Siguiendo con la serie "Entendiendo a..." quiero hablar hoy de uno de esos casos que se ha malinterpretado hasta límites extraordinarios, no porque sea un mensaje confuso o interpretable sino porque muchos se han empeñado en trocear el Evangelio a su conveniencia, cogiendo lo que les resulta más cómodo y rechazando lo que parece antipático, en vez de tomarlo todo entero como es lo lógico.

Dice Cristo que no juzguemos y no seremos juzgados (S. Lucas 6, 37) así que mira qué bien, no tengo que juzgar a nadie y de paso nadie me juzgará a mí. Negocio redondo.

Sin embargo, estos interesados cumplidores del Evangelio se olvidan de que Cristo también dijo que hay que juzgar con juicio justo (S. Juan 7,24). Juzgad con juicio justo y no según las apariencias... ¡pero juzgad! ¿Se puede decir más claro? Y también nos dice que si tu hermano peca le reprendas de una manera determinada (S. Mateo 18,15), y ¿cómo voy a hacer esto sin antes juzgar si se portó bien o mal?

Y aun hay más. Es que tenemos el propio ejemplo de Cristo que ¡vaya si juzgaba! Sepulcros blanqueados, raza de víboras, hipócritas... Yo diría que se hartó de juzgar. 

¿Entonces? ¿Juzgamos o no? Como siempre la solución está en tomar el Evangelio completo para ver qué quiere Cristo que hagamos, y no sólo frases sueltas. Su mandato está claro: Cristo quiere que juzguemos, y nos dice cómo hacerlo (con juicio justo, con caridad, de la misma manera que nos gusta que nos juzguen...); y especialmente quiere lo hagamos entre los cristianos de nuestro grupo o comunidad, mediante la corrección (de la manera que Él nos enseña).

Y si alguno no hace todo esto, malo, por mucho que quiera aparentar que es muy buen cristiano porque no juzga a nadie.

Aramis

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NOTA: En caso de duda o discrepancia con el magisterio de la Iglesia, acatamos siempre lo que diga la Iglesia. Pero con Iglesia nos referimos a la Iglesia (con mayúscula), no a cualquier sacerdote u obispo... que de todo hay en la Viña del Señor.