Religión en Libertad
Alfonso López Quintás

Alfonso López Quintás

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas.

Cómo dominar a un pueblo, reduciéndolo a «masa»

Desde hace lustros, los estrategas de la manipulación aceleran la masificación de las gentes alegando liberalización de las costumbres.

El vértigo es la gran tentación a la que nos conduce una sociedad desestructurada.

El vértigo es la gran tentación a la que nos conduce una sociedad desestructurada.Jake Ingle / Unsplash

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El deseo de dominar a los pueblos y someterlos a intereses más o menos inconfesables no es exclusivo de los regímenes dictatoriales. Es una tentación constante de todo el que ansía el poder. Para dominar un pueblo sólo se necesita privarlo de su carácter comunitario y convertirlo en masa

Masa es un concepto cualitativo, no cuantitativo. Independientemente del número de miembros que integra, un conjunto de seres humanos constituye una masa cuando carece de estructura y se reduce a un montón amorfo de individuos. La estructura es raíz de solidez, dinamismo y flexibilidad. Un pueblo estructurado es, por ello, indomable. Puede ser eliminado, pero no dominado. Un pueblo masificado es presa fácil de los depredadores de todo orden: culturales, económicos, políticos...

En perfecta lógica, la tarea de los estrategas de la manipulación consiste, desde hace unos lustros, en acelerar la masificación de las gentes bajo pretexto de liberalización de las costumbres, superación de "tabúes", progreso hacia formas de vida liberadas de toda norma. 

Para desestructurar y desvertebrar a un pueblo, no hay vía más contundente que difundir la idea de que el hombre desarrolla su personalidad desvinculándose de los valores cuyo cultivo exige voluntad creativa y, por tanto, esfuerzo, y dejándose arrastrar por aquello que fascina y no pide sino la entrega al halago instintivo. 

Todas las formas de seducción empiezan exaltando para sumir inmediatamente en la depresión, ya que destruyen la capacidad creativa. Al asomarse al vacío de su propio ser, el hombre siente vértigo. El cultivo de las distintas formas de vértigo (droga, erotismo, juegos de azar…) disminuye en el hombre su capacidad de consagración a tareas valiosas y su poder de aunarse en formas sólidas de comunidad

Toda forma de vértigo empieza prometiendo una conmovedora plenitud, pero, en definitiva, es alienante y sádica, saca al hombre de sí, en cuanto lo reduce a mero objeto, objeto de fascinación y manipulación. Por envilecer al hombre, las experiencias de vértigo están la base de las diversas formas de violencia. De modo violento se reduce hoy a los hombres a meros clientes, meros votantes, meros consumidores de toda clase de productos. No se atiende a su bienestar y a su plenitud personal. Se los utiliza como medios para los propios fines.

Los profesionales del poder se glorían entonces de dominar al pueblo. Pero lo que tienen en sus manos no es ya un pueblo; es una masa, el residuo degenerativo que queda del pueblo cuando se lo ha privado de estructura. Este brutal reduccionismo suele practicarse sarcásticamente en nombre de “la libertad”. Pero es hora de poner las cartas boca arriba y debelar esta estrategia de la manipulación. La violencia en las democracias se practica de forma dolosa, artera, soterrada, para no oponerse al concepto talismán de libertad. Considero la libertad como un concepto talismán cuando es considerado como un artilugio que todo lo puede

Por razones históricas, en la Revolución Francesa ganó este concepto un prestigio sin límite, sumamente peligroso para una vida de sociedad digna. Por eso, los amigos de la libertad integral del hombre deben apresurarse a descubrir este juego envilecedor, por la grave razón de que un pueblo envilecido no puede constituir una democracia. Si se convierte al pueblo en una masa gregaria, tiende por sí mismo hacia un poder totalitario. El vértigo del gregarismo y el del totalitarismo se implican mutuamente; son el anverso y el reverso de un proceso despersonalizador. 

Sólo una visión banal de la vida humana puede considerar el fomento, por ejemplo, del mero erotismo -entendido como liberación del instinto sexual al margen de toda creatividad auténticamente personal- como una medida "progresista". Es un retorno a estadios de la personalidad demasiado elementales para poder ser considerados como cultos. El uso de palabras malsonantes suele indicar -según la psicología- el bloqueo en estadios primitivos del desarrollo personal. La obsesión por el sexo, desvinculado de los modos más exigentes de amistad y compromiso personal, nos conduce a un género de vértigo que se halla en los antípodas de la existencia creativa.

La vinculación -abierta o solapada- del erotismo y la propaganda comercial es sólo una de las múltiples formas de estrategia que se movilizan actualmente para dominar a los pueblos. Los ingentes medios de la civilización son utilizados a diario para anular la cultura, es decir, el cultivo de los modos elevados de creatividad que configuran la personalidad del hombre, la estructuran en grupos firmes y le otorgan amparo.

Ciertos movimientos liberalizadores conceden a los hombres “libertad de maniobra” para desatar las aguas de toda suerte de potencias sórdidas. Esta ganancia, a primera vista espectacular, provoca una pérdida proporcional de capacidad creativa y, en definitiva, la independencia personal. La manera menos costosa y más eficaz de conquistar a los hombres es no atacarles desde fuera, sino hacer que las fuerzas elementales que bullen en su ser se alcen con la primacía y hagan olvidar al hombre que las ganancias inmediatas y fáciles no le llevan a plenitud.

Para conservar intacto ese don divino que es la libertad auténtica, hemos de esforzarnos en matizar al máximo los dos procesos que deciden nuestra suerte como personas. 

Veamos primero el proceso halagador y destructivo.

1. El proceso de vértigo o fascinación.

Supongamos que me hallo ante una persona que me resulta atractiva debido a las dotes que ostenta. Si soy egoísta, tiendo a tomarla como un medio para mis fines, y la reduzco a mero "objeto de complacencia”. Con ello, me autocondeno a no encontrarme con ella y realizarme como persona. Este bloqueo de mi crecimiento personal se traduce, primero, en un sentimiento de vacío y tristeza, que degenera luego en esa forma de vértigo espiritual y soledad asfixiante que llamamos "desesperación”.

Al descubrir esta condición siniestra del vértigo, comprendemos por dentro el desvalimiento que suelen mostrar en sus confesiones los jóvenes ludópatas.

2. El proceso de creatividad o éxtasis.

Si soy generoso y tomo la unidad como el “ideal de mi vida”, considero la atracción (por ejemeplo, de una persona) como una invitación a respetarla, estimarla y colaborar con ella, intercambiando posibilidades creativas. Tal intercambio da lugar a una gozosa relación personal de encuentro. Al vivir en estado de encuentro, nos sentimos realizados como personas, y este logro nos llena hasta los bordes de paz interior, amparo y gozo festivo.

La confusión de los procesos de vértigo y de éxtasis

Los procesos de vértigo y éxtasis se oponen por su origen, su desarrollo y sus consecuencias. Pero hoy día se tiende a confundirlos para exaltar el vértigo con el prestigio del éxtasis. Esta confusión nos lleva a pensar ilusamente que, cuando nos dejamos llevar de la fuerza interior de las pasiones, estamos logrando una personalidad desbordante de energía creativa.

Cuando descubramos que somos unos ilusos, tal vez sea demasiado tarde porque habremos caído por el tobogán seductor del vértigo, y apenas podremos cambiar la actitud del egoísmo por una de generosidad y renunciar a la facilona “libertad de maniobra” por una esforzada y fértil “libertad creativa”.

Conmovidos por la triste historia de la anciana rusa que perdió en la ruleta todos sus ahorros e inspiró al gran Fedor Dostoievsky su gran novela El jugador, esforcémonos una vez más en grabar este lúcido esquema:

  • El vértigo nos seduce y arrastra; el éxtasis nos orienta y libera
  • El vértigo nos desorienta porque no se deja inspirar por el ideal de la unidad; el éxtasis nos centra porque se mueve, agradecido, a la luz del ideal del encuentro.
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