Fabrice Hadjadj

 es uno de los intelectuales católicos más importantes en este momento. Las obras de este pensador y profesor francés se están convirtiendo en referencia en el pensamiento cristiano  y hasta Juan Manuel de Prada ha dicho de su libro La fe de los demonios que es “el mejor libro de teología divulgativa que se ha escrito en décadas”.

 
Es un converso pero se ha hablado muy poco de este proceso, quizás porque él mantiene que la conversión sólo es el punto de salida, no el de llegada. Sin embargo, este camino hacía Dios dice mucho de cómo es y muestra una vez más el poder salvífico que hay en la Escritura, un vuelco a la vida en un pestañear de ojos.
 
“Mi familia era judía y de extrema izquierda y yo crecí en el espíritu de la revuelta”, cuenta el mismo Hadjadj. Desarrolló en él un ateísmo marcado por el anarquismo. Además, la lectura de Nietzsche le llevaba al nihilismo aumentando en él una “violencia anti-cristiana” pues la palabra de Dios “me daba urticaria”.
 
Pese a las seguridades que este joven francés creía tener, Dios siempre sorprende y le tenía deparada una gran sorpresa. “Un día un amigo mío publicó un libro de aforismos, en el que cada uno de ellos venía precedido por una cita bíblica”, recuerda Fabrice, que gracias a esto vio la oportunidad de ridiculizar a Dios.

Quería leer la Biblia para hacerme reír”, afirma. “Había encontrado un procedimiento mordaz para ridiculizar las Escrituras. El problema es que para burlarse bien de la Biblia, hay que leerla”.
 

Con su intención de burlarse de la Iglesia y de Dios, continua, “comencé con la lectura de Isaías y de Job. ¡El shock! ¡Qué soplo más increíble! Más tarde releí los Evangelios. ¡Cuanta sencillez unida a tanta profundidad! La palabra de Jesús no era una palabra como cualquier otra: era la palabra en carne, en hueso y en espíritu”. “Había querido desviar la Escritura, y era ella la que me devolvió al camino”, agregó.
 
Ese fue el primer encuentro que tuvo con Dios y que le fascinó. Algo que ya tenía en su corazón aunque olvidase lo ocurrido. Sin embargo, “unos meses más tarde mi padre enfermó. No sabía que hacer para ayudarle. Corrí a la iglesia de Saint-Séverin, cerca de mi casa en París.  Esta era la iglesia en la que me había burlado de los feligreses unos días antes. Entonces oré y fue una revelación. No era una gran luz, era una voz descendiendo del Cielo. Estaba en paz y la paz me mostró que la oración es la esencia de la palabra, el lugar propio del hombre”.
 
Cuenta el mismo Hadjadj que “otro signo de Dios en mi vida fue el juicio a Paul Touvier”, un colaboracionista nazi condenado por crímenes contra la humanidad por ordenar fusilar a siete judíos en 1944. “Asistí porque un amigo mío era abogado en el juicio. Vi a ese tipo en el banquillo de los acusados, un tipo como tú y yo que no podía ver al diablo”.

Esa tarde en su casa este joven se preguntaba si “habría sido mejor que este hombre”. “De repente descubrí mi miseria interior” y pensó en Cristo, “como un Inocente, un absoluto Inocente  vino para redimirme con toda la humanidad manchada por el mal, para salvarme con todos, víctimas y verdugos”.
 
Cinco años más tarde “fui bautizado en la Abadía de Solesmes”. Supo años más tarde que fue precisamente el lugar en el que el condenado en el juicio al que asistió y que le abrió los ojos se había escondido durante meses.
 
Su vida cambió por completo tras descubrir la fe. No quería tener hijos y ahora tiene seis. Desde su columna en Le Figaro y desde otros medios ha sido uno de los intelectuales que con más vehemencia ha argumentado contra el matrimonio y adopción por parte de homosexuales aprobada en Francia recientemente.  Actualmente es además de un importante escritor, profesor de Filosofía en institutos, universidades y en el Seminario de Toulon.
 
Pese a la historia de conversión que hizo Dios con él, a Fabrice no le gusta hablar demasiado de ella. “No me gusta ser anecdótico y retrospectivo. La conversión es un punto de partida, no de llegada. Es como un nacimiento. Pero no se puede preguntar a los conversos únicamente por aquello que sucedió en el momento del parto.  Me he preguntado a menudo sobre mi bautismo, que fue algo extraordinario. Pero me preguntan menos por mi matrimonio que, sin embargo, es el cumplimiento de mi bautismo. Podría escribir miles de páginas sobre mi conversión. Pero si dijese aquello que hizo que me hiciera cristiano sería prisionero de algo que pertenece al pasado. Debo siempre poder decir que si soy cristiano es también gracias a ella, que está a  mi lado. Lo que fundamenta la fe es sobre todo el asombro ante aquello que me rodea”.
 
Uno de sus libros más importantes trata precisamente sobre el demonio, el príncipe de este mundo. Así, advierte de que “hay que entender que el ateísmo  y el liberalismo no son los peores dolores de cabeza, ya que el diablo no es ateo Entonces, para evitar las trampas de un demonio, que sabiendo exactamente la verdad, sabe llevarnos a errores dándoles un aspecto atractivo: utiliza nuestra energía para luchar contra un error haciéndonos caer en el error opuesto”.
 
Del mismo modo, dijo que los cristianos deben tener cuidado con la “fe desencarnada, en la que uno se dedica a ‘organizaciones benéficas imaginarias’ y nos olvidamos de amar a nuestro prójimo en nuestra casa o en nuestra propia cama”.
 
Su vida y su experiencia le han acreditado como uno de los pensadores de la Iglesia más acreditados para el diálogo fe-razón y con el mundo no creyente. “Hoy en día está de moda decir ‘soy ateo’, ‘soy homosexual’, etc…Nadie dice ‘soy un hombre’. Lo importante para el creyente es comprender que ante él tiene siempre a un hombre. Uno que está como yo expuesto al pecado y a la muerte y que tal ves un poco menos consciente del Misterio”.