Lunes, 08 de agosto de 2022

Religión en Libertad

Las drogas, la fiesta electrónica o profesores instando a «dar muerte a Dios» guiaron su juventud

Adicto por abusos en la infancia y agnóstico, una «experiencia mariana» le hizo «una criatura nueva»

Mauricio Grisales.
Acostumbrado a fiestas electrónicas de días de duración y drogas, experimentar a Dios en un retiro era el último de los planes de Mauricio Grisales.

José María Carrera

Mauricio Grisales se educó en una familia de cultura católica, pero sin apenas práctica religiosa. De hecho, cuenta a Cambio de Agujas desde Valencia que no recuerda figuras en su familia que fuesen un referente de fe.

Sin embargo, rememora como, desde pequeño, coleccionaba estampas de santos y pedía a su madre, que de vez en cuando rezaba el rosario, que le comprase nuevas estampas para hacer un pequeño altar en su cuarto.

Eso fue con seis años, pero "ahí se quedo todo", explica. Especialmente tras un "doloroso acontecimiento" durante su infancia, cuando sufrió abusos sexuales: "Abrieron unas brechas muy grandes en mi vida sexual y camino a una serie de adicciones" que le determinarían durante décadas.

Educado para "dar muerte a Dios"

En una adolescencia marcada por aquella experiencia y la falta de fe que vivió en su hogar, Mauricio carecía de una roca firme a la que agarrarse. Cuando su profesora de filosofía alentó a los alumnos a "dar muerte a Dios" para alcanzar "la libertad del hombre", Mauricio no tuvo armas para defenderse.

De hecho, el ateísmo que empezó siendo como "una atractiva provocación" en su vida acabó desembocando en la lectura de grandes referentes ateos como Marx o Nietzsche.

"Entre los 12 y los 22 años hubo un vacío existencial muy fuerte en mi vida, prácticamente era indiferente y simpaticé mucho con el agnosticismo", explica.

Entre medias, Mauricio comenzó a aventurarse en fiestas electrónicas de días de duración, donde probó entre otras drogas el éxtasis, el alcohol y comenzó a tener "una vida muy desenfrenada con mujeres".

Pero "un vacío continuo" llamaba a su puerta cada noche al regresar a casa, rompiendo a llorar sin saber por qué.

Pronto descubriría que la razón "era la ausencia de Dios".

"Anhelaba con todo mi corazón que existiera y había algo que no me dejaba sucumbir del todo. Me sentía amado por un padre sacrificado que tanto trabajaba, una madre desvivida por sus hijos… algo tenía que haber si recibía amor por todos lados incluso sin buscarlo. Eso era lo que me mantenía", explica.

Un retiro decisivo... e inesperado

Que Dios existiese no era solo un deseo. Para él, que hubiese algo por encima del placer o de la inteligencia llegó a ser "una necesidad".

Así, empezó a buscarle, "sin saber dónde ni cómo", hasta que llegó "el momento crucial".

Tras años de relaciones tóxicas e inestables, a sus 22 años "estaba cansado y quería a alguien con quien compartir" un proyecto de vida.

Y esa chica llegó, pero no fue como esperaba: poco después, la relación terminó y ella se fue a un retiro espiritual. La joven se quedó con la cámara de fotos de Mauricio, y esta era la única escusa para que el joven hablase con ella.

"Cuando llegó del retiro, la llamé para pedirle la cámara y me dijo que había encontrado lo que llevaba buscando toda su vida: a Dios. Pensé que le habían comido la cabeza, pero acabé yendo a un retiro. No para buscar a Dios, sino para recuperarla", explica.

Mauricio Grisales antes de su conversión.

Antes de convertirse, Mauricio combinó un cocktail explosivo de drogas, fiesta, relaciones y negación de Dios que difícilmente pudo dejar atrás. 

Experimentando a Dios y María

En el retiro fue consciente de que había vivido "sin tener noción de cómo el pecado me esclavizaba, de lo mal que había vivido los noviazgos y experimenté el amor de Dios".

Sin embargo, la verdadera lucha empezó después. "Me daba cuenta de que también deseaba que Dios no existiese para poder hacer lo que me diese la gana", pero entonces recordó una "experiencia mariana impresionante" del retiro: "experimenté que tenía una madre que me amaba de una manera perfecta, que era un reflejo visible de Dios. Intelectualmente el Señor me sacudió, pero también penetró en mi corazón".

Desde aquel suceso, experimentó un rechazo absoluto por todos los vicios de su antigua vida: el alcohol, la fiesta, las relaciones… "Todo sucumbió ese fin de semana y realidades que me acompañaron más de diez años de mi vida se destruyeron en un momento", subraya.

Una última tentación que superar

A partir de entonces, Mauricio percibió que Dios le había socorrido en el apego que tenía "al mundo", pero quedaba un obstáculo que superar para su conversión: la intelectual.

"Tuve una crisis muy fuerte por todo lo que había leído en la juventud, [aquellas doctrinas] aparecieron nuevamente y tuve que buscar razones para demostrarme la existencia de Dios. Profundizar en la fe me ayudó mucho en la lucha racional que tenía. Dios había vencido al mundo en mí y en esa lucha contra mí mismo, empezó a ayudarme con lecturas y formación", recuerda.

Tras una larga confesión en la que acabó besando los pies al sacerdote, Mauricio desarrolló un "hambre voraz" de Dios, adquirió multitud de libros de oración y comenzó a incluir la Misa y la oración en su día a día, pese a las fuertes "persecuciones" a las que le sometía su familia, que buscaba que desistiese de su nuevo camino.

Conmovido por la belleza de la oración

Finalmente, en una Adoración al Santísimo, Mauricio conoció a la que sería su esposa. "Cuando miraba al Sagrario, siempre había una chica que me cautivó por su recogimiento y piedad. Nos conocimos, compartimos apostolado y la invité a salir. Ella estaba preparándose para ser carmelita descalza, pero antes de declararnos le preguntamos a Dios y el sentimiento permaneció".

Tras tres años de noviazgo "en castidad, basado en las virtudes, la oración y el apostolado, nos casamos. Dios fue el centro".

Mauricio, hoy felizmente casado, agradece como Dios "rompió una atadura fortísima en su vida" que el no pudo cortar: "Estuve muy  metido en el mundo.  Cuando puse en la balanza lo que Dios me estaba regalando y lo que el mundo me ofrecía,  lo que el mundo me daba era simplemente una máscara, un barníz de felicidad. La verdadera paz me la daba Dios. Él me hizo una criatura nueva".

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