Religión en Libertad

15 años después

De repente, ser católico te unía a todos aquellos desconocidos.

Era tu fe saliendo de la intimidad de tu casa.

Era tu fe saliendo de la intimidad de tu casa.archivo

Creado:

Actualizado:

Acababa de cumplir la mayoría de edad. Había sido el verano de mi vida. Lo del voluntariado en la JMJ era solo un compromiso al que no me había atrevido a negarme. O eso pensaba.

Hacía mucho calor. Madrid estaba medio vacío, como cada agosto. La verbena de la fiesta de la Paloma había dado paso al sonido de las chicharras y el rodar de unos pocos coches. En la pista de aterrizaje estábamos algunos que nos sentíamos privilegiados, pero la distancia a la alfombra roja era tal que apenas podíamos imaginarnos quién bajaba.

Por la tarde fuimos temprano a la zona de Colón. Al grupo de voluntarios de nuestra parroquia nos habían asignado la plaza. Éramos bastantes. No había más de tres metros sin cubrir con un voluntario. 

La misión era sencilla: Estar de pie e impedir que alguno saltara la valla. El calor era insoportable. Recuerdo que llevaba chanclas −¿a quién se le ocurre?− y me quemaba el asfalto. 

Unos metros más allá, un polo verde chillón pedía auxilio. Un mareo. ¡«Agua!», gritaban, pero la fuente quedaba justo al otro lado y nuestra única misión era no movernos del sitio.

Nunca he sido lanzada, ni atrevida, ni de las primeras en tomar la iniciativa. Me giré hacia los dos voluntarios que tenía a derecha e izquierda y les pedí que me cubrieran. Me retiré de la primera fila, y comencé mi trabajo en la retaguardia. Idas y venidas a la fuente para abastecer de agua a los voluntarios. Una alegoría de lo que Dios estaba a punto de comenzar a hacer con mi vida.

Volví a mi casa caminando. Madrid era un hormiguero. Mi ciudad estaba invadida de alegría. La gente te saludaba amistosamente, te ayudaba, te invitaba a bailar y rezar por cualquier esquina. 

Me sentía como si hubiera terminado una guerra. Y cada uno pudiera salir de su escondrijo. Ser católico no era una vergüenza. 

El vecino al que saludabas casi furtivamente tres bancos más allá en la misa del domingo, ahora venía a contarte lo cerca que había visto a Benedicto. De repente, ser católico te unía a todos aquellos desconocidos.

En aquel paseo entre las calles que me habían visto crecer, reír, correr, llorar; pisando los mismos adoquines que cada día recorría con mis cascos y en mis pensamientos, me daba cuenta que la visita del Papa no era –solo− una ocasión para ver al Papa. 

Hasta ese momento, Benedicto había sido una pequeña mota blanca en el paisaje, pero era mucho más. Era el sucesor de Pedro pisando tu ciudad, tus calles, visitando a tus vecinos. 

Era tu barrio obligado a pronunciarse –está tan cerca que no puedes hacer como si nada−. Era tu fe saliendo de la intimidad de tu casa. 

Era pasar de la vergüenza del dedo acusador o despreciativo −«¿todavía crees en la Iglesia?»− a la alegría de la comunión en el Espíritu. 

Eran los rostros de desconocidos que, sin una larga historia, se hacían familiares porque compartías con ellos lo más grande que tenías.

La noche de la Vigilia fue estremecedora. Éramos una multitud incontable. En la lejanía, la imponente custodia de Toledo se veía muy pequeña, pero su brillo iluminaba y todos sabíamos ante Quien doblábamos nuestras rodillas. Y no era al Papa. Él se arrodillaba con nosotros. 

En aquel silencio tormentoso pedí una gracia nacida de la evidencia que estaba palpando: Señor, si eres tan real y grande como todo lo que estoy viendo y viviendo estos días, no puedes ser un apartado más de mi vida como otro cualquiera. Mi vida no puede ser como la del vecino del quinto, que no cree en ti.

El resto es esta historia.

Benedicto XVI vino a confirmarnos en la fe –«¡Firmes en la fe!»−. León XIV llega, oportunamente, para que alcemos la mirada. Aquel verano de 2011, la visita a Madrid de «Nuestro Dulce Cristo en la Tierra» –como diría Catalina de Siena, a quien hoy puedo llamar mi hermana gracias a lo que comenzó entonces− me confirmó en mi fe, en mi identidad de hija de Dios y mi pertenencia a nuestra madre, la Iglesia. 

Este 2026, con mi hábito blanco y negro y estos 15 e intensos años a las espaldas, ruego a Dios que me conceda alzar la mirada: «Fijos los ojos en Jesús, que inició y completa nuestra fe».

No fue Benedicto, ni la JMJ. No es solo León XIV. 

La visita del Pontífice a nuestra tierra es eso y mucho más que no saldrá en las portadas, sino que se escribirá en el corazón de los creyentes con potencial para cambiar sus vidas.

¡Gracias por venir, Santo Padre!

Publicado originalmente en el blog La Llama.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking