Ayer las redes ardían con el bebé que Ana García Obregón ha tenido por gestación subrogada en Florida.

En este debate lo que me más me ha llamado la atención es que la razón ha sido abolida, que podemos afirmar una cosa y su contraria en la misma frase sin ningún sonrojo y con la ausencia absoluta de cualquier debate que no se base en la aplicación de mantras ideológicos no importa cómo de irracionales y absurdos sean.

Las cosas son buenas o malas según lo que diga mi ideología: Una cosa y la contraria pueden ser ciertas si mi ideología me lo dice: hay una famosa política, o por lo menos famosa en Madrid, que escribe lo siguiente «ser madre no es un derecho, es un deseo» Oh maravilla, ¿habrá tenido una conversión fulminante? Parece que no, ahora dice eso, pero luego por supuesto apoya el derecho al aborto, porque ser madre no es un derecho, pero parece ser que no serlo si en ese momento no entra en tus planes sí que lo es. Y, sobre todo, hablémoslo claramente, si no tengo derecho a ser madre porque es un don, no tengo derecho a acudir a procedimientos como la fecundación in vitro, donde el ser humano es «producido» y miles, qué digo miles, millones de embriones, es decir de ser humanos completos con alma inmortal son desechados, congelados y vendidos en trozos y utilizados como cobayas de laboratorio. En este caso parece que sí existe el derecho a ser madre.

Las cosas son buenas o malas según me muevan a compasión: «Si tú estuvieras en esa situación no dirías lo mismo». Se apela siempre a un drama humano. Ese drama humano es a veces real y otras no, pero vamos a partir de que lo sea. En el caso de ayer mueve a compasión una madre que ha perdido a un hijo, su único hijo y familiar cercano a edad muy temprana de un cáncer. Igualmente, es un drama para muchos matrimonios que por problemas de fertilidad no pueden concebir y tienen una gran y pesada cruz, también mueven a compasión.

Dicho esto, y señalando nuestra obligación de acompañar el dolor y el sufrimiento de estas personas, esto no justifica ni el vientre de alquiler ni la reproducción artificial, son puertas falsas, que ofrecen solucionar el problema rápido y fácil pero que implican la muerte de otras personas y el tratar al ser humano de forma no acorde a su dignidad.

No existe, por lo tanto, el bien o el mal, sino que algo es bueno si me causa compasión o incluso siendo el fin en sí mismo bueno, no importa si los medios lo son.

Primer corolario: si tú no estás en esa situación no puedes opinar, «nosotras parimos, nosotras decidimos», «tú no tienes útero no puedes opinar sobre el aborto»

El segundo corolario: «tú te opones en público, pero lo haces a escondidas». Esto es lo de siempre, acusar de hipocresía «los que se oponen al aborto luego llevan a sus niñas a abortar»

Las cosas son buenas o malas depende de quien las haga o las diga. Si las hacen los grupos designados como «oprimidos» están bien («racializados», LGTBI, mujeres «empoderadas», migrantes, trans, los de la religión de la «paz» …) pero si las hacen otros están mal (católicos, familias numerosas, empresarios…). No es que verdaderamente les importen nada los supuestos oprimidos, sino que justifican su discurso con ellos. Como aquellos que todo lo justifican y tapan con la «opción por los pobres» y a los que Santa Teresa de Calcuta dedica estas palabras «los hay que hablan mucho de los pobres, pero nunca hablan con los pobres».

Hemos renunciado a la razón, hemos renunciado a la Verdad, hemos renunciado al Bien, hemos renunciado a la Belleza, hemos renunciado a Dios y las consecuencias son estas, una vez rendidos al sentimentalismo y entregados a nuestras pasiones las aberraciones no tienen límites y como siempre los más débiles pagan las consecuencias.

En la Iglesia parece que el mundo se nos ha metido dentro y la razón a veces brilla por su ausencia. La razón y la fe van juntas, no se oponen, la razón es necesaria, como decía Chesterton, «en la Iglesia nos piden que nos quitemos el sombrero, no la cabeza»