Es ya demasiado habitual, por desgracia, que cada vez que el Papa Francisco despega los labios se interpreten de manera interesada sus palabras.

El Romano Pontífice ha vuelto a referirse en esta ocasión a los divorciados vueltos a casar civilmente, manifestando que jamás han estado “excomulgados”, lo cual es una obviedad además de una verdad como un templo.

Sin embargo, algunos enemigos de la Iglesia, o sea de la Doctrina de Cristo, se han apresurado a decir que el Papa es partidario de administrar la comunión a los divorciados. Nada tan falso. Igual que quienes pretenden hacerse una fe a la medida por hallarse inmersos en una situación matrimonial irregular.

Una cosa es así que los divorciados jamás hallan estado excluidos de la Iglesia, o lo que es lo mismo “excomulgados”, y otra muy distinta que puedan acceder a la Comunión Sacramental.

Conozco a varios sacerdotes que administran la Comunión a un grupo de divorciados a sabiendas de que viven amancebados con personas que no son su esposa ni su marido ante Dios.

Pero en lugar de emprender un proceso de nulidad establecido por la Iglesia para los convencidos en conciencia de que su matrimonio jamás existió, estos divorciados se dejan llevar por lo que les dicen unos clérigos amparados en un engañoso “buenismo”, limitándose a vivir así una fe a su medida, que nada tiene que ver con la fe de Cristo.

La cuestión de fondo es la siguiente: ¿Debe la Iglesia congraciarse con la opinión pública, la peor de las opiniones, a costa de sacrificar la verdad contenida en el Evangelio?

No trato de exponer una opinión, sino de reflejar la verdadera Doctrina de Cristo, empezando por esta exhortación del apóstol San Pablo a los Corintios:

“Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno así mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (Corintios 1, 27-29).

¿Se puede ser más claro y rotundo?

El propio Catecismo de la Iglesia Católica tampoco deja el menor resquicio a la duda sobre el papel de los divorciados vueltos a casar civilmente, en su punto número 1.650. Leyéndolo con atención, se disipa cualquier incertidumbre sobre el acceso de los adúlteros a la Sagrada Comunión.
Considera así la Iglesia:

“Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo (“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”: Mc 10,1112), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio.
“Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia”.

La Iglesia de nuevo, en el siguiente punto de su Catecismo, ofrece una respuesta clara a los hermanos que se encuentran en esa difícil encrucijada y que tienen incluso hijos a su cargo, haciéndose eco al final de la exhortación apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II:

“Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:

“Exhórteseles a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios” (FC 84)”.

Más claro, agua. He aquí la verdadera caridad, que nada tiene que ver con administrar la comunión a los divorciados vueltos a casar apelando a una falsa misericordia, mediante un acto que constituye en sí mismo una gravísima ofensa al Señor.

La propia Iglesia, apoyada en la doctrina de su Fundador, Cristo mismo, no puede ser más explícita al respecto. En palabras del propio Jesús: “El que tenga oídos, que oiga”.

Pero, por desgracia, existen todavía hoy muchos cristianos que, permitiéndose el lujo de tildar de “tradicionalistas” a quienes en realidad defienden la verdadera doctrina de Jesucristo, continúan estando sordos, cumpliéndose en ellos de nuevo la profecía de Isaías:

               Con el oído oiréis, pero no entenderéis;

con la vista miraréis, pero no veréis.

Porque se ha embotado el corazón

de este pueblo,

han hecho duros sus oídos,

y han cerrado sus ojos;

no sea que vean con los ojos,

y oigan con los oídos,

y entiendan con el corazón y se conviertan,

y yo los sane.