«No todas las opiniones son respetables»: alerta José Antonio Marina sobre la crisis actual
Julio Borges Junyent entrevista al filósofo Jose Antonio Marina.
José Antonio Marina
En esta serie de entrevistas que venimos publicando en Religión en Libertad —conversaciones destinadas a pensar la crisis de la democracia, el deterioro del lenguaje público y el lugar de la ética en sociedades fatigadas— hay autores que cumplen una tarea especialmente valiosa: traducir complejidad sin traicionarla.
Nuestro entrevistado pertenece a esa estirpe: José Antonio Marina Torres (Toledo, 1939) es uno de los grandes filósofos y pedagogos españoles de las últimas décadas: un pensador con vocación pública, capaz de traducir para el gran público cuestiones complejas sin perder rigor.
Formado en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, fue catedrático en el instituto madrileño de La Cabrera y es Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia.
En esa trayectoria destacan títulos como Elogio y refutación del ingenio (Anagrama, 1992), Teoría de la inteligencia creadora (Anagrama, 1993) y Ética para náufragos (Anagrama, 1996), donde explora la creatividad, la vida moral y la orientación del ser humano en tiempos de incertidumbre.
Ese hilo desemboca en un libro decisivo para comprender su pensamiento político: La lucha por la dignidad: Teoría de la felicidad política (Anagrama, 2000), escrito con María de la Válgoma, donde propone la dignidad como una conquista histórica y un proyecto civilizatorio.
De modo recientemente, en Biografía de la humanidad: Historia de la evolución de las culturas (Ariel, 2018), coescrito con Javier Rambaud, ofrece una mirada panorámica sobre cómo las culturas han ido inventando soluciones para sostener la vida común.
En esta conversación nos concentramos en algunos de sus temas centrales: su lectura de la dignidad como conquista moderna y como “proyecto” más que como evidencia; la crisis contemporánea de la verdad (y el debilitamiento del pensamiento crítico); la urgencia de distinguir entre gobernantes y gobernados en una época que trivializa la política; y, finalmente, la filosofía como disciplina viva, no un lujo académico, sino una ciencia pública de soluciones.
Lo que sigue es una entrevista que se transforma en una clase magistral —y también, en un diagnóstico crudo y duro— sobre lo que está en juego cuando se debilita la dignidad, se corrompe el lenguaje y se vuelve frágil la democracia.
José Antonio Marina y Julio Borges Junyent
La dignidad: ¿punto de partida o proyecto?
- Yo escribí ese libro porque me parecía que la dignidad se utilizaba con enorme frivolidad, como si fuera algo evidente. Pero el concepto de dignidad no es un concepto científico: no viene de las ciencias naturales. Un biólogo te diría: el hombre aprende más rápido, toma decisiones… pero dar el salto a “esto significa que tiene valor intrínseco” no es científico.
Además, afirmar que el ser humano, solo por ser humano, pertenece a una categoría especial con independencia de lo que haga, es algo muy moderno. A un griego le resultaría ofensivo. Para ellos la dignidad estaba vinculada al mérito.
Entonces: ¿por qué nosotros, a partir de la modernidad y sobre todo con Kant, llegamos a esta afirmación que nos parece evidente? “El ser humano tiene dignidad” significa: “tiene valor propio con independencia de lo que haga”. ¿De dónde sale esa idea contraintuitiva?
Cito un caso en el prólogo: en la guerra de Sierra Leona, unos guerrilleros cortaban manos. Una niña de trece años, que acababa de aprender a leer y escribir, le pide al guerrillero que le corte la mano izquierda para poder seguir escribiendo. El guerrillero le corta las dos manos. En la edición de bolsillo pusimos su foto en portada. ¿Por qué vamos a decir que ese ser humano (el guerrillero) tiene dignidad? ¿De dónde nos sacamos esa idea?
Ahí aparece la clave: cuando decimos “todos los seres humanos tienen dignidad”, no estamos enunciando un hecho natural. Es más bien una expresión performativa: “qué bueno sería que admitiéramos esto y nos comportáramos como si fuera verdad”. Es una naturaleza de segundo nivel: inventada por el hombre. Con eso montamos una ética especial. Pero es frágil, depende de un acto de voluntad. Queremos considerarnos como dotados de dignidad para construir una vida distinta.
Por eso digo: la dignidad no es una realidad “natural”, es un proyecto y como todo proyecto, podría abandonarse.
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¿Qué amenaza hoy ese proyecto?
- Veo un peligro filosófico de fondo, la filosofía está pasando horas bajas porque ha perdido su nervio central: buscar la verdad. Cuando alguien dice “no hay verdad” (o ni siquiera realidad), y todo queda en una proliferación de significados, se pierden los grandes relatos… y se pierde también el gran relato de crear dignidad humana.
Lo curioso es que quien está llevando la filosofía posmoderna a la práctica es Trump: “solo me guío por mi opinión”. Esa hipertrofia de la opinión, la idea de que todas las opiniones valen lo mismo porque no hay criterios para discernir verdad y mentira, es un virus cultural. No es verdad. Pero se nos ha metido.
Por eso digo: no todas las opiniones son respetables. Son respetables las personas; las opiniones tienen criterios de respetabilidad según su campo. Si alguien te dice que la Tierra es plana, no puedes respetar eso como opinión geográfica. Lo mismo vale para política, ciencia y ética.
Además, hay una pereza argumental estimulada por formatos digitales que premian textos cortos. Un texto corto es magnífico para adoctrinar, hacer marketing, insultar o memes; pero no sirve para argumentar. Vivimos una crisis de argumentación. Nadie argumenta, y quien argumenta no se ve.
En cuanto a la tecnología, no temo a la inteligencia artificial. Temo a la inteligencia humana que usa inteligencia artificial. La IA no tiene autonomía moral: amplifica nuestras posibilidades, para bien o para mal. Si preguntas “¿teme usted a la IA?” ya desviaste la mirada. La pregunta verdadera es ¿quién la usa y con qué fines?
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Gobernantes y gobernados: ¿qué se le exige al ciudadano?
- Lo más importante es desarrollar el pensamiento crítico del gobernado. Es difícil porque nacemos crédulos. Perder esa credulidad y construir herramientas para pensar críticamente es complicado. Y una parte de la educación debería formar instrumentos mentales para hacerlo.
Para desarrollar pensamiento crítico hay que conocer la historia. El destierro de la historia en los sistemas educativos es peligrosísimo: nos quita argumentos para comprender lo que nos pasa. Para entender lo que es democracia tienes que entender la lucha por la dignidad: por qué hemos llegado aquí y por qué este sistema nos parece mejor que otros.
Toda cultura es un intento de resolver problemas. Yo he identificado ocho problemas recurrentes. Cada moral, cada cultura, los resuelve de una manera. Eso te permite comparar soluciones, ver conflictos con valores, y entender progreso y fragilidad.
Te añado algo esencial: estamos en un nivel ético altísimo como nunca en la historia… pero es frágil. La ética es una creación humana, si no la mantenemos, se hunde. Basta mirar los colapsos del siglo XX. Ahora tenemos menos violencia, menos hambre, más derechos humanos… pero nada garantiza la estabilidad.
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¿Por qué el siglo XX fue capaz de colapsos éticos?
- Primero, no creo que “nos hayamos deshumanizado”, en general, hay conquistas éticas colosales. Piense en los sistemas de seguridad social, en la asistencia médica universal, en subsidios; eso es de una altura ética impensable en otros momentos. La democracia es una conquista ética, cuando baja la democracia, baja el nivel ético.
Lo que pasa es que muchas veces se plantea la política como conflicto inevitable: juegos de suma cero. Pero hay un formato superior: tratar el conflicto como problema común. Necesitamos políticos capaces de transformar un conflicto en un problema. Esa lógica “ganar-ganar” es más civilizada que la lógica de anular al otro.
Hay otro punto, nuestra estructura humana es un ensamblaje evolutivo chapucero. Tenemos capas antiguas emocionales y capas modernas racionales y ejecutivas montadas encima. Podemos pensar emociones, pero no podemos fiarnos de ellas. Por eso el nivel ético es frágil, depende de educación, cultura, instituciones y vigilancia sobre nosotros mismos.
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Lenguaje, verdad y manipulación
- Hubo un giro lingüístico que convirtió el lenguaje en única referencia y perdió su relación con la realidad. Si el lenguaje es la única referencia, y el lenguaje se puede modificar, entonces “se modifica la realidad”. Ese es el problema.
Hay que asumir cuatro cosas: Primero, la inteligencia humana es lingüística: pensamos con lenguaje a cierto nivel. Si no usamos bien el lenguaje, no usamos bien el pensamiento. Por eso hay que leer: la lectura enriquece el poder referencial del lenguaje.
Segundo, la convivencia es lingüística: si se altera precisión y confianza en el lenguaje, se altera la convivencia. El lenguaje se vuelve máquina de manipulación.
Tercero, hay que ser críticos con el lenguaje: puede sustituir la realidad y tiene un poder emocional enorme.
Finalmente, en cuarto lugar, comprender es un proyecto ético: “voy a ver si te entiendo”, antes de estar de acuerdo o no. Si mal usamos el lenguaje, cerramos vías de pensamiento, análisis y convivencia.
Hay algo que siempre digo, en la frase no está “el significado” como agua en una botella. Una frase son indicios para reconstruir lo que el otro tiene en la cabeza. Por eso la entonación, el contexto, la intención lo cambian todo.
El lenguaje es prodigioso. Ver a un niño señalar con el dedo a los nueve meses es una operación intelectual altísima. Señalar es ya un gesto prelingüístico de comunicación. Hablar es un sistema de signos sobre ese gesto. Ese misterio es la naturaleza humana en acción.
Filosofía: ¿cómo hacerla viva?
- La filosofía es un servicio público. Quien puede investigar en filosofía no debería investigar solo lo que le apetezca, debería salir a la calle y preguntar “¿qué le preocupa a usted?”. Los problemas serios se convierten inmediatamente en problemas filosóficos.
Para mí, la filosofía no es solo plantear problemas, es buscar soluciones de máximo nivel. Si quitamos ese nivel, nos quedamos resolviendo problemas de manera insuficiente, y eso produce crisis.
Además, la filosofía permite comprender las demás ciencias desde fuera: para comprender matemáticas, por ejemplo, hay que salir de las matemáticas y preguntar qué son, si se inventan o se descubren, por qué funcionan.
Hay un error moderno al decir “todos somos filósofos”. No es asi, la filosofía es dificilísima. No es autoayuda. No está para consolar, sino para convencer, para comprender, para resolver mejor los problemas.
Yo he tenido suerte en mi camino, empecé con fenomenología, luego psicología del desarrollo (Piaget), luego Vygotsky, lenguaje, funciones ejecutivas, biología, cultura, derecho, ética… eso me confirmó una idea: cuando un problema no se puede resolver, hay que inventar un modo de resolverlo. Eso hacen las matemáticas. Eso hacemos con la ética y el derecho. inventamos estructuras para resolver problemas humanos de modo más justo.
Corolario final: lo que queda de esta conversación
Marina nos deja una idea tan sugerente como inquietante: la dignidad humana, tal como él la presenta, no es un dato evidente de la naturaleza —ni algo que pueda “probarse” científicamente—, sino una conquista cultural sostenida por voluntad que funda derechos, instituciones y hábitos. Sin embargo, si la dignidad se entiende solo como proyecto histórico, puede fatigarse, desgastarse o colapsar.
Pero esa lectura no tiene por qué ser excluyente. Debe complementarse con la intuición clásica y cristiana de que la dignidad es además un fundamento real que nace de la singularidad del ser humano, de su apertura a la verdad, al bien y a la libertad, y por tanto no depende únicamente de nuestras convenciones. En ese cruce se juega lo más fértil: la dignidad puede ser fundamento y, a la vez, tarea histórica que debe construirse y protegerse.
Adicionalmente, subrayo con fuerza su insistencia en tres urgencias: rehabilitar la verdad frente a la tiranía de la opinión y la pereza argumental; formar pensamiento crítico en los gobernados (porque la democracia no es un espectáculo, sino responsabilidad ciudadana); y sanar el lenguaje, ya que cuando la palabra pierde precisión y confianza, la convivencia se vuelve manipulación.
Todo ello desemboca en su última llamada, quizá la más estimulante: estudiar filosofía no para consolarse ni para repetir consignas, sino como servicio público, como disciplina difícil que busca “soluciones de máximo nivel” y ayuda a comprender lo que nos pasa —incluida la ciencia y la tecnología— antes de que sean otros quienes lo piensen (y lo decidan) por nosotros.