Si ayer veíamos cómo se produce materialmente la declaración del dogma de la Asunción, me partece adecuado que veamos hoy cuáles son los argumentos en los que se apoyó dicha declaración. Y al respecto, lo primero que se ha de decir es que la fundamentación escriturística de la Asunción de María no es, en modo alguno, explícita. Vale decir que en los textos canónicos, dicho evento de la elevación de la madre de Jesús a los cielos en cuerpo y alma, o de cualquier otra manera, no aparece jamás mencionado. Por no aparecer, no aparece ni siquiera insinuado. De hecho, la última referencia que los escritos canónicos contienen a propósito de la madre de Jesús, la recoge San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, donde se limita a dejar constancia de su pertenencia a la primera comunidad cristiana:
 
            “Todos ellos [los apóstoles] perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, y de María la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch. 1, 14).
 
            Nada nos cuenta ni Lucas, ferviente admirador de la figura de María, ni ninguno otro de los autores canónicos sobre el posterior devenir de la madre de Jesús. Ni tan siquiera de su presencia en otro evento en el que la tradición acostumbra a imaginarla presente, cual es la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.
  

           A falta de elementos explícitos, el apoyo escriturístico de la Asunción de María suele recurrir a los mismos pasajes de San Lucas que sirvieron en su día para argumentar el dogma de la Inmaculada Concepción, dirigidos a probar que María es especialmente grata a Dios, los cuales son, básicamente, dos:
 
            “Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»” (Lc. 1, 26-28).
 
            “
En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc. 1, 41-42)
 
            Tales textos son los que, sin citarlos expresamente, aporta la constitución Ineffabilis Deus por la que en 1854 fue declarada la Inmaculada Concepción de María, cosa que hace en su apartado 12 titulado, precisamente, “El Ave María y el Magnificat”.
 
            “Mas atentamente considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios, por el Gabriel cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”.
 
            Una circunstancia, la del recurso a los argumentos de la Ineffabilis Deus, que no tiene empacho en reconocer con toda claridad la propia constitución Munificentessimus Deus que declara el nuevo dogma de la Asunción:
 
            “Este privilegio [el de ser asunta al cielo en cuerpo y alma sin esperar al fin de los tiempos] resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la augusta Madre de Dios” (aptdo. 4).
 
            A los argumentos de la Ineffabilis, exégesis y hermenéutica suelen añadir -aunque en honor a la verdad, la Munificentessimus no los cite en ningún momento- otros dos argumentos escriturísticos, los cuales, de hecho, acompañan a menudo la liturgia del día de la Asunción. 
 

           El primero lo hallamos en Juan, cuyo Apocalipsis nos cuenta la visión que tuvo de “aquella mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap. 12, 1), que la tradición gusta de identificar con María Virgen, y ello aún a pesar de que otras exégesis prefieren identificar a dicha mujer con la Iglesia. La propia constitución hace una referencia expresa a este extremo cuando dice:
 
            “Además, los doctores escolásticos vieron indicada la Asunción de la Virgen Madre de Dios no sólo en varias figuras del Antiguo Testamento, sino también en aquella Señora vestida de sol, que el apóstol Juan contempló en la isla de Patmos (Ap 12, 1s.)” (núm. 27).
 
            El segundo lo aporta Pablo, cuando hablando de la resurrección que a todos espera, afirma: “pero cada cual en su rango: Cristo como primicias, luego los de Cristo en su venida” (1Co. 15, 23), que podría indicar que hay un orden para  acceder a la resurrección, orden en el cual, María bien podría ocupar el segundo lugar después de su hijo JesúsDe hecho, tal es la explicación que da Juan Pablo II en su Homilía ante la gruta de Lourdes del 15 de agosto de 1983:
 
            “La redención realizada por Cristo ha destruido esta herencia: ‘Por Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los de Cristo’ (1Co. 15, 23). ¿Y quién pertenece más a Cristo que su Madre? ¿Quién ha sido más que ella rescatado por él? ¿Quién ha cooperado como ella a la propia redención, de forma más íntima, mediante su fíat en la Anunciación y su fíat al pie de la cruz?”.
 
            En el Antiguo Testamento, por último, se hallan también argumentos utilizados a favor del dogma, unos argumentos que la propia constitución recoge aunque reconozca que se hayan podido utilizar “con una cierta liberalidad”, y que son aún menos explícitos que los del Nuevo Testamento. Así, se ve en la Virgen el arca de santificación del que habla el salmo 131:
 
            “Ven, ¡oh Señor!, a tu descanso, tú y el arca de tu santificación” (Sal 131, 8).
 
            O la reina que entra triunfal en el palacio celeste y se sienta a la diestra del divino Redentor del salmo 44:
 
            “Entre tus predilectas hay hijas de reyes, la reina a tu derecha, con oro de Ofir” (Sal 44, 10).
 
            Así como también, la esposa del Cantar de los Cantares, “que sube por el desierto como una columna de humo de los aromas de mirra y de incienso” (Cant 3, 6).
 
 
            ©L.A.
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