Hay momentos en la vida en los que uno no puede hacer el avestruz: esconder la cabeza bajo tierra y asomarla cuando corran tiempos mejores. Hay momentos en los que callar es ser cómplice de la injusticia. Hay momentos en los que no se puede ser políticamente correcto y contentar a todos, sino que hay que tomar partido y estar dispuesto a sufrir ataques. Hay momentos para mostrar qué clase de hombres somos. Y hoy, en la Iglesia de Granada, es uno de esos momentos.

Toda nuestra diócesis sufre enormemente con la herida que se ha infligido a las víctimas de estos abusos. Es un dolor terrible, ante el que clamamos a Dios. Es el único que puede sanar algo así. Y esperamos desde luego que la justicia actúe con presteza, rigor y contundencia.

Dicho esto, por más y más ríos de tinta que han corrido (y que correrán) sobre el tema, yo sería hoy poco menos que un villano si no le dedicara unas palabras a mi Arzobispo, a mi pastor, a don Javier.

No se trata de venir a derramar alabanzas sobre él, de ensalzarlo, de lisonjearlo. Él más que nadie es consciente de sufrir las mismas limitaciones, pobrezas y pecados que todos nosotros arrastramos, de las que sólo el Señor nos libera. En este tiempo de tanta infamia vertida sobre él, de tanto ataque despiadado y furibundo, de tanto odio, de tanta información sin contrastar, de tanta calumnia, de tanto juicio sumarísimo… se trata de gritar: Señor, ¡hazme justicia contra mi adversario! (Lc 18,3).

Otros escribirán sobre lo que les refieren sus “muy acreditas fuentes”. Yo hablo de lo que he vivido desde que don Javier pisó la diócesis de Granada: he estado siempre cuidado, he sido querido, acompañado, consolado. Cuando tantos hablan de nuestro amado Papa Francisco contraponiéndolo a un obispo como don Javier, uno se queda perplejo. El Arzobispo de Granada no huele, sino que apesta a oveja. Hiede a distancia, pues está empapado hasta los tuétanos de la realidad de su diócesis, por la que entrega su vida.

Y no digo esto último metafóricamente. Él actúa hasta las últimas consecuencias buscando el bien de todos aquellos que se le han encomendado. Claro que le persiguen las polémicas, claro que levanta antipatías, claro que muchos remueven Roma con Santiago (textualmente en este caso), para moverle la silla (silla, sí, no sillón ni trono, como quieren hacernos pensar). Es normal que esto suceda cuando uno actúa con coherencia, vistiéndose por los pies, llamando a lo blanco blanco, a lo negro negro, con valentía y sin medias tintas, como él hace. Cada una de sus decisiones, de sus actuaciones, tiene la fuerza de quien se mueve desvelado por el bien de sus ovejas: laicos, seminaristas, sacerdotes. Ha preferido siempre llevarse una manta de palos a dejar de hacer algo que considerase bueno para su pueblo; no ha tenido en estima tener un buen nombre, sino un pueblo santo. Y esto son hechos, no citas de fuentes ni palabras.

Señores periodistas: los granadinos que hoy hemos estado con nuestro Arzobispo en la catedral no somos borregos sin seso que, con un whatsapp invitatorio, acuda  en masa gracias a nuestro buen adoctrinamiento. Somos ovejas agradecidas por el pastor con el que el Señor nos ha bendecido, que nos da a comer los mejores pastos.

Y ya que hablo de agradecimientos, bendigo a Dios por nuestros sacerdotes de Granada, por esa multitud que nada tiene que ver con los hechos denunciados estos días. Sois tantos además los que personalmente conozco… no dejo de tener presentes vuestros rostros en este tiempo de adversidad. Cuántos testimonios de discreta santidad caminan por nuestras calles, entre los escupitajos e insultos que sus alzacuellos suscitan. Ánimo hermanos, no desfallezcáis. Sois para este pueblo un amado regalo del Señor, el tesoro que nos alimenta con los sacramentos, con la Palabra. En este día os abrazo a cada uno de vosotros.

Es por todo ello que, si este público posicionamiento mío también suscita críticas y palabras desairadas, las recibiré con gusto. Que otros respondan ante Dios por ellas y por la inquina con la que estos días andan escribiendo. Yo responderé por haber estado al lado de mi Arzobispo. Dios sabrá. Es lo mínimo que puede hacer una oveja como yo, que hasta el día de hoy sólo puede decir de su pastor haber sido defendida de lobos y llevada a comer en verdes praderas.

Señor Jesús, en este tiempo nuestro de relativismos y tibiezas, no dejes de mandarnos pastores valientes, guiados por Ti, que proclamen a tiempo y a destiempo tu Palabra, que sean testigos de la Verdad, y que pastoreen sin miedo a ejercer la autoridad que Tú mismo les das a través de tu Iglesia. Amén.