Desde Rusia, con amor a Cristo: un misionero evoca sus treinta años de ministerio en Vladivostok
El padre Effing y el padre Maurer han establecido o restablecido un total de 13 parroquias en la región.
El padre Maurer dirige un coro de fieles en 1993 en la naciente parroquia de la Santísima Madre de Dios de Vladivostok.
¿Cómo crece la Iglesia católica en Rusia? Un caso muy especial es el de la costera ciudad de Vladivostok, en el extremo oriental del país, casi fronteriza con Corea del Norte y con Japón detrás de su horizonte marítimo.
Allí, dos estadounidenses llevan treinta años reviviendo la fe y han creado una pequeña pero viva comunidad, que se ha multiplicado.
Jonah McKeown ha contado su historia y hablado con ellos en el National Catholic Register:
Cuando el padre Myron Effing y el padre Daniel Maurer llegaron por primera vez al Extremo Oriente ruso, la región aún se estaba recuperando de los efectos de la disolución de la Unión Soviética. Tampoco ayudaba el hecho de que Maurer no hablara ni una palabra de ruso.
Los dos idealistas estadounidenses habían viajado por medio mundo con solo 750 dólares en el bolsillo entre los dos, en un intento por ayudar a restaurar la Iglesia católica en Rusia, que había sido sistemáticamente llevada casi a la extinción tras décadas de dominio comunista.
"No nos dimos cuenta de lo destruida que estaba la fe", le cuenta al Register el ahora padre Maurer, de los Canónigos Regulares de Jesús Señor: "Millones de personas fueron asesinadas por su fe".
En 1992, el padre Effing, también de los Canónigos Regulares de Jesús Señor, un antiguo científico de Evansville (Indiana), fundó la Sociedad Misionera María Madre de Dios en Vladivostok, poco después del colapso de la Unión Soviética y la restauración de la jerarquía católica romana en Rusia bajo San Juan Pablo II. Desde sus humildes comienzos, la misión que fundaron ha establecido una presencia duradera en Rusia, apoyada por esfuerzos de recaudación de fondos en Estados Unidos y en todo el mundo.
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Para el padre Maurer, ha sido increíble ser testigo de primera mano de lo que Dios ha hecho para renovar la Iglesia católica en Rusia, y gran parte de esa renovación se ha logrado gracias a los esfuerzos de la Sociedad Misionera María Madre de Dios. Comenzando con una comunidad de solo 10 católicos bautizados, la parroquia de la que los misioneros se hicieron cargo en Vladivostok ha crecido desde entonces hasta convertirse en una comunidad de más de 600 fieles. Hasta la fecha, los padres Effing y Maurer han establecido o restablecido un total de 13 parroquias en la región.
"Por mucha persecución que haya sufrido la Iglesia, esta se ha vuelto a poner en pie. De verdad", afirma el padre Maurer.
Una foto de 2012 ante la parroquia de la Santísima Madre de Dios. Los dos sacerdotes con casulla son el padre Effing (delante) y el padre Maurer (detrás de él).
"¿Qué te parece Vladivostok?"
El entonces hermano Maurer, natural de Michigan, formaba parte de una comunidad llamada los Asuncionistas cuando su amigo, el padre Effing, le escribió proponiéndole crear una nueva comunidad de canónigos regulares, es decir, sacerdotes que siguen una regla, como la Regla de San Agustín. Sus intentos iniciales por crear una comunidad en Guam y, más tarde, en Stockton (California) no tuvieron éxito.
El padre Effing encontró entonces un artículo en el boletín Aid to the Church in Need que decía que "pronto habrá una gran necesidad de sacerdotes en el Extremo Oriente soviético", recuerda el padre Maurer.
Los católicos han estado presentes en Rusia durante siglos, pero, en general, el país está dominado en gran medida por la Iglesia ortodoxa rusa. En el Extremo Oriente del país, la primera parroquia católica oficial fue fundada por misioneros en la ciudad siberiana de Irkustsk en 1825.
Durante todo el siglo XIX, un gran número de católicos, muchos de ellos polacos, fueron desterrados a Siberia y al Extremo Oriente ruso o llevados allí para realizar trabajos forzados. Más tarde, la finalización del ferrocarril transiberiano llevó a más católicos a trasladarse voluntariamente a la zona.
Aproximadamente al mismo tiempo que Vladivostok se convirtió en su propia diócesis en 1923, el régimen soviético, oficialmente ateo, comenzó a perseguir intensamente todas las formas de creencia religiosa -incluida la omnipresente ortodoxia rusa, cerrando alrededor del 99% de sus iglesias- y, en especial, a la Iglesia católica. Las autoridades confiscaron o destruyeron iglesias y lugares de culto, arrestaron y torturaron a sacerdotes y religiosos, y utilizaron las escuelas controladas por el Estado para adoctrinar a los jóvenes en contra de la fe.
En Vladivostok, los comunistas volaron con dinamita las dos catedrales ortodoxas más grandes de la ciudad el Domingo de Pascua de 1937, como demostración de fuerza contra la religión.
Más cristianos fueron martirizados en la Unión Soviética entre 1917 y 1991, en comparación "con los que lo han sido en todos los demás países del mundo juntos a lo largo de los 2000 años de historia del cristianismo", afirma el padre Maurer. En 1926, no quedaba ni un solo obispo católico en activo en Rusia; y se calcula que, en 1938, los comunistas ya habían asesinado o exiliado a campos de prisioneros a 200.000 católicos.
Ante esta devastación, San Juan Pablo II, elegido Papa en 1978, deseaba fervientemente revivir la Iglesia en la Unión Soviética. En diciembre de 1989, Juan Pablo II logró restablecer las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética tras una reunión con el líder soviético Mikhail Gorbachov en el Vaticano. Menos de dos años después, el 13 de abril de 1991, el Papa estableció dos nuevas administraciones apostólicas en Rusia, junto con la archidiócesis de Minsk-Mohilev, en Bielorrusia.
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En este contexto -una reconstrucción de la jerarquía eclesiástica y un panorama religioso en general muy deteriorado-, los dos sacerdotes estadounidenses trataron de ayudar a los resilientes católicos de Rusia a reconstruir su fe. Tras recibir la noticia de que el Papa Juan Pablo II había nombrado nuevos obispos para la Unión Soviética, se les informó de que el nuevo obispo de la región del norte asiático de Rusia, Joseph Werth, probablemente les daría la bienvenida.
"Me volví hacia el padre [Effing] y le dije: '¿Qué te parece Vladivostok?'... Él respondió: 'De acuerdo, intentémoslo'", recuerda el padre Maurer.
Sin embargo, había un problema: el Vaticano no podía proporcionar la dirección ni el número de teléfono del obispo Werth. El padre Effing tuvo que viajar a Rusia para verle en persona, algo que logró de manera providencial. El obispo Werth aceptó que los dos estadounidenses se convirtieran en los primeros clérigos católicos residentes en Vladivostok.
Así, tras ser ordenados diáconos en su parroquia natal de Michigan, Maurer y Effing llegaron finalmente a Vladivostok en febrero de 1992. Vladivostok, punto de conexión y única gran ciudad del Extremo Oriente ruso, se encuentra muy cerca de las fronteras con China y Corea del Norte. Hoy en día es una bulliciosa metrópolis costera de unos 600.000 habitantes, sede de la Flota del Pacífico rusa y atractivo turístico para países vecinos, como China y Japón.
Pero en la era soviética, a partir de 1952, Vladivostok era una ciudad militar cerrada, y las únicas personas a las que se les permitía entrar y salir eran las que tenían un permiso especial. Tras la reapertura de la ciudad el 1 de enero de 1992, el padre Effing pudo celebrar misa en la iglesia de Vladivostok por primera vez en casi 70 años, en los escalones de la entrada de la iglesia, bajo un frío glacial.
Más tarde, el obispo Werth se desplazó a Vladivostok para ordenar sacerdote al padre Maurer en una sala alquilada, convirtiéndolo en el segundo sacerdote católico ordenado en Rusia desde el restablecimiento de la libertad religiosa.
Entonces, sencillamente, "decidimos que teníamos que ponernos manos a la obra", declara el padre Maurer.
Después de reunirse con los católicos bautizados que quedaban en la ciudad -menos de una docena-, los sacerdotes se dispusieron a recuperar la histórica iglesia parroquial de la Santísima Madre de Dios, que había sido convertida en archivo estatal durante la era soviética. Los comunistas habían destrozado el interior y construido tres pisos adicionales en su interior.
Después de un par de años celebrando misas donde podían, los sacerdotes finalmente recuperaron las llaves del edificio de la iglesia el 1 de enero de 1994, solemnidad de María, Madre de Dios, patrona de la parroquia. Comenzaron las obras de restauración lo antes posible, pero los fondos eran escasos. El apoyo inicial a la misión provino del arzobispo Francis Hurley, de Anchorage (Alaska), quien ofreció a la misión una dirección postal en Estados Unidos y la exención de impuestos.
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Alrededor del nuevo milenio, la Sociedad Misionera de María Madre de Dios se estableció formalmente como una organización sin ánimo de lucro en la archidiócesis de St. Paul-Minneapolis como la organización oficial de recaudación de fondos de la misión. Hoy en día, los sacerdotes asociados a la sociedad celebran misas en parroquias de todo Estados Unidos y solicitan donaciones.
Éxitos y retos
Desde el punto de vista geográfico, la diócesis que incluye Vladivostok, la diócesis de San José en Irkutsk, es la más grande del planeta. Abarca 9,84 millones de kilómetros cuadrados, pero incluye, según las estimaciones, solo 53.000 católicos.
La parroquia de Vladivostok, lejos de ser el cascarón vacío que era en 1994, hoy en día está en pleno auge. Los sacerdotes ofrecen misas diarias y dominicales, escuela dominical, preparación sacramental, clases de Iniciación Cristiana para Adultos, grupos juveniles para hablantes de ruso e inglés, actividades de divulgación para estudiantes universitarios, servicio a los pobres e incluso programas de música sacra y conferencias para jóvenes, en ocasiones con la ayuda de misioneros de FOCUS procedentes de Estados Unidos.
La orden que fundaron los dos sacerdotes, los Canónigos Regulares de Jesús Señor, ha experimentado un crecimiento significativo, con mucho interés procedente de Asia. La orden cuenta actualmente con un miembro ruso, el padre Nikita Kushnaryev, hijo de un profesor comunista de economía marxista que creció como ateo antes de convertirse. Actualmente se encuentra en Roma cursando una licenciatura en estudios islámicos para atender mejor a la numerosa población musulmana de Rusia.
La misión opera en un entorno geopolítico cada vez más difícil, enfrentándose a importantes obstáculos burocráticos y políticos. Por ejemplo, las restricciones de visado de Rusia limitan actualmente las estancias de los sacerdotes extranjeros recién contratados a periodos cortos, de tres a seis meses, lo que supone un duro golpe para la continuidad del ministerio de los sacerdotes.
"Saben cómo sufrir"
Desde la caída de la Unión Soviética, numerosas órdenes religiosas católicas han acudido a prestar servicio al Extremo Oriente ruso, incluida, más recientemente, en 2013, la orden Hermanas en Jesús Señor, originaria de la diócesis de Kansas City-St. Joseph, en Misuri, que llegó a Vladivostok y sus alrededores para trabajar en estrecha colaboración con los padres Effing y Maurer.
A pesar de las persecuciones del siglo XX que llevaron al catolicismo casi a la extinción, la Iglesia en Rusia se ha recuperado, con una presencia creciente, aunque modesta, de católicos jóvenes y universitarios que pueden llevar adelante la fe, afirma el padre Maurer.
El padre Maurer quiere que los estadounidenses sepan que los rusos que ha conocido tienen una profunda e innata reverencia por la liturgia y la música sacra; también saben cómo soportar las dificultades sin amargura.
Dice: "Los rusos saben cómo sufrir. Han sufrido durante mucho tiempo y, sin embargo, no se enfadan ni se vuelven malvados. ... Es una de las cosas que me ha sorprendido y me interesa del pueblo ruso".