Miércoles, 26 de junio de 2019

Religión en Libertad

Ha estado afectado por el dengue

El padre Aldo Trento refiere su grave enfermedad, las dudas que volvieron y cómo logró vencerlas

La reciente enfermedad del padre Aldo Trento fue ocasión para nuevas tentaciones que supo resistir con las armas del cristiano.
La reciente enfermedad del padre Aldo Trento fue ocasión para nuevas tentaciones que supo resistir con las armas del cristiano.

ReL

El sacerdote italiano Aldo Trento dirige desde hace casi veinte años en Asunción (Paraguay) la Casa de la Divina Misericordia, donde acoge las realidades más duras del dolor y la enfermedad: enfermos de cáncer terminal o de sida, ancianos abandonados, niños pobres con graves dolencias... En muchos casos, solo para atenderles en sus últimos meses y ayudarles a morir con el consuelo de los sacramentos

El padre Aldo mismo tiene una vida detrás de mucho dolor espiritual y también por la enfermedad de la depresión, que le acompañó antes y después de su conversión y de su vocación. Muchos de esos viejos fantasmas parecieron volver recientemente cuando estuvo aquejado por el dengue, como él mismo relata en Tempi:

Todos necesitamos una compañía que responda al dolor de vivir

De 1999 a 2016, el índice de suicidios en los Estados Unidos aumentó en un 30%; y, durante este último año, unas 45.000 personas se han quitado la vida, según un informe de las autoridades sanitarias del país. En 2016 ha sido la décima causa de muerte, con el 76,8% de hombres de los cuales el 83,6% eran blancos. Mientras que en el mundo las personas que se quitan la vida cada año son 800.000, lo que supone un suicidio cada 40 segundos (fuente: OMS 2016).

Frivolidad ante el drama

Todos los periódicos de Paraguay han dado gran eco a los suicidios de la prestigiosa diseñadora de moda Kate Spade (55 años), del famoso chef, escritor y estrella de la televisión americana Anthony Bourdain y, por último, de la hermana de la reina de Holanda, Inés Zorreguieta. Un panorama verdaderamente dramático porque es real, del que los medios de comunicación vuelven a hablar cuando una estrella de cine, de la música, de la moda o de la cocina se quitan la vida. Es realmente alarmante la estadística de la OMS que afirma: "Cada 40 segundos hay un suicidio en el mundo".

Los medios de comunicación, sin ninguna discreción, transforman ciertos suicidios en el acontecimiento del día, pero nunca profundizan en la causa de este fracaso humano, las razones, el motivo por el que una persona se quita la vida. Simplemente dan la noticia y pasan página, sin preguntarse ni siquiera el porqué. No hay ninguna diferencia entre la publicidad de un dentífrico y la noticia de un suicidio.

En un mundo que gira a una velocidad de vértigo no hay tiempo para pensar, para escuchar las grandes preguntas que definen la estructura del ser humano. Pero siempre llega un momento en el que, incluso con el mundo dando vueltas como un loco, tu persona ya no se sostiene y no puede huir o censurar esas preguntas y exigencias existenciales que son el tejido, la esencia misma del corazón humano.

Las viejas tentaciones

Hace un mes enfermé gravemente de dengue, pero aún no había llegado mi hora y, lentamente, gracias a la Virgen, he recuperado la salud. Al pasar muchos días en cama se despertaron de nuevo en mi cabeza, como un huracán, un montón de preguntas relacionadas con toda mi existencia, desde que tuve uso de razón hasta hoy. Pasó ante mis ojos la película de mi vida, con muchos detalles que pensaba estaban enterrados desde hacía decenios. Me asusté tanto que pensé que caía de nuevo en una depresión. Miles de preguntas que creía enterradas volvieron a atormentarme y, también, muchas dudas sobre mi destino final. Me aferré a la oración, pedí ayuda a mi director espiritual y, con el tiempo, la paz ha vuelto a mi corazón y mi mente.

El padre Aldo Trento explica la importancia de la oración y el acompañamiento espiritual ante las crisis de fe o de esperanza, e invita a la Iglesia aprofundizar en ambos caminos.

¡Cuántos rosarios! De nuevo, he sentido el miedo ante una vida sin horizontes, una angustia similar, creo, a la de los tres famosos (el corazón del hombre es el mismo para todos, ricos y pobres) de los que hablé al principio. Pero el don de la fe, el amor por la Virgen, la gracia de una compañía y una libertad que es mendiga del Infinito me han impedido caer en el abismo de la desesperación.

"Si Dios no existe, ¿sigo siendo capitán?", se preguntaba uno de los personajes de Dostoievsky. Es decir, si Dios no existe, ¿sigo siendo un hombre? ¿Qué utilidad tiene la vida y lo que soy y hago? Ninguna y, por lo tanto, soy un desesperado, uno de los posibles 800.000 que se quitan la vida cada año. Pero Dios existe y es mi razón quien lo exige, como afirmaba Ungaretti: "Encerrado entre cosas mortales. (También el cielo estrellado acabará). ¿Por qué anhelo a Dios?".

Una Iglesia de funcionarios

En esta dolorosa situación que caracteriza la vida del hombre moderno, ¿dónde está la Iglesia?, me preguntaba un amigo. Personalmente, en contadas ocasiones he oído a un pastor hablar de lo que Cesare Pavese definía como "el oscuro mal de vivir" que atormenta al hombre moderno, sobre todo a los jóvenes que vagan sin meta porque están ciegos, sin el calor de la familia, que es la condición fundamental para el desarrollo de la personalidad, y sin amigos. Todos los emails que recibo proceden de personas de todas las edades y todos contienen un grito: "Padre, ¡ayúdeme!", "Padre, si es posible, queremos ir a Paraguay", como si fuera la tierra prometida. Me pregunto: ¿dónde estamos nosotros, sacerdotes? ¿En la iglesia, como el santo cura de Ars, esperando a las ovejas desesperadas que buscan ayuda, o delante del ordenador y pegados al móvil?

En una Iglesia donde muchos somos funcionarios es difícil encontrar a alguien que te escuche, a alguien que esté siempre disponible a abrazarte y a indicarte el camino cuando estás perdido en la jungla de la vida. La solución a este malestar no la tienen los psicofármacos o los especialistas en la mente (aunque puedan ser una ayuda necesaria), sino el afecto de alguien que camina veinticuatro horas al día contigo, con tanta paciencia y ternura como hizo don Luigi Giussani conmigo o Virgilio con Dante.

Necesitamos a alguien que sea el manifestarse "ahora" de la ternura de Dios. Sin esta relación no soy "el capitán", no soy un hombre, sino que soy un barquito engullido por el mar. No necesitamos consejeros, sino "hombres" que nos den testimonio de lo que me escribía un amigo: "¡Qué hermoso saber que nos queremos!". Esta certeza es la que permitió a los Apóstoles seguir a Jesús también cuando su lenguaje, su propuesta, eran difíciles de comprender. Hoy más que nunca necesitamos una Iglesia que nos permita vivir la misma experiencia de los Apóstoles con Jesús, porque sólo así volveremos a descubrir el gusto de vivir y, en los momentos difíciles, no nos dejaremos arrastrar por las olas de un mar que, a menudo, está en tempestad.

Traducción de Elena Faccia Serrano.

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