El Papa denuncia el «cementerio sin lápidas» del Atlántico y recuerda el «derecho a no emigrar»
León XIV participó en un encuentro con inmigrantes en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria).

"No entreguen su existencia a quienes comercian con ella", les dijo a los inmigrantes.
La jornada en Gran Canaria comenzó este jueves con un recordatorio que León XIV quiso dejar grabado desde el primer minuto: "No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera".
El primer Pontífice que pisa suelo canario llegó acompañado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Juntos recorrieron el conocido como "muelle de la vergüenza".
No son números
El Papa, antes de dirigirse a los presentes, visitó el camarín de la Virgen del Carmen, donde bendijo una cruz construida con madera de una embarcación de migrantes. Después depositó una corona de flores en memoria de quienes perdieron la vida en el mar y rezó en silencio. Allí proclamó, visiblemente afectado: "Europa no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas".
Tras escuchar al obispo de Canarias, José Mazuelos, y a varios trabajadores y migrantes —entre ellos Blessing, víctima de trata que habló sin mostrar su rostro—, el Papa tomó la palabra. "No son números ni expedientes. Son personas con una familia y una casa dejada atrás", denunció.
A la mujer que había compartido su testimonio, le dirigió un mensaje directo: "Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son 'cantos de sirenas'".
Puedes ver el acto completo aquí.
El Papa insistió en que la historia juzgará la respuesta colectiva ante el sufrimiento de quienes llegan por mar. "Que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros", concluyó en este tramo de su intervención.
A continuación, León XIV explicó que el Evangelio del día —la escena en la que Jesús calma la tempestad— se vuelve especialmente tangible en ese lugar. "Hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad", afirmó.
Y añadió: "Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre y la violencia, después del desierto, de la noche y del mar".
En un momento del discurso, el Papa mostró su anillo del pescador para subrayar la gravedad de la situación migratoria. El mandato de ser "pescador de hombres", dijo, "adquiere una fuerza literal y dolorosa" tanto en Gran Canaria como en El Hierro, isla que mencionó aunque no pudo visitar.
"Esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas", lamentó. Por eso, afirmó, "el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles".
El Pontífice extendió su denuncia a todos los actores implicados. "La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche", advirtió.

El Papa mostró su anillo del pescador para subrayar la gravedad de la situación migratoria.
Y señaló la presencia de "monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido".
Agradeció la labor de Cáritas y de quienes trabajan en rescates y acogida, recordando que dejar de ver a los migrantes como cifras cambia la mirada: "Sólo entonces comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas". Y añadió: "Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y cambiar vidas".
Volviendo a Blessing, el Papa profundizó en el drama de la trata. "Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija y hermana, eres bendición", proclamó.
Y continuó: "Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor".
Para León XIV, la trata exige un examen de conciencia colectivo: "debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante".
También para la Iglesia, porque "la acogida del migrante no puede ser algo secundario". Y remató con una comparación contundente: "Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego 'pasar de largo' ante los cayucos y las pateras".
Antes de despedirse, el Papa elevó su voz para que el mensaje llegara a quienes toman decisiones: "Desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad". Y añadió: "No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?".
El Papa concluyó recordando que "la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra".
Y subrayó que "si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar", enumerando las condiciones necesarias: vivir sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin corrupción y sin que la tierra se vuelva inhabitable. Porque, como repitió, "no podemos acostumbrarnos a contar muertos".
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Citando a san Agustín, cerró su intervención con una advertencia espiritual y moral: "el Dios que 'en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor' nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera".