Comer la carne es entrar en comunión

manos unidas- corazón
Comer el cuerpo de Cristo, comulgar la carne de Cristo es una invitación a entrar en comunión con él.
Esta relación de intimidad con el Resucitado, nos reclama una vida de entrega que busque la comunión con el otro, también en la entrega del propio cuerpo. La carne de cada hombre también está llamada a crear vínculos con los demás. Esta entrega esponsal de la carne se realiza de modo pleno en la relación de un hombre y una mujer, en la que se da una comunión perfecta en el amor y en la vida. Comer la carne del Resucitado crea en nosotros una comunión perfecta de entrega en el amor y en la vida plena.
En este sentido, el don del hombre a la mujer en el amor conlleva una pertenencia mutua, porque muestra la comunión en el bien. Esta comunión hace posible una acogida y el don del otro como ser personal. El hombre y la mujer son creados para darse y amarse mutuamente. De este modo, la unión de ambos se completa en la carne, siendo la corporeidad signo de comunión para el amor: don esponsal que nace de la acogida del otro. Por ello, el encuentro que ambos mantienen, se da en la corporeidad, signo de la comunión para el amor: don esponsal que nace de la acogida del otro. Por tanto, el hombre es creado por Dios como varón y mujer para acogerse mutuamente. En este sentido, su propia existencia es un don de Dios para recibir al otro. La vida del hombre y la mujer implica una apertura a la vida que me ofrece el otro, siendo este de quien depende mi vida. Dios llama al hombre para que este pueda amarle y entregarse al otro. Por ello, el cuerpo del hombre lleva inscrito esta imagen de hacerse don. El cuerpo del hombre, en tanto varón y mujer, es espacio que acoge a Dios para amarlo y al otro para vivir en comunión, en la pertenencia libre. El cuerpo tiene, así, un significado esponsal, siendo la donación del hombre y de la mujer mediada en su corporalidad. Esto conlleva que hay un don en el amor que tiene que ser acogido. Este amor entregado convierte al otro en un ser personal, haciendo posible la comunión; tiene su origen en un Amor primero que hace posible al hombre una persona a imagen y semejanza de Dios; permite al hombre y la mujer donarse al otro. El hombre creado por Dios es invitado a vivir en la unidad con Él y con el otro, que tiene su misma dignidad por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. En este sentido, la mujer es creada por Dios para que el hombre pueda desde la acogida de lo distinto de sí llegar a la auténtica comunión. La entrega del hombre y la mujer es posible por el sentido de donación a través de su cuerpo. Esta entrega en el don del hombre y la mujer la podemos alcanzar de modo pleno en la entrega esponsal del cuerpo de Cristo que se nos da como alimento.
Por lo cual, la ofrenda del cuerpo de Cristo, que se nos da en la Eucaristía, hace que nosotros realmente le pertenezcamos, mostrando la comunión que el Señor tiene con cada de uno de nosotros, desde el bien, que es su propio cuerpo. Así, en esta entrega nosotros somos acogidos como un bien, que hace de cada uno un ser personal, único e irrepetible para Dios. Cristo y nosotros estamos hechos para amarnos y darnos. Esto se da de un modo único cuando comulgamos su mismo pan. El encuentro del Señor y nosotros se da en la carne, en la entrega de un amor esponsal que se dona. Somos hechos para entrar en comunión con el don de la carne de Cristo, que se nos da para ser acogida; la propia existencia personal se convierte en don para poder comulgar el cuerpo del Resucitado. Este don que recibimos hace posible la comunión con el Señor desde el amor de Dios, que nos entrega al Hijo, para entrar en comunión con Él y poder comerle. Así, la donación del Hijo a cada uno de nosotros se realiza en la carne, en un amor esponsal del Cristo al hombre que necesita ser acogido. Por tanto, comulgar el cuerpo de Cristo nos introduce en una verdadera comunión con Dios. La carne que comemos se convierte en una carne que se da para ser recibida.
Solo en la acogida de la comunión del cuerpo de Cristo, el hombre puede entregarse a Dios, y al otro que recibe como don. La donación del Señor, en su cuerpo, a cada uno tiene un sentido de entrega esponsal en el amor, y, de la misma manera la entrega hacia los demás tiene este carácter esponsal en la que el otro puede ser acogido y recibido. Por ello, comer la carne de Cristo nos introduce en un camino de donación y acogida que el hombre necesita recibir.
Belén Sotos Rodríguez