"Eran numerosos los lugares de oración adonde los pequeños grupos de jóvenes venidos de Roma para huir de la atmósfera ya irrespirable de la ciudad, entre toda aquella vanidad y disipación que se vivía en Roma, se retiraban con él para encontrar la fuente de su cristianismo, para hacer una experiencia de vida auténtica".
 
Esto escribía el  desaparecido cardenal Carlo María Martini acerca de las fundaciones monacales de San Benito y sus seguidores. Es la historia de un beso, un beso como otros muchos que han vivificado y renovado la Iglesia. ¿De qué clase de beso se trata? Del beso del creyente en la mismísima boca a Cristo, el Verbo encarnado, del beso como máxima experiencia mística acerca del cual testimoniaba así el santo del que nos ocuparemos a continuación: "¿Qué me queda a mí, Señor bueno, sino que te dignes consentir que bese tu boca, en la plenitud del mediodía y con el fuego del Espíritu, y así saciarme de gozo en tu presencia?" (Tercer sermón sobre el Cantar de los Cantares).
 
Veamos en que consistió esta  historia de besos.


 
Uno de los santos más influyentes en toda la historia de la cristiandad es, a no dudarlo,  sin que, lastimosamente, la mayoría de los creyentes se percate hoy de ello, Bernardo de Claraval (Clairvaux). Su importancia es enorme desde distintos puntos de vista. Considerado como el último, cronológicamente, entre los Padres de la Iglesia, es uno de los fundadores de la gran tradición mística occidental. Columna vertebral de la espiritualidad francesa, a la que tanto debe la Iglesia, es, después de los monjes de Egipto, San Basilio, San Agustín y San Benito, uno de los más grandes maestros de la vida religiosa que el mundo haya conocido; modelo acabado de la vida contemplativa en comunidad, precursor insigne de las órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos, sobre las cuales ejerció una inspiración indiscutible, al establecer la conjunción clara entre la vida retirada del monje con la actividad apostólico-evangelizadora y misionera, la vida contemplativa y la activa. Antes de crear la Orden de Predicadores, siendo canónigo diocesano, Santo Domingo trabajó con su obispo, evangelizando a los herejes cátaros en estrecha colaboración con los cistersienses de Bernardo, mientras que la doctrina mística del cistersiense  milenarista Joaquín de Fiori va a tener una acogida considerable entre los franciscanos. Por lo demás, la doctrina mística bernardiana es determinante para el franciscano San Buenaventura, doctor de la Iglesia.
 
Autoridad reconocida en mariología y angelología, escritor lleno de los dones del Espíritu, Bernardo ha removido a fondo las fibras de toda una serie de grandes santos y hombres de Iglesia, no sólo dominicos y franciscanos, dejando huellas mayúsculas en todas y cada una de las lides eclesiales: la entrega amorosa y total a la salvación de las almas, la profesión religiosa, el sacerdocio, la predicación, la jerarquía eclesiástica, empezando por el papado, y todo aquello que para el mundo es locura (San Pablo y Santa Teresa) en el enamoramiento irrestricto de Dios.


San Bernardo o el Medievo en su plenitud, de Santiago Cantera, OSB, una breve y rigurosa aproximación a la vida y pensamiento del Doctor Melifluo.
 
La vocación temprana de un joven que habría podido "llegar lejos" en el mundo
Nacido en el año 1090, Bernardo conoce muy pronto las ventajas de una existencia mundana prometedora, diseñada para satisfacer ambición tras ambición. Las mujeres se desviven por él, tempranamente tentado por la sensualidad. Los amigos lo buscan a granel. Es bien parecido, simpático, sumamente atractivo y requerido en el roce social. Sus dotes de liderazgo y carisma conductor se hacen notar; la gente lo necesita, lo quiere, lo halaga. Maravillosamente dotado de talento artístico y literario, escribe con una fuerza irresistible, ama la música (más tarde, como religioso, va a elogiar a su amigo San Malaquías, obispo irlandés, por haber introducido la música, el canto, en la salmodia, y, junto con sus sucesores, va a ser un continuador entusiasta de las tradiciones del canto gregoriano), ama todo lo bello. Es la atracción en todas las fiestas o reuniones; es alegre y bromista por naturaleza, sabiendo contagiar siempre su buen humor. Su capacidad innata para la pedagogía y la enseñanza hace que se quiera escucharlo siempre, porque además sabe escuchar. Es un psicólogo consumado, ningún rasgo, cualidad o defecto humanos, escapan a su atención. Es inteligente como nadie en su entorno; en pocas palabras, es una lumbrera, promete mucho como hombre de saber y ciencia.
 
Tiene ante sí, pues, todas las posibilidades de aspirar a sitios de honor en la sociedad. Puede ser un cortesano, un político, asesor de reyes y gobernantes; una autoridad intelectual, académica; un don Juan, que podría hacer alarde de incontables conquistas amorosas; una figura idolatrada entre los amantes del placer; un artista, un escritor o trovador, como quiso serlo luego San Francisco de Asís. Es, anticipándose al sentir romántico decimonónico, un genio. Todo lo puede, tiene el mundo en sus manos: una palabra suya, esa palabra llena de belleza y eficacia, y éste girará como le plazca.
 
Pero, ¿de qué le vale al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? Bernardo, teniendo ante sí completamente abiertas las puertas del éxito mundano, se encuentra, a cada instante, con aquella que va por todas partes buscando a los que son dignos de ella; se les muestra benévola en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos. Porque su comienzo, el más seguro, es el deseo de instruirse, procurar instruirse es amarla, amarla es guardar sus leyes, atender a sus leyes es asegurarse la incorruptibilidad y la incorruptibilidad hace estar cerca de Dios (Sb. 6, 16-19).
 
Él, realmente, aspira a lo máximo, no se contenta con migajas. Sintiendo a flor de piel la estimación de sus semejantes, quiere amar de verdad. Experimentando la admiración que despiertan sus pensamientos y palabras, quiere saber de verdad. Gozando de la belleza que le rodea y que él mismo puede crear, con un muy seguro reconocimiento a su alrededor, quiere gozar de verdad, eternamente. Todo ello puede integrarse sólo en quien mejor lo sintetiza y reúne: la Palabra hecha carne, en la cual comienza a deleitarse y  dejarse cautivar, dándose cuenta de que es belleza, saber y goce, a la vez. Su vida producirá todos esos frutos, y más abundantes aún, si se desposa con ella o, mejor, con Él, el amado, cuyo llamado ardiente intuye (qué poderoso es su don de intuición, uno de los más elevados que hombre alguno haya tenido), en todos los caminos que recorre. Sin embargo, duda, espera, siente que en el mundo puede ser feliz y  quizá la renuncia a los encantos de éste exija demasiado de sí mismo; piensa, piensa…; sus pensamientos, en los que es también estelar (será, no obstante, uno de los más recalcitrante opositores de un racionalismo en ciernes), opacan por momentos esa intuición grandiosa de fe y amor a la que todavía no cede el primado. Sus ejercicios de discernimiento espiritual avanzan, pero tropiezan, naturalmente, siendo él tan sensible y festivo, con todo lo que la mundanidad le ofrece, porque a pocos hombres les ha ofrecido tanto.


 
Una noche de Navidad se queda dormido durante la Misa. Cree ver en su sueño cómo Nuestra Señora, la Virgen Madre  -de quien será su arpista, como dirá San Luis de Monfort-, a quien cantará textos sublimes del arrobamiento místico más encendido, y de quien quizá en la eternidad ejerce las labores de perenne secretaría, como lo daba a entender San Juan Bosco, otro de sus admiradores incondicionales, pone el Niño, la Palabra encarnada, en sus manos. Bernardo despierta; ese muchacho encantador y seductor que es motivo de estima para todos, ha comprendido cabalmente. El niño Jesús lo ama y quiere que él responda, haciéndolo amar por multitudes, por naciones enteras. Se deshace en lágrimas, canta, con un nudo comprimiéndole la garganta, su respuesta es afirmativa: 'Sí Señor, soy todo tuyo, sin condiciones', como lo declarará también siglos más tarde San Luis María Grignon de Monfort, su émulo, en la formulación integral del Todo tuyo, Señor, por María. Cuántas cosas van a depender en el futuro de su siglo y  la Humanidad de ese asentimiento, es algo que sólo saben él y ella, el Niño y su Santísima Madre, porque a partir de ese momento la llama ardiente y gigantesca de Bernardo de Calaraval, que no es propiamente suya, sino de ellos, como su instrumento, deshará un sinnúmero de malentendidos, derribará fronteras, será luz resplandeciente en la Iglesia universal, a la que proporcionará montones de santos; muchos, muchísimos religiosos, místicos e, incluso, papas. La Palabra es agradecida, multiplica lo que se le da desinteresadamente.
 
La gloria del Císter
Para alguien como él, el clero diocesano no podía ser la preferencia. Luego se verá enteramente por qué. En aquellos tiempos, sólo había una opción indefectible de vida religiosa consagrada: la Orden benedictina. Su fundador, el gran San Benito de Nursia, patrono de Europa, por decisión de Juan Pablo II, había hecho renacer en la Iglesia la vida en comunidad en torno la oración y el trabajo, un poco a la manera de los antiguos monjes o ermitaños reunidos en Egipto, durante los primeros tiempos del cristianismo; pero actualizándola en función de una liturgia regular organizada, un trabajo intelectual de estudio y también físico de autosostenimiento, independiente de cualquier renta; una posibilidad de apostolado y, tal vez lo más relevante, una relación personal, íntima, con Dios, al contacto con una celda individual, rodeada de una naturaleza apacible, aislada del estrépito citadino, con sus secuelas ineludibles de corrupción y disolución moral. En pocas palabras, la muy conocida divisa Ora et labora. La Orden había vivido ya una época dorada, pletórica en aportes de santidad a la Iglesia, mas, como ha sucedido siempre –Tomás de Kempis lo señala tristemente en La imitación de Cristo-, había entrado en un período de relajamiento, causado por el fatuo coqueteo con la comodidad y el poder temporal, del que Bernardo es, y lo será cada vez más con el tiempo, como todos los santos renovadores o fundadores, un encarnizado fustigador (a juzgar por su vida y escritos, puede situarse al lado de Dante Alighieri como uno de los mayores críticos de esa parte del clero y los laicos identificados, por conveniencia, con el poder temporal, económico y político, funesta confusión que le ha hecho un daño incalculable a la Iglesia como cizaña perniciosa).


Abadía del Císter (Cîteaux), en Borgoña, fundada por San Roberto de Molesmes en 1098. A su muerte le sucedieron los monjes Alberico y Etienne, que fue quien recibió a San Bernardo y otros treinta jóvenes en 1113.

Sin embargo, los creyentes de entonces sienten un respeto incomparable por el Císter, monasterio de regla benedictina renovada donde los monjes intentan ser aún fieles a la profesión ascética de Benito. Ese es el espacio elegido por Bernardo. Lo primero que hace, dirigiendo sus pasos hacia allá, algo que no tiene precedentes, ni tampoco equivalentes, es arrastrar a una buena parte de su familia para que comparta con él la vocación religiosa. Es difícil, si no imposible, para quienes escuchan su voz, teniendo predisposición para ello por voluntad divina, oponerse a sus designios. Así se inicia una de las promociones vocacionales más intensas y ricas de la historia; centenares de jóvenes de toda Europa acudirán igualmente a este llamado, posteriormente, para engrosar las crecientes filas de la armada espiritual cistersiense en muchos monasterios, fundados por Bernardo y los suyos.
 
A sus 25 años, el recién designado abad del Císter se distingue por un perfeccionismo empecinado. Desde que ha renunciado al mundo por la opción religiosa, tiene cada vez peor opinión de sí mismo. La humildad lo va abrazando, destruyendo poco a poco todo asomo de vanidad, para sentir la cual, se diría, en los términos de los hombres, no los de Dios, que siempre serán otros, tendría sobrados motivos. Al mismo tiempo, es tremendamente pasional; cuando toma una decisión, invierte colmadas energías en su ejecución, mucho más tratándose de su matrimonio con la Palabra hecha carne, el Verbo divino, con quien se ha comprometido. Esto representa dos consecuencias.

Primero, considera que debe desentenderse en profundidad de las marcas mundanas, exigiéndose severamente en el aspecto penitencial: es la vía purgativa de San Buenaventura, primera etapa en el itinerario hacia la contemplación, a la que no se llega sin verdadero arrepentimiento del pecado cometido, proceso que describirá después con maestría en sus escritos y homilías, sirviendo de padre orientador para los místicos posteriores, en cabeza de un San Buenaventura y un San Juan de la Cruz, quien lo sintetizó tan maravillosamente en su Noche oscura.
 
Segundo, la renuncia completa a sí mismo debe comportar una vida religiosa comunitaria, en la que la totalidad de monjes haga otro tanto, adoptando con integridad el modo de vida que Benito y sus compañeros se habían propuesto y cumplido. Lo primero ocasiona el desgaste extremo, la debilidad y la enfermedad; el cuerpo, como don de Dios, no puede menospreciarse (sabrá exaltar en un futuro su belleza, como cuerpo resucitado, en páginas antológicas: decía que todos los resucitados ostentarán en sus cuerpos la edad promedio de treinta años y todos, sin excepción, tendrán un cuerpo muy hermoso), y él ha procedido sin consejo, sin un director espiritual que modere sus ansias precipitadas de perfeccionamiento. Lo segundo, corrigiendo los extremos de lo primero, conllevará, de común acuerdo con los demás monjes, una búsqueda incesante del ideal de existencia benedictino, la fidelidad completa a la celebérrima regla, que hará de ese mismo Císter, en vista de la crisis por la cual atraviesa la cofradía de Benito, crisis a la que se refirió en sus escritos de manera contundente. Al frente de la empresa, Bernardo se convertirá en el primer gran renovador de órdenes religiosas que se conozca, antecesor San Pedro de Alcántara como fundador de los franciscanos de estricta observancia, de Santa Teresa y San Juan de la Cruz en el Carmelo o Fray Luis de León en los agustinos, que éste convertirá en recoletos, y otros casos en los cuales no es preciso detenerse.
 
Claraval, el valle claro de María
Del Císter sale para Claraval, con otros monjes, a fundar el segundo monasterio del nuevo fervor religioso. Allí se asentará hasta su muerte, haciéndolo luz tutelar de la Iglesia de su tiempo y el epicentro más importante, no sólo de la espiritualidad católica, sino de toda la cultura europea  del siglo XII. Desde allí irradiará su espléndida aureola de autoridad dogmática, teológica, moral y social, hacia los cuatro puntos cardinales del continente, como el hombre más influyente de su época. Bernardo aspira a lo mejor, a lo más grande para el papado y sus monjes, uno de los cuales, Eugenio, ascenderá al solio desde las filas cistersienses; su mano derecha será Bernardo como consejero, conciliador, maestro y renovador, ya no solamente de una vida religiosa, en particular, sino eclesial, de la Iglesia en general. Volveremos sobre ello. Tamaña obra la del Niño y su Madre en aquella solemne Navidad, en la cual prendieron ese fuego abrasador llamado Bernardo de Claraval, que nadie ha podido ni podrá apagar nunca porque, como, la roca de la cual procede, la Iglesia de Cristo, es indestructible.


Abadía de Claraval (Clairvaux), en la Champaña, fundada por San Bernardo en 1115, confiscada por el régimen de la Revolución Francesa en 1792 y convertida luego en cárcel por Napoleón, hasta hoy.

Claraval y los demás monasterios cistersienses son, ante todo, excepcionales escuelas de santidad, las mayores de su tiempo. La pedagogía bernardiana, robusta y exigente, pero amable y dulce a la vez (el título que se le concederá de Doctor Melifluo, con el que Pío XII tituló también un elogio moderno al santo en una histórica Encíclica, tiene mucha razón de ser), es irresistible. Seguir el calendario litúrgico tomando como guía sus sermones es una experiencia extraordinaria, gracias a la cual podemos empaparnos, de la manera más indicada, de la espiritualidad cistersiense. Imbuido del Espíritu hasta el tuétano, lleno absolutamente de la Palabra, Bernardo hace la exégesis simplificada (el término puede ser equívoco, porque hay pasajes de sus sermones de la mayor hondura teológica) de una profusión abismal de  textos bíblicos, los leídos en cada celebración litúrgica y muchos más, que relaciona con una propiedad rayana en lo increíble, para llegar, sin rodeos a la esencia literal, moral y metafórica de los mismos. Citando, parafraseando, comparando, creando metáforas elevadísimas, siguiendo con una belleza literaria, una elocuencia y un vuelo espiritual maravillosos, las expresiones del libro sagrado, puede descubrir en ellas, especialmente a partir de ese último de sus sentidos, el metafórico, lo que aún para el lector más atento ha pasado desapercibido. El agua de las bodas de Caná, por ejemplo, es para él la aproximación a Dios por el temor y la tibieza, mientras que el vino representa el amor, la ofrenda amorosa del corazón a su creador. La jofaina de la mujer cananea, por otro lado en uno de los sermones del Cantar de los Cantares, representa ese cántaro del alma que se debe llenar de Dios, de la vivencia suprema de su Palabra, antes de emprender cualquier jornada o propósito misionero: sin llenarse de Dios no se puede dar un testimonio vivo de Él. Y así sucesivamente, el texto sagrado cobra significados imprevistos, asombrosos (véanse los tomos III, IV, V y VI, que contienen sus sermones, en las Obras Completas de San Bernardo.


 
Bernardo vive a plenitud del banquete de la Palabra, es la Palabra, está totalmente compenetrado e identificado con ella; la Palabra lo posee, lo hace, lo reviste, como a Jeremías. Es, en sentido estricto, el que olvidamos muchas veces, un profeta; vive sólo para recibir el mensaje divino y comunicarlo a sus anchas. De esa Palabra extrae, en últimas, lo que más le interesa en su pedagogía de la salvación: las recomendaciones incansables para avanzar en el recorrido de la santidad, sin mirar atrás, retroceder ni rendirse. Hablando, habitualmente, en segunda persona, de tú a tú, es el director espiritual de muchos a la vez. Duro, como son los santos con el pecado, alcanza puntos insostenibles para los blandos ("Piensa lo que fuiste, semen pútrido; lo que eres, vaso de estiércol; lo que serás, sebo de gusanos"), por cuanto reconviene y pone el dedo en la llaga de forma categórica, no hace concesiones, no acepta compromisos evasivos.
 
Dulce, cordial, calurosamente afable, es, a la vez, el más bondadoso de los padres, entendiendo como ninguno las debilidades humanas; hay ocasiones en que, para no alargar un sermón, considerando lo tardío de la hora y el sueño que comienza a vencer a su audiencia de religiosos, pide disculpas y termina rápidamente, dejando mucho entre el tintero; otras en las que se ríe de las ironías de la vida y de sí mismo, sin darse la menor importancia como predicador; otras más en las que habla primeramente como un amigo, con un tacto y una paciencia admirables. Su sexto sentido de la psicología, al que arriba se hacía referencia, es notable; conoce bien  los distintos tipos de hombres, sabe divinamente cuáles son sus fortalezas y debilidades; puede hablar para todos ellos, ya descalificando las trampas del facilismo y las coartadas que justifican las caídas, el ego; ya encontrando la vía más oculta, secreta e insospechada para hacer la infusión de la Palabra amada en el organismo espiritual de las almas más diversas y variopintas.
 
La floración vocacional cistersiense no tarda en multiplicarse. Cada vez son más los que acuden a él en pos de la auténtica conversión y la más pura religiosidad. En el Císter y Claraval no caben ya más religiosos, no hay lugar para tantos. Bernardo se ve en la necesidad de fundar más monasterios, tanto en Francia como fuera de ella. Lo hace él mismo o gracias a sus delegatarios. Su Orden está transformando la Iglesia, misión que le ha dado María, a quien no se cansa de orar y alabar. Es así como emprende sus largos viajes, fatigosos pero pródigos en resultados. La tierra se estremece al fragor de sus truenos. Si él y sus religiosos (es decir, Dios a través de ellos), están construyendo el reino espiritual con frutos evidentes, su amadísima Iglesia, en conjunto, que atraviesa por un momento muy crítico, debe proceder de igual forma. En la eclesiología de Bernardo, inspirada en el Cantar de los Cantares, libro al que dedica su colección de sermones más esplendorosa, la Iglesia no puede ser vista de otra manera que como un cuerpo místico purificado, reluciente y engalanado para su boda, de carácter perpetuo, con el Cordero Inmaculado. Su mariología se confunde con su eclesiología; si María, la Estrella del Mar, el acueducto a través del cual vino al mundo la sabiduría encarnada, sigue viniendo y vendrá hasta el fin de los tiempos, empleando esas metáforas suyas tan hermosas, es Virgen castísima e inviolada, como se resalta en las Letanías de Loreto, así debe ser la Iglesia, de la que ella es figura visible. Por lo tanto, le declara la guerra ("¿Pensáis que vine al mundo a traer la paz?") -una guerra que es, por supuesto, sólo de la Palabra y para la Palabra, aunque engendrada en las convicciones más íntimas de su ser- a la simonía, los cargos eclesiásticos comprados por dinero y propiedades, los abusos de autoridad, los carismas religiosos venidos a menos, la corrupción, la desidia ante los deberes incumplidos, la mundanidad que causa estragos en el corazón mismo de la jerarquía y esa parte de la nobleza feudal que únicamente ve en la Iglesia una institución política y temporal a utilizar en su propio beneficio. Bernardo, hablando al respecto, es realmente como un nuevo Jeremías: ha sufrido mucho, renunciando irrevocablemente a cuanto bien terreno pudo tentarlo; él, tan sensual, sensible e influyente que era, ha sido llamado por Dios para poner orden en su casa, sacando a los mercaderes del templo y anunciando la deportación final a Babilonia, el infierno, si no se dan las conversiones esperadas. Lo que se propone y logra en buena medida es una Reforma, mucho antes que la de Lutero y mucho más efectiva en resultados de gracia y santificación universales.


San Bernardo presidiendo el capítulo en Claraval y abajo tentado por el demonio, en una miniatura de Jean Fouquet (1420-1481) que se conserva en el museo Condé (Chantilly).

Bernardo va y viene, de Claraval a otros lugares, y de estos a Claraval. Quienes más lo necesitan son los Papas. Pero cuando está allí, en su monasterio, no pierde jamás de vista el valor de la oración y la contemplación, en las que adquiere cada vez mayor madurez y altura. Así como escribe sus sermones, gemas luminosas de la oratoria sagrada, responde a la correspondencia que le llega de toda Europa, dando consejos y dilucidando dudas. Varias de sus cartas se convierten en extensos tratados, que rápidamente, podría decirse, son adoptados portoda la Iglesia como exposiciones doctrinales. Tercia en arduas discusiones, con sindéresis y ecuanimidad, mostrando una prudencia inalterable. Hace recomendaciones a prelados, sacerdotes, laicos y gentes poderosas. Dentro y fuera de su claustro consigue entendimientos, paz, serenidad reconciliación, ese sosiego espiritual de que goza tan ampliamente y del cual puede hacer partícipes sin ninguna dificultad a los demás. Es, a la manera de su divino maestro y Pablo, el apóstol de los gentiles, todo en todos. A todos procura confortar, alentar y aconsejar; a todos los estamentos sociales, clericales y religiosos, tiene algo definitivo que decir. No se puede olvidar que, aunque fracasa, es el promotor de la Segunda Cruzada, que organizan los aliados europeos para tratar de recuperar los lugares santos de la hegemonía musulmana; eran esos los tiempos, hay que entenderlo, el amor a la tierra bendita donde se posaron los pies del Salvador motivaba tales convocatorias. Es también un defensor a ultranza de los judíos frente a la discriminación y recelo con que algunos cristianos los tratan, pasando por alto la muy concluyente afirmación de Pío XI, preocupado por el horror nazi que amenazaba durante su pontificado a la Humanidad: "Todos los católicos somos semitas en el espíritu".


San Bernardo predicando la Cruzada en Vézelay el 31 de marzo de 1146, cuadro de Émile Signol (1804-1892). Le escuchan el rey Luis VII y la reina Leonor de Aquitania. 

De este modo, hasta el final de sus días, seguirá haciendo de las plantas de sus pies vastísimas plantaciones de los sacramentos y la Palabra. Morirá no sólo en olor de santidad, sino, como ya se dijo, siendo el hombre más respetado, temido y amado de su tiempo. En vida, por supuesto, hizo milagros, siendo los más dicientes las conversiones de  muchísimas almas. Habría podido decir, como Don Bosco, Dame almas, el resto quítamelo, porque su salud, mermada por las primeras penitencias purgativas, se fue haciendo cada vez más frágil. Con posterioridad a su muerte, la invocación de su nombre y de su memoria dará lugar a un ejemplar proceso de canonización, en el que abundarán los testigos de su sapiencia, su fervor, su empecinada renuncia a sí mismo, su temple y su voluntad de acero y, por sobre todo, su altísima visión, interiorización y exteriorización del amor divino con las cuales recobró bríos la cristiandad entera. Ese amor lo expresa con acierto una pintura medieval en la que Cristo, llagado y lacerado, desciende de la cruz, de un crucifijo ante el cual está orando el abad de Claraval, para abrazarlo y besarlo. Bernardo, a su turno, sostiene a su Hermano, abrazándolo y besándolo, en gesto de reciprocidad mística. Fue ésta quizá una escena que pudo presenciar, a hurtadillas, un privilegiado monje cistersiense, para luego relatarla a otros de viva voz.
 
De su muerte se podría decir lo que él mismo dijo respecto al fallecimiento de uno de sus monjes, Dom Humberto, en un encendido obituario. Bernardo dialoga allí con la muerte, la inquiere, la zarandea, le hace preguntas atrevidas, desafiantes, y, con su amado, Cristo resucitado, la derrota de modo aplastante en el combate celestial: "¿Qué has hecho? Matar, dominar. Pero ¿qué? Únicamente el cuerpo, porque el alma está fuera de tu alcance. Ha volado a su Creador, a quien tanto ansiaba poseer y a quien siguió con todo empeño durante su vida. Incluso perderás ese cuerpo que crees poseer. Ya llegará el momento en que te aniquilen a ti y seas el botín de una gran victoria. Sí, tendrás que devolver ese cuerpo al que ayer, nada más llegar, lo cubriste de salivazos e inmundicias, desbordante de gozo y alegría por haberlo cogido en tus redes. Vendrá el Unigénito del Padre en la plenitud de su poder y majestad a buscar a Humberto (Bernardo, para nosotros), y transformará ese cuerpo que hoy es cadáver en un cuerpo tan glorioso como el suyo" (Obras, Tomo IV, pág. 707).


San Bernardo. El siglo XII de la Europa cristiana, del monje cisterciense irlandés Ailbe John Luddy (1883-1968), una obra imprescindible que publicó en su día Rialp.

Algunas citas de su obra
Dentro de los muchos títulos que honran a Bernardo de Claraval, está, como se decía antes, el de Doctor de la Gracia. Desde muy niño la experimentó y fue creciendo en ella hasta regodearse en toda su inmensidad. Su vida, como la de los santos, en general, fue una obra majestuosa de la gracia, de cuyos sacramentos era un ferviente propagador, él, que todo lo hacía partiendo del amor para llegar al amor. A él, efectivamente, le corresponde el mérito de haber esclarecido la compleja relación entre la libertad humana y la intervención de la providencia, la voluntad divina, en su mencionado Tratado sobre la gracia y el libre albedrío: "Lejos de mí afirmar que de sí misma le viene a la voluntad la perfección, y de Dios la creación. Supone mucho más el ser perfecta que el ser hecha. Sería una blasfemia decir que lo menor procede de Dios y lo mayor de nosotros. El Apóstol sabía muy bien qué procede de la naturaleza y qué debía esperar de la gracia. Y exclama: 'El querer lo tengo a mano, pero el realizarlo no'. Es decir, el querer era innato en él, por la libertad de elección; pero para tener un deseo perfecto, sentía la necesidad de la gracia. Desear el mal es un efecto de la voluntad, querer el bien es un progreso, y ser capaz de hacer todo el bien posible es su perfección consumada" (Obras,Tomo I, pág. 453). Argumentos semejantes va a exponer en el siglo XVII un filósofo metafísico, Leibniz, en su Teodicea.
 
Su ácida crítica a la mala conducta de una parte del clero considera, años antes de San Juan Bosco, que ella obedece, ante todo, a la falta de mortificación, en la cual ve un grave peligro para la Iglesia. Nunca el hombre se pierde tan radicalmente como cuando no pone freno a la satisfacción incesante de sus ansias del placer pasajero: "Creo que lo más insoportable para un caprichoso e inquieto es concederle cuanto le apetece. Vive continuamente en insaciable búsqueda, incapaz de gozar en paz lo que posee. Esto demuestra que no puede proporcionar placer auténtico aquello que exige un cambio continuo de experiencias. Que la vanidad de las vanidades es pura nada, ya lo indica la misma palabra. Cebar la vanidad es la pasión más inútil" (A los clérigos, sobre la conversión; Obras, Tomo I, pág 385).


Tabla gótica, pintada en torno a 1240, que representa la vida de San Bernardo. Se conserva en el Museo de Mallorca.

Hacia el final de sus días, cuando escribe la Vida de San Malaquías (Bernardo siente como muy próximo a él el dogma de la comunión de los santos, los quiere  a ellos como sus amigos más íntimos; los invoca sin falta, les ora como intercesores, les agradece, se siente como un ser nulo e insignificante a su lado), se muestra muy decepcionado de los resultados de esa lucha sin cuartel contra lo que, en palabras del profeta Daniel, es la abominación en el seno del mismísimo templo. Ha conseguido algo, pero todavía falta mucho. Lo seguirán Domingo,  Francisco, Ignacio, Teresa de Jesús, Monfort, el gran obispo de Ligorio, don Bosco, la madre Teresa de Calcuta, el padre Pío, y tantos otros que se han propuesto que la casa de Dios se parezca cada vez más a la mujer vestida del sol, de quien nos habla el Apocalipsis, según las medidas, tan perfectas y exactas, tomadas por el ángel y Ezequiel al templo de la Jerusalén celestial: "Siempre ha sido provechoso escribir las vidas gloriosas de los santos para modelo, ejemplo y condimento de la vida del hombre sobre la tierra. Así, después de su muerte, viven de alguna manera junto a nosotros, estimulan y devuelven a la vida verdadera a muchos que han muerto en vida. Sobre todo ahora, en nuestra época, lo pide la falta de santidad y la escasez de hombres auténticos. Y es tan alarmante entre nosotros esta penuria, que, sin duda, se nos puede aplicar aquella sentencia: Al crecer la maldad se enfriará el amor de muchos. Sospecho que es ya inminente o muy próxima la llegada de aquel de quien se ha escrito: Delante de él irá la indigencia. Si no me engaño es el anticristo, a quien precede y acompaña el hambre y la esterilidad de todo lo bueno. Esta escasez tan evidente es signo de su presencia o de su próxima venida" (Obras, Tomo II, pág. 319).
 
Uno de los textos más provechosos y portentosos que escribió es el Tratado sobre la consideración al Papa Eugenio, dedicado, como se decía más arriba, a uno de sus antiguos discípulos, quien ascendió al trono de Pedro y, gracias en buena medida a las admoniciones de Bernardo, su padre espiritual, a quien se las solicitó encarecidamente, llegó a hacer, como futuro beato, un excelente pontificado. Este texto debería servir de ejemplo a todos los que han abominado y abominan el papado, para que supieran hasta qué punto la Iglesia demanda de sus conductores el mayor de los servicios y sacrificios por la salvación de las almas: "No podemos negar que estás sobre los demás. Pero por todos los medios hemos de meditar para qué eres superior. Creo que no es para comportarte como un señor que domina. Pues también al profeta, como a ti, lo elevaron y escuchó estas palabras: Para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar. ¿Suena a fastuosidad cualquiera de estos verbos? Son expresiones simbólicas que se refieren al esfuerzo del labrador, y aquí representan al trabajo del espíritu.
Por elevado concepto que tengamos de nosotros mismos, hemos de convencernos de que no se nos ha entregado un señorío, sino un servicio. 'Yo no tengo categoría de profeta; a lo más, podré igualarme en el poder; pero respecto a los méritos, sería absurda toda comparación'. Dítelo interiormente y enséñatelo a ti mismo, tú que adoctrinas a los demás” (Obras, Tomo II, pág. 93).
 
No todos los papas, claro, pero podría decirse que desde Pío Nono hasta hoy, todos han seguido estas recomendaciones.
 
Finalmente, escuchemos un poco al arpista de María. Sus palabras resuenan, como las del Doctor Marianus al final de la segunda parte del Fausto de Goethe, llamando a buscar en ella siempre nuestro auxilio y amparo, nuestra guía y protección, nuestra madre y nuestro consuelo. En Alabanza de la Virgen Madre, serie de homilías acerca del misterio de la encarnación que agrupó en un pequeño tratado, uno de los escritos marianos más trascendentales de todos los tiempos, escribe, esperando el fiat, la respuesta afirmativa de María al Arcángel Gabriel, haciendo gala de una tensión dramática y una inspiración del Espíritu superiores a las de cualquier poeta: "Responde ya, oh Virgen; que nos urge, Señora, di la palabra que ansían los cielos, los infiernos y la tierra. Ya ves que el mismo Rey y señor de todos se ha prendado de tu belleza y desea ardientemente el asentimiento de tu palabra, por la que se ha propuesto salvar al mundo. Hasta ahora le has complacido con tu silencio. Pero ahora suspira por escucharte. A voz en grito está diciéndote desde el cielo: 'Tú, que eres la más hermosa entre las mujeres, déjame oír tu voz'. Y si le dejas oír tu voz, hará que tus ojos vean a nuestro Salvador. ¿No es esto lo que buscabas, aquello por lo que gemías y suspirabas día y noche? ¿A qué esperas? ¿No eres tú la mujer a quien se han hecho estas promesas?¿O tenemos que esperar a otra? No, no, eres tú y ninguna otra. Tú: la prometida, la esperada, la deseada. Precisamente de ti esperaba la vida eterna tu santo padre Jacob cuando decía a las puertas de la muerte: 'Espero tu salvación, Señor'. Tú eres la mujer por medio de la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso desde el principio realizar la salvación del mundo (Obras, Tomo II, págs. 672-73).


Aparición de la Virgen a San Bernardo, de Juan Correa de Vivar (1510-1566), en el Museo del Prado.

Este es un ejemplo de cómo los besos en la boca al Redentor de los grandes místicos y religiosos han transformado y siguen transformando al mundo. Si se siguen y se multiplican en tiempos como estos, en los que vuelve a encontrarse en el mundo una atmósfera tan turbia y poco favorable a la Iglesia como la de la Roma contemporánea de San Benito, quizá tengamos que lamentarnos mucho menos de una crisis y asistir a todo un rejuvenecimiento del Cristianismo. San Bernardo emprendió su camino implorando la asistencia de los ángeles, apoyándose en estas palabras: "Te llevarán en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones". A tales palabras sagradas agregó el abad de Claraval, toda una autoridad también en angelología, las de las de su propia cosecha en su homilía acerca del salmo 90, del cual proceden: "Este es, hermanos, el cordel de tres cabos con que el amor inefable de los ángeles nos atrae desde la excelsa morada de los cielos para consolarnos, visitarnos y ayudarnos: lo hacen por Dios, por nosotros y por sí mismos. Por Dios, imitando su amor entrañable para con nosotros. Por nosotros en quienes se compadecen de su propia semejanza. Por nosotros mismos, porque desean vivamente que nosotros completemos sus coros. De la boca de los niños de pecho, que todavía no pueden tomar manjares sólidos, brotará una alabanza perfecta a la majestad divina. Los espíritus angélicos poseen ya las primicias, y eso les inunda de sabrosísima felicidad, y les impulsa a esperar y desear ardientemente su plenitud" (Obras, Tomo IV, pág. 457).