Iesu Communio abre una nueva etapa en su corta historia como instituto religioso. La orden fundada por sor Verónica Berzosa y que ha asombrado incluso al propio Vaticano por la enorme cantidad de vocaciones y la juventud de sus miembros abrirá su primera comunidad fuera de Burgos.

El pequeño comunicado de este instituto religioso comenzaba así: “Dios abre a Iesu Communio un nuevo camino”. El lugar escogido para fundar esta nueva comunidad será la localidad valenciana de Godella, perteneciente a la Archidiócesis que dirige el cardenal Cañizares.

Aún no han concretado una fecha pero ya han informado que se celebrará una Eucaristía en el que será su nuevo convento para dar gracias a Dios. Y para ello han invitado a todo el que quiera asistir. También se desplazarán a Valencia todas las religiosas de Iesu Communio que estén en disposición de ir, exceptuando las hermanas más mayores.

Irán 50 religiosas pero esperan ser más
Al nuevo convento se trasladarán de momento cincuenta religiosas de las más de 200 que estaban en Burgos aunque desearían ampliar las celdas hasta 72.

En un comunicado de la Archidiócesis de Burgos se informa que “fundar una comunidad religiosa con el mismo carisma es un aspecto que el instituto no había experimentado todavía”. La oportunidad ha llegado desde el Arzobispado de Valencia, que ofreció a estas religiosas “ocupar un convento recientemente abandonado por las Hermanas Salesas. Allí deberán realizar algunas obras de mejora para cumplir la ley y adaptarse a la nueva realidad”.

Iesu Communio, un vergel vocacional
En la actualidad forman la comunidad 206 religiosas dedicadas a la oración y a hacer apostolado, aunque este número aumentará en breve con el ingreso de cuatro nuevas chicas en las próximas semanas.

Tal y como recuerda el Arzobispado de Burgos, todo comenzó en 1984, cuando una joven Verónica María Berzosa ingresaba en el monasterio de la Ascensión de las Damas Pobres de Santa Clara de Lerma. En aquel momento, la comunidad de religiosas estaba formada por veinticinco profesas solemnes. Y es que tras 23 años de ausencia de vocaciones, la llegada de sor Verónica adquiría especial relevancia. Diez años después de su admisión, sor Verónica fue nombrada maestra de novicias. A los dos años de su nombramiento, tenía a su cargo a siete novicias y once postulantes. De este grupo de jóvenes religiosas brotaba una especial alegría, fruto de pertenecer a Jesucristo. Y todas ellas fueron creciendo en una especial sensibilidad en la comprensión y sintonía con los Padres de la Iglesia.

Tal era el flujo de jóvenes llamadas a aquella forma de vida religiosa, que dicho monasterio resultó ser insuficiente para acogerlas a todas. Al mismo tiempo, las Hermanas Clarisas del monasterio de Briviesca y de Nofuentes (Burgos) habían pedido ser recibidas en Lerma. Se hacía necesario un nuevo lugar para acoger a las numerosas religiosas y atender a las personas que las visitaban. Así finalmente lograron establecerse en el santuario de San Pedro Regalado, situado en La Aguilera, cerca de Lerma.


 
Un carisma especial
En marzo de 2009, la madre abadesa sor Blanca María, debía cesar en su cargo ya que no podía ser reelegida al haber agotado sus mandatos. La Comunidad eligió a sor Verónica como abadesa, que hasta ese momento seguía siendo maestra de novicias. Las Hermanas solicitaron al Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, cardenal F. Rodé, ser constituidas en una única comunidad en dos sedes diferentes (Lerma y La Aguilera) y con un único gobierno. Dicha solicitud fue aceptada en junio de 2009 por un periodo de tres años, con el encargo de establecer claramente lo que las Hermanas se sentían llamadas a realizar.

El 8 de diciembre de 2010, quedaba decretado que el monasterio autónomo de la Ascensión de Lerma se transformaba en un nuevo instituto religioso de derecho pontificio denominado Iesu Communio. A la par que se aprobaban sus constituciones ad experimentum por cinco años, se reconocía a sor Verónica Berzosa como fundadora y la confirmaba como superiora general del nuevo instituto. Además, se encomendaba al arzobispo de Burgos el especial cuidado y vigilancia de la vida del nuevo instituto, sin perjuicio de la autonomía de vida y gobierno propia de un instituto religioso. Transcurridos los cinco primeros años ad experimentum, la Santa Sede los ha prorrogado por otro lustro más, como es lo habitual en estos casos.