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Francisco lavaba los pies a mujeres en cárceles; León XIV, a sacerdotes en Letrán

Misa de la Cena del Señor: León XIV, contra las idolatrías y blasfemias que nos hemos hecho de Dios

León XIV lava los pies a 11 sacerdotes ordenados en 2025 y al director espiritual de ellos en el Jueves Santo de 2026

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Redacción REL
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El Jueves Santo la Iglesia celebra muchas cosas a la vez: la institución de la Eucaristía, la del sacerdocio, el Día de la Caridad, la Última Cena...

El Papa León XIV ha querido celebrar la Misa de la Cena del Señor en la tarde de Jueves Santo en la Basílica de San Juan de Letrán, que es su "catedral" de la diócesis romana.

Allí lavó los pies a doce sacerdotes. Con ese gesto buscaba remarcar la relación entre el sacerdocio y el servicio, unido a la institución de la Eucaristía. Se trataba de once sacerdotes novatos, de distintos países aunque italianos en su mayoría, ordenados el año 2025, y de su director espiritual, Renzo Chiesa, del Pontificio Seminario Romano Mayor.

La decisión papal de volver a Letrán y la de lavar los pies sólo a sacerdotes retoma una tradición litúrgica de muchos años, y marca una diferencia con lo que hacía el Papa Francisco, que en este día solía acudir a prisiones y allí lavaba los pies a laicos, tanto hombres como mujeres, e incluso a algunos que no eran católicos. 

Hay que tener en cuenta que en la Edad Media era común el gesto de que clérigos o incluso gobernantes lavaran los pies a 12 pobres en Jueves Santo, pero no necesariamente dentro de la liturgia, sino como un gesto añadido.

Con esta Eucaristía, León XIV inicia la celebración del primer Triduo Pascual de su pontificado. Entre los concelebrantes junto a él estaban los cardenales Pietro Parolin, secretario de Estado Vaticano; y Leonardo Sandri, argentino de 82 años, prefecto emérito del Dicasterio para las Iglesias Orientales.

Jesús cambia los criterios mundanos

En su homilía explicó que Jesús desmontó “los criterios mundanos” que ensucian la conciencia del hombre. "Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia”, afirmó el Papa León XIV.

Como Pedro, que se resistía a que le lavaran, "también nosotros debemos ‘aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza", advirtió el Pontífice. "No comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma".

León XIV lleva el Santísimo Sacramento a la capilla de San Francisco al acabar la Misa de la Cena del Señor de Jueves Santo

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Purificar la imagen que nos hemos hecho de Dios

"Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor”, añadió.

Habló también de dos sacramentos, “de la Eucaristía y del Orden sagrado”; “el vínculo intrínseco entre los dos sacramentos representa la entrega perfecta de Jesús, Sumo Sacerdote y Eucaristía viva por los siglos”, afirmó.

Pidió que “la adoración eucarística de esta noche, en cada parroquia y comunidad, sea un momento para contemplar el gesto de Jesús, arrodillándonos como Él lo hizo, y pidiendo la fuerza para imitarlo en el servicio con el mismo amor”.

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Homilía completa de la Misa de la Cena del Señor de 2026 en San Juan de Letrán, por el Papa León XIV

Queridos hermanos y hermanas, la solemne liturgia de esta tarde nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús; como invitados a la Cena en la que el pan y el vino se convierten para nosotros en Sacramento de salvación. Participamos, en efecto, en un banquete durante el cual Cristo, «que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Su amor se convierte en gesto y alimento para todos, revelando la justicia de Dios. En el mundo, precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser.

Durante esta última Cena, Él lava los pies a sus apóstoles, diciendo: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15). El gesto del Señor forma una sola cosa con la mesa a la que nos ha invitado. Es un ejemplo del sacramento; a la vez que confirma su sentido, nos confía una tarea que queremos asumir como alimento para nuestra vida.

El evangelista Juan elige la palabra griega upódeigma para relatar el acontecimiento del que fue testigo; significa “lo que se muestra ante los propios ojos”. Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia.

Junto con la muda sorpresa de sus discípulos, incluso el orgullo humano nos hace abrir los ojos a lo que está sucediendo. Al igual que Pedro, que al principio se resiste a la iniciativa de Jesús, también nosotros debemos «aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; […] porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 20 marzo 2008).

Estas palabras del Papa Benedicto XVI reconocen con lucidez que siempre estamos tentados a buscar un Dios que “nos sirva”, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder. En cambio, no comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma.

Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido.

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, no porque seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y a los demás en el verdadero amor. Aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida.

Él es el criterio auténtico, el «Maestro y Señor» (Jn 13,13) que despoja de todas sus máscaras tanto a lo divino como a lo humano. No ofrece su ejemplo cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia, para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica. El Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su amor.

Aprendamos de Jesús este servicio recíproco. De hecho, Él no nos pide que se lo devolvamos, sino que lo compartamos entre nosotros: «Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,14). Así lo comentaba el Papa Francisco: «Es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 28 marzo 2013).

Él no hablaba de un imperativo abstracto, ni de una orden formal y vacía, sino que expresaba su fervor obediente por la caridad de Cristo, fuente y ejemplo de nuestra caridad. El ejemplo dado por Jesús, en efecto, no puede ser imitado por conveniencia, de mala gana o con hipocresía, sino sólo por amor.

Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo. «Si yo no te lavo», le dijo Jesús a Pedro, «no podrás compartir mi suerte» (Jn 13,8); si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye.

Entonces, ante una humanidad abatida por tantos ejemplos de brutalidad, postrémonos también nosotros como hermanos y hermanas de los oprimidos. Así es como queremos seguir el ejemplo del Señor, haciendo realidad lo que hemos escuchado en el libro del Éxodo: «Este será para ustedes un día memorable» (Ex 12,14).

Sí, toda la historia bíblica converge en Jesús, el verdadero Cordero pascual. A través de Él, las figuras antiguas encuentran su pleno significado, porque Cristo, el Salvador, celebra la Pascua de la humanidad, abriendo para todos el paso del pecado al perdón, de la muerte a la vida eterna: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (1 Co 11,24).

Al renovar los gestos y las palabras del Señor, esta misma tarde recordamos la institución de la Eucaristía y del Orden sagrado. El vínculo intrínseco entre los dos sacramentos representa la entrega perfecta de Jesús, Sumo Sacerdote y Eucaristía viva por los siglos. En el pan y el vino consagrados se encuentra, en efecto, el «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (CONC. VAT. II, Const. dogm. Sacrosanctum Concilium, 47).

En los obispos y en los presbíteros, constituidos «sacerdotes del Nuevo Testamento» según el mandato del Señor (CONC. DE TRENTO, De Missae Sacrificio, 1), reside el signo de su caridad hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados hermanos, con todo nuestro ser.

El Jueves Santo es, por tanto, un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad. Que la adoración eucarística de esta noche, en cada parroquia y comunidad, sea un momento para contemplar el gesto de Jesús, arrodillándonos como Él lo hizo, y pidiendo la fuerza para imitarlo en el servicio con el mismo amor.

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