de la castidad y la recuperación de mi vida disfuncional fue distinto. El día de mi 27º cumpleaños llegó en un momento de mi vida en el que me estaba enfrentando a heridas muy profundas. No me apetecía celebrarlo y decidí irme.

Le dije a mi amiga Diane antes de irme que no es que hubiera pasado una cosa en particular, sino que era una cosa tras otra, tras otra… Ese día mi amiga Karen me regaló una felicitación en la que me decía que sentía que las palabras de Joel 2, 25 eran especialmente para mí en ese momento. Conocía bien esos versículos, una promesa consoladora y muy conocida, pero con su caligrafía la segunda mitad del versículo brincó dentro de mí: "Os compensaré de los años en que devoraron todo el saltón, la caballeta, el saltamontes y la langosta". No una única cosa, sino una cosa tras otra, tras otra…
 
Así que me fui a una cabaña para pasar tres días de soledad, oración y ayuno. Tenía un único propósito: preguntarle al Autor sobre el guión de mi vida. Bajo una gran cruz de madera en lo alto de una colina, me senté a hablar con Dios mientras disfrutaba del cielo nocturno. Tenía una lista en mi mano, una letanía de quejas sobre los acontecimientos de mi vida que yo habría escrito de manera diferente, empezando por las circunstancias que rodearon mi concepción.
 
En cuanto empecé a hablar el viento empezó a soplar. Estaba llegando una tormenta, pero no había nubes en el cielo y no me dejé intimidar. Mientras yo seguía hablando, el viento se levantó y empezaron los relámpagos. Si yo alzaba la voz, el viento se levantaba aún más, hasta que al final me di cuenta de que estaba prácticamente gritando. Miraba con asombro los continuos relámpagos, cada vez mayores, que cruzaban el cielo oscuro. Al final me callé, vencida por el viento y sobrecogida por la magnificencia y la belleza de la tormenta eléctrica más increíble y larga que había visto nunca. Las luces bailaban en el firmamento y la única vez que utilicé mi voz de nuevo esa noche fue para rezar a su Creador.
 
Esta gloriosa demostración fue seguida por dos días de silencio. No recibí respuestas a mis preguntas. Volví a leer el libro de Job y recordé que yo era la que tenía que dar cuentas de mi vida a Dios, y no al revés


El tercer día, en la última oración antes de partir, de nuevo bajo la cruz, dejé la lista de mi vida y declaré que elegía confiar en Él aunque no entendía Sus caminos. Entonces, en el silencio, tan claro como oía todo, Su Espíritu susurró: "El Amor no permite lo que el Amor no puede sanar". En esta maravillosa promesa se me dio algo más que entenderlo todo. Se me dio la paz que sobrepasa a las respuestas y a la comprensión, junto a la esperanza del Evangelio.
 
La Plegaria de la Serenidad es una bendición y un don usado en cada modelo de sanación de doce pasos que existe actualmente. La mayoría de nosotros conoce sus primeros cuatro versos:
 
Señor, concédeme serenidad
para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría para entender la diferencia.


 
Sin embargo, actualmente hay cada vez menos aceptación de las cosas que no podemos -o no debemos- cambiar. Con el aumento del poder de la tecnología, cada vez se rechazan más y más "guiones". ¿No te gusta el sexo biológico y el cuerpo con el que has nacido? Toma hormonas y opérate. Cambia. ¿Tienes que lidiar con el terrible dolor de no ser capaz de tener hijos biológicos? No te preocupes y comercia con otros humanos e incluso con tu tan esperada progenie. Cambia. ¿Estás embarazada pero de demasiados niños o con un niño con demasiados cromosomas? Aborta e inténtalo de nuevo. Cambia. ¿Vives incapacitado y tu estado no tiene remedio? No tienes por qué aceptar este guión. Cambia. Prepara tu "salida final" con "dignidad". Y la lista sigue y sigue...


La verdadera serenidad se convierte en una ilusión distante y la aceptación verdadera es inexistente. Todo da lugar a la nueva forma de "valentía" de nuestra cultura. Esta "valentia" rechaza todos los límites y busca alterar, medicar y aliviar cualquier experiencia que cause dolor o dudas. Se ha perdido totalmente la sabiduría. Creedme, soy una defensora de los cuidados paliativos. Explorad cualquier medio moral que tengáis disponible. Pero en última instancia hay un límite -ético, médico o de cualquier otro tipo- a muchos de nuestros esfuerzos.
 
A medida que mi hermano envejece, su discapacidad y su dolor aumentan. Es una distrofia, no una enfermedad terminal. Pero no hay cura y hay un límite a lo que se puede hacer para asistirle con cuidados paliativos. Para él, vivir en su cuerpo significa un sufrimiento diario.



En nuestra cultura, muchos rápidamente le ofrecerían la opción "según tus propios términos" ensalzada en la película Yo antes de ti si un día él decidiera que su sufrimiento es demasiado. No se tendría en cuenta su responsabilidad hacia su esposa y su hijo, porque nuestra cultura le dice que él tiene derecho a la autodeterminación, es decir, que él puede poner sus propios límites en el guión que él "aceptará".
 
Como mujer con atracción por el mismo sexo, unos cristianos me ofrecieron un guión redactado de nuevo en el que no se requería el celibato. Aunque estoy segura de que pensaron que era compasión, para ellos era también un camino más fácil para acompañarme en medio de mi tormenta. Si hoy fuera transgénero, estoy segura de que me animarían a operarme y aplaudirían mi "valentía" en cambiar, a pesar de las consideraciones acerca de mi marido, mis hijos y mi salud y bienestar a largo plazo.


Pero la Plegaria de la Serenidad continúa y proporciona el componente que se necesita para alcanzar la serenidad, la firmeza y la sabiduría reales deseadas en los primeros versos de la oración:
 
Viviendo día a día;
disfrutando de cada momento;
sobrellevando las privaciones como un camino hacia la paz;
aceptando este mundo impuro tal cual es
y no como yo creo que debería ser,
tal y como hizo Jesús en la tierra:
así, confiando en que obrarás siempre el bien;
así, entregándome a Tu voluntad,
podré ser razonablemente feliz en esta vida
y alcanzar la felicidad suprema a Tu lado en la próxima.
Amén.
 
"Sobrellevando las privaciones como un camino hacia la paz". Leamos esto de nuevo: el sufrimiento puede llevar a la serenidad. ¡Si solo respondiéramos a este sufrimiento confiando en Dios, que nos ama y hace buenas todas las cosas! ¡Si solo aceptáramos Su esperanza, que se extiende más allá de esta vida y del mundo! El Señor es paciente. Él nos guiará hacia esta confianza. Él nunca deja de buscarnos, deseando derramar su compasión sobre nosotros, si nosotros nos rendimos y dirigimos hacia Él nuestro dolor.
 
Sufrimiento y dolor. ¿Quién de nosotros escribiría el guión de su vida de este modo? Mi hermano no hubiera elegido la enfermedad, la adicción o la pérdida como parte de su historia. Mi madre biológica no hubiera elegido un embarazo no deseado y la pérdida de su primer hijo. Mi madre adoptiva no hubiera elegido su infertilidad. Y más y más. Yo nunca hubiera permitido que formara parte de mi historia el abuso sexual o la atracción por el mismo sexo. Y sin embargo, ha sido este sufrimiento el que me ha encaminado a la serenidad, porque me ha guiado hasta Dios
 
Han pasado muchos años desde ese día de mi 27º cumpleaños y las palabras que oí en la colina. Desde entonces he tenido alegrías que nunca pensé o planifiqué que tendría y pruebas tan asombrosas que dejaron mis oraciones sin palabras y llenas de lágrimas no sólo durante semanas o meses, sino años enteros. Pero he vivido lo suficiente para vislumbrar "otros aspectos" de este sufrimiento. Hay un bonito trabajo en marcha. Dios puede triunfar sobre cualquier giro en la trama que el enemigo de nuestras almas garabatea en nuestras páginas, porque Él escribe una historia mucho más bonita que la que escribimos nosotros.
 
Esta no es la historia de mi hermano, o la mía. Son todas nuestras historias. Todos nacemos heridos. El pecado nos separó de nuestro Padre. La vida es un viaje para encontrar nuestra verdadera identidad como hijos amados de Dios y para dejar que el Buen Pastor lleve nuestras almas a casa, a Él. El Autor detrás de tu historia y de la mía es el Rey del Amor. Entrégale a Él tu "letanía de las langostas", confíale tu dolor y escucha Su promesa de nuevo: "El Amor no permite lo que el Amor no puede sanar".
 
Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).