Con 3 semanas de recorrido en los cines de Estados Unidos y otros países, World War Z es una película que ya lleva recaudados 366 millones de dólares, compensando los 190 millones que costó: toda una superproducción bien recompensada. Se basa en los muy populares libros de zombis (o, más bien, de infectados) de Max Brooks. 


Los zombis antes eran lentos, pero en las películas y ficciones modernas (con la excepción de Walking Dead) tienden a ser acelerados, correr rápido, y consumir con ansia. Desde España, un análisis antropológico serio y con enfoque cristiano de la moda "zombi" lo hace el profesor de la Universidad Abat Oliba Jorge Martínez Lucena en sus ensayos.

En Estados Unidos el padre Robert Barron ha publicado unas reflexiones sobre esta película en concreto con visión teológica (Zombies, sin and salvation, en StrangeNotions.com ). 


Barron alaba que la película tiene un buen guión, ritmo y base humana: no son meros efectos especiales encadenados. Luego entra en teologías. Un virus ha convertido a las masas humanas en muertos vivientes, ansiosos de carne humana, convirtiéndolos en rápidas máquinas de matar. Gerry Lane (el personaje que interpreta Brad Pitt) busca la forma de contener el virus cuando ya la mayor parte del planeta ha caído.



Cuando el protagonista viaja a Jerusalén, donde los israelíes han conseguido atrincherarse tras un muro frente a las oleadas de zombis, es cuando el padre Barron empieza a ver las conexiones teológicas.

"Los padres del Concilio de Trento especifican que el pecado causa una ruptura del yo, una des-integración de la mente, voluntad, emociones y cuerpo, de forma que el pecador actúa consistentemente contra sí mismo. ¿Ven ustedes por qué los zombis -cuerpos humanos tan dañados por los efectos del contagio que realmente son sólo simulacros de humano- son símbolos aptos para expresar lo que es la persona bajo la influencia del pecado?", señala el sacerdote.


De hecho, Trento insiste en que el pecado original (que, en realidad, más que un pecado, es una tendencia al mal) se transmite "por propagación, no por imitación": no es por el contexto social, sino más bien como por una enfermedad contagiosa que se transmite (Barron lo compara con la adicción a la droga que una embarazada puede pasar a sus hijos). No es un mal hábito corregible: es una infección. Y requiere un tratamiento radical. No basta hacer un gran muro para protegerse (los muros en Jerusalén, como en tiempos de Flavio Josefo, no serán protección suficiente).

En la película, el protagonista se da cuenta de que los zombis no atacan a algunas personas cuando sienten que sufren una enfermedad mortal. Gerry Lane decide, pues, infectarse con una enfermedad, para poder introducirse entre la masa zombi y desde allí cumplir su misión. Es como una vacuna.

Pero implica descender al corazón del mal, hacerse "uno de ellos", uno de los zombis, para poder curar a los enfermos "con su sangre".

El padre Barron acude aquí a 2 Corintios 5,21 ("Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él") y a Efesios 1,7 ("en Él hallamos la redención por su Sangre"). Jesús, según San Pablo "se hizo pecado", igual que el protagonista se infecta a sí mismo.

"Jesús se convierte en el sanador, Soter en griego, Salvator en latín, precisamente en la medida en que entra en este mundo de pecado, hasta el punto de derramar su sangre...¡y destruirlo desde dentro!"

Otra forma de verlo sería -como se ha hecho a veces- apuntar que se necesita una "infección buena" o una transfusión de "sangre buena": esa sangre, esa infección sanadora, es la que aporta la Sangre de Cristo.


Barron no cree que los guionistas ni el novelista tuviesen imágenes crísticas en la cabeza al crear su historia de zombis. Más bien "la gran historia de la salvación está aún en el ADN intelectual de Occidente y por eso aparece aquí y allá regularmente en la cultura popular. Y quizá sucede precisamente porque las iglesias cristianas han llegado a ser tan ineptas en lo que se refiere a contar esta narración".