Religión en Libertad
Matilde Latorre de Silva

¿Les pedimos demasiado a los sacerdotes?

Hay algo en su vida que pertenece a otro lugar, a otra lógica, a una entrega que muchas veces nosotros mismos olvidamos contemplar

Nuevos sacerdotes para la diócesis de Madrid

Nuevos sacerdotes para la diócesis de MadridArzobispado de Madrid

Creado:

Actualizado:

Hay una decepción muy silenciosa que se repite constantemente dentro de la Iglesia: la de personas que, después de sentirse muy cercanas a un sacerdote, descubren de pronto algo que no encaja con la imagen que habían construido de él. Una respuesta fría, una distancia inesperada, una actitud brusca, una falta de disponibilidad o simplemente el descubrimiento desconcertante de que aquel cura al que admiraban también tiene límites, cansancios o defectos bastante corrientes.

Y entonces aparece esa sensación amarga: “me decepcionó muchísimo”.

Pero quizá la pregunta sea otra.

¿Les pedimos demasiado a los sacerdotes?

Porque hay algo muy peculiar en la relación que muchos católicos establecemos con ellos. Queremos que sean cercanos, accesibles, cálidos, disponibles, comprensivos, profundos, emocionalmente equilibrados, espiritualmente sólidos y además capaces de sostener nuestras crisis personales con una paciencia infinita.

En el fondo, muchas veces dejamos de mirarles como sacerdotes para empezar a exigirles algo todavía más difícil: que sean exactamente lo que necesitamos emocionalmente en cada momento.

Y eso acaba siendo una carga enorme.

Porque un sacerdote no es simplemente un amigo. Tampoco un terapeuta emocional disponible permanentemente. Hay algo en su vida que pertenece a otro lugar, a otra lógica, a una entrega que muchas veces nosotros mismos olvidamos contemplar.

Quizá una parte del problema sea precisamente que los hemos acercado tanto a nuestra intimidad que terminamos olvidando el peso espiritual y humano que sostienen diariamente.

Queremos sacerdotes muy cercanos, pero nos cuesta aceptar que necesiten distancia. Queremos que escuchen siempre, que acompañen siempre, que tengan tiempo para todos, que respondan bien incluso cuando están agotados. Y al mismo tiempo olvidamos algo bastante elemental: pasan gran parte de su vida cargando el sufrimiento de los demás.

A veces impresiona pensar la cantidad de dolor que atraviesa diariamente la vida de un sacerdote. Enfermedades, entierros, matrimonios rotos, confesiones durísimas, jóvenes perdidos, familias quebradas, personas desesperadas, soledades inmensas. Escuchan heridas humanas constantemente. Y después de todo eso todavía esperamos que estén siempre impecables emocionalmente para nosotros.

Tal vez por eso algunas decepciones nacen no solo de errores reales, sino también de expectativas imposibles.

Porque los sentimos muy nuestros. Los dejamos entrar en lugares extremadamente delicados de la vida: una muerte, una confesión, una crisis matrimonial, una enfermedad, una búsqueda espiritual. Asociamos su presencia a momentos decisivos y, precisamente por esa cercanía, olvidamos que siguen siendo hombres normales intentando sostener una vocación inmensa.

Y quizá ahí está la paradoja más profunda: cuanto más cercano es un sacerdote, más riesgo hay de que olvidemos que no vive únicamente para responder a nuestras necesidades afectivas.

Muchos sacerdotes viven bajo una presión emocional gigantesca. Deben ser al mismo tiempo guías espirituales, figuras paternas, consejeros, predicadores, acompañantes, administradores, personas disponibles para todos y además ejemplos permanentes de equilibrio interior. Todo ello mientras atraviesan sus propios cansancios, dudas, heridas o noches espirituales.

Es demasiado para cualquier ser humano.

Y sin embargo, lo más impresionante no es que a veces fallen.

Lo verdaderamente impresionante es que, siendo hombres tan frágiles como cualquiera de nosotros, muchos sigan entregando su vida entera de forma silenciosa, constante y escondida.

Quizá necesitamos volver a mirar a los sacerdotes con más humanidad y menos proyección emocional. Entender que la grandeza de su vocación no consiste en dejar de ser humanos, sino precisamente en seguir intentando llevar a Dios a los demás aun teniendo grietas, límites y agotamientos reales.

Porque tal vez una fe más madura empieza justamente ahí: cuando dejamos de exigir sacerdotes perfectos y empezamos a agradecer que existan hombres dispuestos a sostener una misión tan inmensa con manos tan humanas.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking