El Papa inaugura el campus «León XIV» en Guinea Ecuatorial: «Cristo es verdad, razón y libertad»
Los jóvenes aguardaban la llegada del Pontífice entre cantos y gritos de bienvenida.
Ofreció en Malabo una reflexión de notable densidad y profundidad sobre la naturaleza del saber.
El Papa ha inaugurado un campus universitario en su primer día en Guinea Ecuatorial. El acto inaugural del Campus Universitario "León XIV" de la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial contó con una amplia presencia de jóvenes que aguardaban la llegada del Pontífice entre cantos y gritos de bienvenida.
En su discurso en la Universidad, el Papa León XIV ofreció en Malabo una reflexión de notable densidad y profundidad sobre la naturaleza del saber y su lugar en la vida humana.
Discurso íntegro del Papa al mundo de la cultura
Señor Rector,
distinguidas autoridades,
señoras y señores:
Quiero expresar mi gratitud por la invitación a este evento con el cual se inaugura un nuevo campus de la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial. Agradezco también el deferente gesto que han tenido al dar mi nombre a esta sede, consciente de que un honor semejante excede a la persona y remite más bien a los valores que juntos deseamos transmitir.
La inauguración de una sede universitaria es más que un acto administrativo y trasciende también la simple ampliación de infraestructuras y de espacios destinados al estudio. Esta inauguración es un gesto de confianza en el ser humano; una afirmación de que vale la pena seguir apostando por la formación de las nuevas generaciones y por esa tarea, tan exigente como noble, que consiste en buscar la verdad y poner el conocimiento al servicio del bien común.
Por lo tanto, este momento posee un significado que supera con mucho los límites materiales de este lugar y de estos edificios. Hoy se abre también un espacio para la esperanza, para el encuentro y para el progreso. Toda auténtica obra educativa, en efecto, está llamada a crecer no sólo como una estructura, sino como un organismo vivo.
Quizá por ello la imagen del árbol resulta particularmente elocuente para hablar de la misión universitaria. Para los ecuatoguineanos, la ceiba, árbol nacional, adquiere un gran valor evocador. Un árbol echa raíces profundas, se alza con paciencia y fortaleza hacia lo alto y encierra en sí una fecundidad que no existe para sí misma.
En su grandeza, en la solidez de su tronco y en la amplitud de sus ramas, este árbol parece ofrecer una parábola de lo que una institución universitaria está llamada a ser: una realidad bien arraigada en la seriedad del estudio, en la memoria viva de un pueblo y en la búsqueda perseverante de la verdad. Sólo así podrá crecer con firmeza; sólo así será capaz de elevarse sin perder contacto con la realidad histórica en la que se sitúa y de ofrecer a las nuevas generaciones, además de instrumentos para el éxito profesional, razones para vivir, criterios para discernir y motivos para servir.
La historia del hombre puede leerse también siguiendo la simbología de algunos árboles bíblicos. En el jardín del libro del Génesis, junto al árbol de la vida, se alza también el árbol del conocimiento del bien y del mal (cf. Gn 2,9). Y conviene advertir que no se trata de una condena del conocimiento en cuanto tal, como si la fe temiera a la inteligencia o mirara con sospecha el deseo de saber. El ser humano ha recibido la capacidad de conocer, de nombrar, de discernir, de admirarse ante el mundo y de interrogarse por su sentido (cf. Gn 2,19).
El problema no está, pues, en el conocimiento, sino en su desviación hacia una forma de saber que ya no busca corresponder a la realidad, sino plegarla a la propia medida, juzgándola según la conveniencia de quien pretende conocer. Allí el conocimiento deja de ser apertura y se vuelve posesión; deja de ser camino hacia la sabiduría y se transforma en afirmación orgullosa de autosuficiencia, abriendo paso a extravíos que pueden llegar a volverse inhumanos.
Sin embargo, la historia bíblica no termina ante ese árbol. La tradición cristiana contempla otro árbol, el de la cruz, no como negación de la inteligencia humana, sino como signo de su redención (cf. Col 2,2-3). Si en el Génesis aparece la tentación de un conocimiento separado de la verdad y del bien, en la cruz se revela, en cambio, una verdad que, lejos de imponerse por dominio, se ofrece por amor y eleva al hombre a la dignidad con la que fue concebido desde su origen. Allí el ser humano es invitado a dejar sanar su deseo de conocer: a redescubrir que la verdad, no se fabrica, no se manipula ni se posee como trofeo, sino que se acoge, se busca con humildad y se sirve con responsabilidad.
Por eso, desde una perspectiva cristiana, Cristo no aparece como una salida fideísta ante la fatiga intelectual, como si la fe comenzara donde la razón se detiene. Al contrario: en Él se manifiesta la armonía profunda entre verdad, razón y libertad. La verdad se ofrece como una realidad que precede al hombre, lo interpela y lo llama a salir de sí mismo, y por eso puede ser buscada con confianza. La fe, lejos de clausurar esta búsqueda, la purifica de la autosuficiencia y la abre a una plenitud hacia la que la razón tiende, aunque no pueda abarcarla por completo.
De este modo, el árbol de la Cruz restituye el amor al conocimiento a su cauce originario. Nos enseña que conocer es abrirse a la realidad, acoger su sentido y custodiar su misterio. Así, la búsqueda de la verdad permanece verdaderamente humana: humilde, seria y abierta a una verdad que nos precede, nos convoca y nos trasciende.
Vaticano
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No basta, en efecto, con que un árbol dé fruto; importa también la calidad de ese fruto, porque por los frutos se conoce al árbol (cf. Mt 7,20). De modo semejante, una universidad se mide por la calidad de los estudiantes que ofrece a la vida de su pueblo: más allá del número de graduados o de la extensión de su infraestructura. Este es el sincero deseo que la Iglesia católica expresa en su plurisecular compromiso con la educación: que los profesionistas sean buenos gracias al conocimiento y a la técnica; frutos maduros para una auténtica fecundidad, capaces de ir más allá de la mera apariencia del éxito.
Queridos hermanos y hermanas, aquí, en las instalaciones de esta sede, la ceiba ecuatoguineana está llamada a dar frutos de un progreso solidario, de un conocimiento que ennoblezca y desarrolle al ser humano de modo integral. Está llamada a ofrecer frutos de inteligencia y de rectitud, de competencia y de sabiduría, de excelencia y de servicio. Si aquí se forman generaciones de hombres y mujeres profundamente configurados por la verdad y que transformen su existencia en un don para los demás, entonces la ceiba seguirá alzándose como un símbolo elocuente: arraigada en lo mejor de esta tierra, elevada por la nobleza del saber y fecunda en frutos capaces de honrar a Guinea Ecuatorial y de enriquecer a toda la familia humana.
Con estos sentimientos, invoco sobre todos ustedes —sobre las autoridades, los docentes, los estudiantes, el personal de esta universidad y sus familias— la abundancia de las bendiciones de Dios Todopoderoso que, en Jesucristo, Verdad encarnada, ha manifestado al hombre la verdad sobre sí mismo y su altísima dignidad (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). Y encomiendo a todos a la maternal protección de María Santísima, Trono de la Sabiduría, para que esos frutos, además de ser abundantes, sean muy dulces. Muchas gracias.