Cuando empezó la guerra civil, hacía poco más de un mes que había cumplido seis años, pero todavía conservo en la retina de mis ojos algunas escenas espantosas que no olvidé jamás. La familia teníamos una vaquería-lechería en la calle San Blas, luego Dr. Ramos, una calleja estrecha que daba a la calle mayor o de San Miguel, posteriormente de Galán y García Hernández, en honor de los golpistas de Jaca de 1930. En la esquina de ambas “rúas” vivía el señor Gil, más conocido por el apodo de Pedasín. Santo varón, jefe local de la Derecha Regional Valenciana, una de las fuerzas integrantes de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), que había fundado don Ángel Herrera Oria y que terminó liderando don José María Gil Robles.

Una mañana de aquel aciago verano, se presentaron en casa del señor Gil una partida de hombres armados gritando en castellano: “¡cierren las puertas, cierren las vantanas!”. A los pocos minutos sacaban a empellones y en mangas de camisa, al pobre hombre, sin que nadie presenciara la escena, porque en la calle no había un alma. Nadie salvo unos pocos mocosos, entre los que me encontraba, que nos habíamos escondido en el hueco de una puerta próxima, sin perder detalle de lo que ocurría. Al volver a casa mi padre, preocupadísimo por mi ausencia, cuando me vio llegar me soltó un galletón que 75 años después todavía me duele. Mi padre tenía una manaza de pelotari como una raqueta de padel. No me pegaba nunca, pero en aquella ocasión le pudieron los nervios. Huelga decir que el señor Gil apareció el día siguiente muerto en no sé qué lugar.

Otra escena para mí inolvidable, fue el desfile con el teniente Muñiz, jefe del puesto de la Benemérita de Onda, exhibido también en mangas de camisa y con las manos atadas, entre dos filas de individuos armados, como en las procesiones de romanos de Semana Santa. Después de pasearlo por las principales calles del pueblo, lo mataron en la fachada de la iglesia parroquial, a la que fechas después prendieron fuego con los bancos, imágenes y ropajes litúrgicos incluidos.

Desde la sublevación de los militares comprometidos en el levantamiento, La Plana de Castellón, como toda aquella zona mediterránea, permaneció unos quince días en un tensísimo compás de espera a ver qué decidía el capitán general de Valencia o jefe de la III división orgánica, general Martínez-Monje, o alguna de las guarniciones de la zona. Como finalmente no se movió nadie, las turbas anarquistas terminaron tomando el mando, haciéndose dueños de la calle. Allí empezó el aquelarre y la orgía de sangre. La primera víctima de mi pueblo fue el vicariet o coadjutor de la parroquia, monsen Martí, un curita joven, poco menos que recién salido del seminario, que con su inmensa simpatía y celo apostólico, había cometido en terrible delito de arrastrar tras de sí a la inmensa mayoría de los mocitos de Onda, llevándolos por el buen camino. Ciertamente, para los enemigos de Dios, una cosa así era lo peor que podía hacer un sacerdote. Fue asesinado la madrugada del 6 de agosto, festividad del Santísimo Salvador, el patrono local, en la cuneta de la carretera que conduce a la capital de la provincia. Terminada la contienda se erigió en el lugar de su martirio un monumento a su memoria, que milagrosamente, con la que está cayendo, todavía se mantiene en pie.

La actuación criminal, al menos en mi pueblo, corrió a cargo principalmente de los libertarios. Comunistas apenas habían por aquellos pagos. Los socialistas, en cambio, con su brazo sindical, la UGT, eran numerosos y fuertes, pero que yo tenga constancia de ello, no tuvieron participación directa en los asesinatos de “fascistas”, o sea, sacerdotes, religiosos, carlistas, pequeños industriales –grandes no los hubo nunca- personas de derechas o que simplemente iban a misa. Los socialistas simplemente dejaron hacer, dedicándose, más bien, a mantener la gestión administrativa municipal, mediante el comité revolucionario que formaron representantes de los partidos que integraban el Frente Popular, presididos por el alcalde, el socialistas Feliu. Pero a la postre, quienes imponían su fuero y su ley, eran la gente de la FAI, los dos hermanos Monchento, pistoleros de Barcelona, que en cuanto sonaron los primeros tiros se presentaron en Onda, donde habían nacido, haciéndose dueños de la situación. Se incautaron del Casino de “d’alt” o de arriba, sede hasta entonces del partido Radical (liberal) de Lerroux, al que pertenecía mi padre, desde el que planificaban sus fechorías.

Por las noticias que yo fui archivando en mi memoria, a través de mi familia, los anarquistas locales no tuvieron una participación directa en ninguna ejecución. Principalmente se ocupaban de mantener vivo el “clima revolucionario”, o sea, el ambiente de terror, sacando de sus casas a ciertas víctimas o señalando con el dedo a otras. Pero del fusilamiento directo de estos desdichados se encargaban gentes llegadas de fuera, como los “Nueve inseparables de L’Alcora”, el pueblo de los Michavila, los dos generales de Aviación, uno, cuyo nombre de pila no recuerdo, y Benjamín, padre de José María, ministro de Justicia con José María Aznar. De todos modos los más sanguinarios fueron los matones de la Columna de Hierro, aquella siniestra milicia anarquista valenciana, que sembró el terror y la muerte por donde pasó. En Onda mataron a 86 personas, entre ellas a doce frailes carmelitas calzados, en una población entonces de unos 7.500 habitantes, que no es poca proporción. Terminada la guerra, pasó lo que suele pasar en las feroces luchas cainitas. La represión juzgó en tribunales militares, condenó a muerte y en bastantes casos cumplió la sentencia, a los más tontos del pelotón que no supieron huir a tiempo, como hicieron los jefes y jefecillos de tanta barbarie. En conjunto, siquiera en mi pueblo, fueron muchas menos las víctima de la represión que las de la revolución. Pero, en fin, no es cuestión de números, sino de personas, y para Dios, todas eran hijos suyos, aún aquellos que blasfemaban de Él.