El lunes 28 de octubre de 2013, falleció en Varsovia Tadeusz Mazowiecki, con 86 años. Este intelectual y político polaco fue un punto de referencia de Solidarnosc, comprometido con la lucha para la liberación de Polonia del comunismo. 

En 1989 alcanzó el zénit de su compromiso civil y político, convirtiéndose en el primer jefe de gobierno no comunista en Polonia, el primero votado en unas elecciones libres.

A continuación publicamos una parte del ensayo que Mazowiecki escribió para el libro Autobiografía del catolicismo polaco, volumen publicado en Italia por el Cseo (Centro Studi Europa Orientale – Centro de Estudios Europa del Este) en 1979. Aún faltaban 10 años para que llegara la democracia a Polonia.

El futuro primer ministro polaco escribe sobre el compromiso de los cristianos en la vida política y en la defensa de los derechos del hombre. (Nuestro agradecimiento a Annalia Guglielmi).

por Tadeusz Mazowiecki, 1979

El problema que me gustaría tratar no es sólo el de la actitud de los cristianos o del cristianismo respecto a los derechos del hombre, sino más bien su actitud frente a la reivindicación de estos derechos.

Y me gustaría también tratar este problema no desde un punto de vista general, sino teniendo en cuenta la situación polaca.

Asumiré como punto de partida la constatación que para un cristiano hay muchos modos de combatir en favor de los derechos del hombre y de servirlos, pero hay una sola cosa que no puede hacer: allí donde la libertad y la dignidad del hombre estén oprimidos o se luche por los derechos del hombre, el cristiano no puede permitirse el gesto de Pilatos.



Lejos de mí la idea de imponer nada a quien sea, o de pretender que mi enfoque sea el único justo. Deseo solamente resaltar algunos puntos que me parecen importantes, tanto desde el punto de vista cristiano como humano, y que derivan de nuestra actitud respecto a la reivindicación de los derechos civiles y humanos.

Es necesario que los cristianos, en su comportamiento frente a este proceso reivindicativo, (eviten) esa actitud que llamaré “mentalidad de renuncia”. Me explico.

A menudo se dice que como Cristo no ha sido un Mesías político, tampoco la Iglesia debe ser una Iglesia política, ni Iglesia del poder ni de la oposición política. Esto es justo. La Iglesia sigue su camino y debe seguir haciéndolo.

Pero puede suceder que algunas posiciones o acciones emprendidas por la Iglesia y por grupos que luchan por los derechos del hombre en favor de una causa específica converjan, pero sin que exista una identificación, porque la Iglesia – por su misma esencia – tiene sus propios fines, distintos y al margen de la política. Aquí no hay lugar para malentendidos o ilusiones.

Pero esto, ¿significa que no se puede esperar nada por parte de la Iglesia como institución, ni tampoco de los cristianos, no sólo como miembros de una comunidad, sino como ciudadanos?

¿En que consiste, entonces, esta “mentalidad de renuncia”?

Desearía empezar aclarando esta fórmula con una cita. Se trata de un texto publicado en una de nuestras revistas por un autor que estimo, pero que me servirá igualmente como ejemplo de lo que defino como “mentalidad de renuncia”.

El texto en cuestión es el siguiente: «El hombre que es “signo de contradicción” cambia el mundo. Pero no es necesario reducir este signo sólo a la militancia para cambiar las estructuras sociales y políticas. Los objetivos del militante están cerca, al alcance de la mano, porque necesitan, no la gracia, sino la fuerza. Los cambios que él obra no son muy profundos. Cristo no ha cambiado las estructuras políticas, ha sabido mirar más lejos, en el infinito de la gracia. Cristo no es un “signo de contradicción” político: su rechazo es más profundo; hablaba siempre del Reino de Dios que, en ningún caso, habría consistido en una estructura política. Jesús se ha opuesto al mundo a otro nivel: no defendiendo el Reino de Dios, sino proponiéndolo. Si Cristo se hubiera opuesto a las estructuras mundanas de manera defensiva, habría transformado la Iglesia en una estructura de oposición a medida de las estructuras políticas del mundo. Muy a menudo confundimos precisamente esta oposición estructural con el “signo de contradicción”, mientras me parece que dicho signo consiste, más bien, en una existencia en la que todo nuestro ser esté en comunión con los que sufren».

Yo suscribo y, al mismo tiempo, rechazo un razonamiento como éste. Lo suscribo porque, de hecho, Cristo es absolutamente el signo de otro rechazo y el cristiano – también el cristiano que entra en la vida política, que está inmerso en ella – debe llevar en sí mismo este signo de un rechazo más profundo, sin el cual no sería cristiano.

Aquí estoy de acuerdo. Pero al mismo tiempo rechazo este razonamiento, porque ¿para qué serviría este postulado tan bien expresado: «Dicho signo consiste, más bien, en una existencia en la que todo nuestro ser esté en comunión con los que sufren», si esta frase esencial y magnífica no puede ser entendida – tan complejo es su significado – como exigencia de inmersión en la realidad del mundo, un testimonio que debe considerarse político y que, efectivamente, es un compromiso político? Político no en el sentido de una táctica, sino en la acepción normal del término. Lo que rechazo, por tanto, no es lo que la frase dice, sino lo que no dice, lo que no está incluido, por lo que la ausencia en la praxis justifica la fuga moral: la “mentalidad de renuncia”.

La Iglesia, se dice, debe cumplir con su función crítica y sensibilizadora sin ser, además, una Iglesia política. También los nuevos estudios teológicos van en esta dirección. Estoy de acuerdo en lo que respecta a la Iglesia, pero ¿tiene esto validez también para los cristianos en sus acciones como ciudadanos, para los ambientes católicos, para los individuos?



Llamo “mentalidad de renuncia” a la tendencia a esconderse detrás de la Iglesia para responder a esta pregunta que es, además, una cuestión moral.

Me parece que el problema tiene una especial importancia para los cristianos que viven en una situación en la que la Iglesia es fuerte, como la nuestra.

Como católicos de este país podemos estar orgullosos de que la Iglesia polaca, en los últimos treinta años, ha sido en ciertos periodos la única que ha protegido la libertad y la dignidad humana.

Podemos estar contentos del hecho que, cada vez más, desde hace algún tiempo, en sus declaraciones el tema dominante es la defensa de los derechos del hombre, y no la salvaguardia de la Iglesia y sus instituciones.

Sabemos que esta fuerza de la Iglesia es, sobre todo, el fruto de lo que en ella es más importante, de lo que le viene de Cristo.

Esta fuerza reside también en una perspectiva humana, en la actitud del episcopado y, además, en la consistencia numérica de la Iglesia en Polonia y su unión con las masas populares.

La fuerza de la Iglesia polaca, por último, mana de su vitalidad, una vitalidad que en estos treinta años se ha ido desarrollando también en el ámbito intelectual.

Todos nosotros formamos parte de este resultado. Pero esta fuerza, ¿no se convierte a veces en una pantalla detrás de la cual se esconden la responsabilidad personal y de nuestro ambiente?

No son el cardenal primado y sus declaraciones, ni el cardenal Wojtyla ni monseñor Toarczuk quienes nos dispensarán de esta responsabilidad y resolverán el problema en nuestro lugar.

Y después, preguntémonos si no es verdad que nos escondemos detrás de la Iglesia diciendo que ésta ya habla por nosotros porque creemos en un Mesías político, en una Iglesia política que nos exime de la responsabilidad personal, de nuestra elección y de nuestro compromiso. Me parece que éste es un problema cuya gravedad debe aclararse.

En ocasiones pienso que no estaría mal si, mientras construimos una Iglesia fuerte, nuestro sentimiento de responsabilidad personal fuera más concreto, como tienen los cristianos que viven en la diáspora.

En el plano civil, cuanto más conscientes y activos son los cristianos como ciudadanos en la defensa de los derechos fundamentales del hombre y de los derechos en general, menos política es la Iglesia.

No pienso, por tanto, que nos podamos contentar con el razonamiento según el cual, al no disponer los cristianos polacos de formas de acción civil y no pudiendo comprometerse en primera persona, le toca a la Iglesia posicionarse, también a nivel político, en nuestro lugar; y esto mientras se repite que la Iglesia es el signo de otro rechazo, como si esto permitiera resolver el problema de la «comunión con quienes sufren».

Ciertamente, el problema es muy difícil y complejo, y lo planteo sencillamente como un problema para nuestra conciencia, una cuestión de actitud: porque creo que esta “mentalidad de renuncia”, esta actitud de renuncia, conduce a la huida y puede ser un modo de imitar a Poncio Pilato.

(Traducción de Helena Faccia Serrano)