Queridísimo santo Padre, queridos padres y pastores del pueblo de Dios, queridos hermanos.

 

Cuando me convertí en mi adolescencia y conocí la realidad de la Iglesia, quedé sobrecogido por la belleza de su verdad. Todos mis esquemas mentales se fueron dilatando, mientas caían las barreras de las falsas ideas que me había construido para justificar mi modo de vida. La verdad que sostenía la Iglesia me resultó tan luminosa que derrotó al último enemigo que podía resistirse a su claridad: yo mismo. Siempre he dicho que la Iglesia me salvó de mí mismo, de la estrechez de mis pensamientos, de mis prejuicios.

 

Muchos me consideran un sacerdote “conservador” o “tradicional”. Yo no me considero así. Muchas veces las etiquetas están en los ojos del que mira. He hecho alabanzas bailando y alzando las manos con la Renovación Carismática, he cantado emocionándome a la Mater de Schönstatt, he celebrado muchas Eucaristías para el Camino Neocatecumenal, he dado charlas en colegios y universidades del Opus Dei, he hablado en universidades de los Legionarios de Cristo, he participado en Cursillos de Cristiandad, he hablado en colegios religioso: agustinos, las Esclavas de Cristo Rey, Misioneras de Cristo Sacerdote, etc.; he dado charlas y dirigido oraciones en grupos de Effetá; dirijo espiritualmente a algunos religiosos, y a muchos jóvenes laicos; he sido entrevistado por César Vidal, de Religión Digital, y he sido alabado y a veces criticado por diversos periódicos digitales católicos. No pertenezco a ningún movimiento, soy sacerdote diocesano y mi labor ha sido siempre parroquial. Pero miro con agrado a la vida religiosa y a los movimientos de la Iglesia.

 

Perdonadme este excursus, pero quiero situaros, para que nadie me prejuzgue intentando etiquetarme. Soy difícil de etiquetar. Como me dijo un sacerdote amigo, “eres un sacerdote raro”. Os digo todo esto para que no prejuzguéis mis palabras, para intentar que quede claro que no parto de la ideología.

 

La verdad de la Iglesia me pareció, como dije, deslumbrante. Y si hubo algo que me admiró más que su claridad indiscutible, fue la unidad que poseía. Toda la Iglesia creía lo mismo, predicaba lo mismo, defendía lo mismo. Me maravilló. Aquello significaba “Católico”. Esta verdad se expresaba de diferentes formas y siempre en diálogo con los que no la compartían, pero sin ceder en los postulados. Por eso el estudio de la teología me resultó tan grato. Cuando empecé a estudiar, pensé que sería simplemente un conjunto de doctrinas rancias que había que aprenderse de memoria; luego me di cuenta de que era comprender profundamente la verdad que nos ha sido confiada, y desde ella, sin traicionarla, ahondando en su significado, dialogar con los no creyentes e intentar que conozcan y abracen la verdad, tal y como lo expresó san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

 

Desde mi conversión me he sentido llamado a anunciar esta verdad luminosa y liberadora a todos los hombres, especialmente a los jóvenes, para que se salven, ya en esta vida, de la esclavitud, de las adicciones, de los complejos, de las heridas emocionales, del pecado. Acompaño espiritualmente a muchas personas que están divorciadas, o en proceso de nulidad, y a muchas personas que experimentan atracción hacia el mismo sexo. La caridad no tiene fronteras. Y les animo a vivir conforme pide la Iglesia. Y esto, aunque es muy difícil en ocasiones para ellos, lo han experimentado todos, sin excepción, como una liberación sanadora. “La verdad os hará libres”.

 

El motivo de esta carta es mi percepción – quizá errónea – de que esa unidad que percibí en la Iglesia, de que esa belleza de una verdad predicada armónicamente, está en riesgo. No voy a entrar en detalles, creo que no es necesario. Sólo quiero decirle que a mí, y a millones de católicos, esta percepción nos produce zozobra. Nos hiere. Nos da pena. Nos desconcierta. No entendemos qué está pasando. A nuestros ojos, de pronto, la verdad parece relativizarse, y eso nos desorienta. ¿Qué hemos de creer? ¿Qué hemos de proponer? ¿Qué les digo a las personas que acompaño espiritualmente? ¿Lo que era verdad ayer ya no lo es hoy? ¿No afecta eso al núcleo mismo de nuestra fe? Pues la fe tiene que tener un contenido: nos fiamos de quién nos lo dice (fides qua) y por tanto aceptamos lo que nos dice (fides quae).

 

Por ello esta carta es una llamada, si me lo permitís, un grito, llamando a la unidad. Estamos confusos. Oímos del camino sinodal alemán, de la Conferencia Episcopal de los Países Bajos, de los ‘dubia’, de las respuestas, de documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe… Y palpamos en el aire la contradicción de muchos de estos asuntos con el Catecismo, el Derecho, la Tradición, las catequesis de otros papas santos… y no sabemos con qué quedarnos. De verdad, os los digo con el corazón en la mano, para mí esto se empieza a convertir en una cuestión de conciencia.

 

Cuando oro, el Señor me tranquiliza, me dice que rece, pero también que predique a mi pueblo la verdad que he descubierto en la Iglesia y que me ha liberado, sin criticar ni juzgar. Y eso intento hacer. No sé si el Señor me ha inspirado escribir esta carta o si sólo es un desahogo de un sacerdote que puede parecer fuerte pero no lo es, que ama a la Iglesia y que desea volver a contemplar esa unidad que percibió cuando se convirtió. No he venido a dar lecciones. He venido a suplicar.

 

Le suplico, santo Padre, que haga que los creyentes podamos sentirnos de nuevo unidos bajo un solo pastor, en la confesión de una misma verdad, en la que podamos contemplar la revelación de Jesús que siempre resulta contracultural, y que muchas veces es defendida ante la mirada incrédula del mundo. Necesito que nos hable con claridad, se lo pido. No sé si es que yo a veces no entiendo lo que nos quiere decir, quizá el problema es mío. Pero no puedo dejar de decírselo, porque usted es el padre de todos nosotros. ¡Confírmenos en la fe! Le necesitamos. Es usted cabeza visible de la Iglesia, vínculo de unidad entre todos nosotros. Ojalá llegue a leer esta carta.

 

Os suplico, pastores, obispos, cardenales, que viváis la unidad en la confesión de una misma fe. Cuando dos padres se divorcian, los hijos sufren. Y esto estamos viviendo, aparentemente, los creyentes. No entendemos las contradicciones, las peleas, las disensiones. Cuando un profesor de biología enseña algo que no es cierto, es amonestado por sus superiores y sus colegas, para que se adapte a la verdad. No se hace por un afán de superioridad o una “creencia monolítica”, sino por el bien de los alumnos. Y el profesor debe reconocer su error y cambiar. La única “presión” que debe importarle es la de ser fiel a la verdad, no la de lo que los alumnos quieren oír. Así sucede con vosotros, padres. Necesitamos que nos digan, no lo que el mundo quiere oír, sino la verdad. Necesitamos orientación. Lo que no necesitamos es su silencio. Porque nos desconcierta aún más. Veo con tristeza que las ovejas empiezan a dispersarse. Necesitamos volver a enraizarnos en la verdad, aunque sólo quede un pequeño rebaño fiel. ¿Podría alguno de ustedes, si les llega esta carta, hacérsela llegar al santo Padre?

 

Queridos hermanos sacerdotes, somos todos muy diferentes. No puedo daros ninguna lección. Pero si os suplico que seamos fieles a la doctrina de la Iglesia, y que la prediquemos, aunque sea contracultural. Os pido que no critiquemos en pequeños círculos, que no juzguemos, que no despellejemos a nuestros pastores. Eso no hace bien. Oremos por ellos. Y prediquemos la verdad, la única verdad. No perdamos la esperanza. No nos dejemos llevar por la zozobra. Cuidemos nuestro rebaño. Amemos a nuestros pastores.

 

Y a vosotros, queridos hijos laicos, os hago una petición: no busquéis a los pastores que os dicen lo que queréis oír, o que dicen lo que el mundo está dispuesto a aceptar, sino a aquellos que sabéis que os dicen la verdad, aunque os duela, aunque sea contracultural. Permaneced unidos en la confesión de la única verdad. No critiquéis, no juzguéis. Orad por vuestros pastores, confortadlos, y no les pidáis que “elijan bando”, sólo que permanezcan en la verdad.

 

Esta carta es un grito de súplica, lo único que pienso que puedo hacer a un nivel más amplio que mi círculo de influencia. La encomiendo al Espíritu Santo para que pueda dar fruto en el corazón de todos nosotros. Creo que estamos en un momento crítico, y la Iglesia pasa por una gran crisis debido a los abusos, a sus pecados, y también a la confrontación con el mundo. Creo que es tiempo de valentía. ¡Cuántos fieles agradecen cuando los pastores hablan con claridad! Necesitamos volver a eso. Creo que urge.

 

Gracias por leerme. Dios os bendiga a todos.

 

Jesús María Silva Castignani +