Las Jornadas Mundiales de la Juventud dan siempre fruto, incluso entre aquellos que acuden sin un interés espiritual. Como le pasó a Emmanuel en 2016 en Cracovia (Polonia), según relata él mismo en Découvrir-Dieu . Este es su testimonio.

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Emmanuel en la JMJ de 2016: sin ningún interés espiritual

Cuando era pequeño, mis padres me dieron la oportunidad de saber quién era Jesús, pero en la adolescencia me dediqué más bien a disfrutar de la vida. Salía con chicas, conocía a mucha gente de la noche, y sobre todo bebía mucho e iba a muchas fiestas, y todo ello sin pensar para nada en Cristo.

Mis padres me habían propuesto hacer campamentos juveniles católicos y de repente, ya joven, me encontré haciéndolos. Iba sobre todo para hacer amigos, para conocer gente, para echarme algunas novias… a pasármelo en grande. A medida que me fui involucrando en estos campamentos -porque me encantaba jugar y conocer gente-, me convertí en monitor.

Dirigía a aquellos jóvenes a Cristo, y era consciente de que les llevaba a misa y les ayudaba a rezar, pero yo no hacía nada de todo ello.

Seguía disfrutando de mis noches de estudiante, con chicas a izquierda y derecha, cuando tuvo lugar ese encuentro con Cristo tan fulminante.

La Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia tuvo lugar del 26 al 31 de julio de 2016, en compañía del Papa Francisco.

Fui a la JMJ de Cracovia con la intención de prestar un servicio dedicando mi tiempo a esos jóvenes que iban al encuentro de Cristo… y fue en ese momento cuando Cristo salió a mi encuentro. Yo sentía necesidad de algo más, sentía que no estaba en mi lugar y que mi vida carecía de sentido.

Un día, cuando todos los chicos se habían ya recogido, vi aquella iglesia. No sabía qué hacer. Entré y había una oración. Me senté, escuché y fue entonces cuando le dije al Señor: “¿Qué quieres que haga por Ti? Mi vida hoy no tiene sentido, le falta algo. Pero creo que estás ahí. Todavía no te veo, pero te entrego mi vida, así que dime qué debo hacer”. Realmente yo no lo sabía. Y en ese momento sentí algo y el Señor me dijo: “Dalo todo, dámelo todo”. Y le dije: “De acuerdo, te lo daré todo”.

Salí de allí. Aún no sabía qué pasaba en mi vida, pero di un paso adelante y me dije: “Voy a entregar mi vida al Señor”. En qué forma, no lo sabía, así que me dije: “En septiembre entraré en el seminario, venga, volvámonos locos, me voy”.

Pero encontré a mi esposa en esa JMJ. Ella me dijo con dulzura: “Si me caso, quiero encontrar a Cristo en el matrimonio”. El Señor me respondió así a través de las palabras de mi mujer. Era así como yo debía entregar mi vida al Señor: en el matrimonio.

Hoy soy padre de familia y si algo deseo es transmitir a mi hijo y a los hijos que vengan por qué Cristo lo es todo en mi vida: que sin Él no puedo caminar, no soy nada. Él vino a buscarme cuando yo estaba prestando aquel servicio, en la forma en la que yo era útil y en lo que mejor hacía. Sigo haciéndolo, pero sirvo con otra alegría, la de anunciar a Cristo en el día a día, ya sea en el trabajo o en mi vida de familia. No puedo pasar sin Él.