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El único obispo católico de Islandia: «Aquí puedo llamar a todos los bautizados por su nombre»

El obispo David Tencer acaba de ordenar diácono a un seminarista brasileño, es uno de los dos seminaristas que estudian en su diócesis.

Las cifras oficiales hablan de 15.500 fieles en Islandia, aunque el obispo calcula que se acerca más a los 50 mil.archivo

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El obispo David Tencer acaba de celebrr este año un doble aniversario: los 40 años de su ordenación sacerdotal y, como fraile capuchino, el jubileo franciscano que conmemora el 800 aniversario de la muerte de San Francisco de Asís.

Al recordar aquellos tiempos, Tencer afirma sentir una profunda gratitud y asegura que "haría cualquier cosa por volver a ser sacerdote". El obispo de Reikiavik, la única diócesis de la isla, habla en una entrevista con EWTN News en Roma.

Bajo el régimen comunista

Fue ordenado sacerdote en Eslovaquia, entonces Checoslovaquia comunista, pero —como él mismo recalca— "incluso si el comunismo no hubiera caído, y gracias a Dios que cayó, él habría seguido cumpliendo con su deber". Felizmente contaban con buenos sacerdotes en el seminario y lograron sortear las restricciones impuestas por el régimen.

Los sacerdotes colaboraban activamente en la pastoral, escuchando confesiones y educando a los fieles en privado, al margen del control del aparato estatal. Cuando cayó el Telón de Acero, en 1989, "surgió en Eslovaquia una Iglesia extraordinariamente fuerte —o mejor dicho, hermosa—", dice el obispo.

Tencer ingresó en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos en 1990. En el contexto del actual 800 aniversario de la muerte de San Francisco de Asís, señala que la espiritualidad de esta orden "se puede aplicar en cualquier lugar, y en Islandia la valoramos mucho" porque aporta "un carisma de fraternidad".

"Construye puentes, no barreras, lo cual es especialmente importante en esta isla del noroeste de Europa, donde las condiciones naturales y los estilos de vida hacen que los habitantes dependan mucho de sí mismos", apunta Tencer.

El obispo ha viajado recientemente a Roma para ordenar diácono a un seminarista brasileño. Es uno de los dos seminaristas que estudian allí en su diócesis. El otro es islandés, católico desde hace siete años, "descubrió la fe a través de la música de órgano", señala el obispo.

"Le gustaba escuchar el órgano, y cuando empezó a ir a la iglesia católica, vio que lo usábamos como un medio. No solemos ir a conciertos para escuchar a Bach, sino que es simplemente un instrumento que acompaña la liturgia", dice el obispo, añadiendo que el seminarista ahora es "un organista bastante bueno".

Otros islandeses están descubriendo la fe a través del matrimonio. Por ejemplo, una mujer católica filipina se casó con un hombre evangélico islandés. Su esposo la llevaba a misa y la acompañaba durante la liturgia. "De esta manera, él mismo comenzó a experimentar la fe", explica el obispo de Reikiavik.

Debido a la escasa población de la isla, de alrededor de 400.000 habitantes, el sacerdote conoce a la mayoría de la gente por su nombre. "La gente está muy agradecida por esto, porque aprecian mucho este contacto directo", explicó.

La diócesis de Reikiavik nació en 1968, cuando apenas un millar de católicos se dispersaban por un territorio del tamaño de Corea del Sur. Hoy, las cifras oficiales hablan de 15.500 fieles, aunque el obispo calcula que la comunidad real se acerca más a los 50 mil.

La mayoría de los fieles provienen de Polonia, Lituania, Filipinas y América Latina. El idioma islandés, complejo y con raíces milenarias, es solo uno de los desafíos para una comunidad donde el domingo se celebran misas en cinco lenguas: islandés, polaco, inglés, español y lituano.

Islandia recibe cada año casi tres millones de turistas, más de ocho veces su población. Esto plantea algunos retos a la población local, por ejemplo, porque dejan vacías las tiendas de suministros. También es un reto para la Iglesia porque, de vez en cuando, una pequeña capilla para 50 personas se ve invadida por gran parte de los 2.000 pasajeros de un crucero.

Además, en un país muy secularizado, la Iglesia se enfrenta al reto permanente de la presencia, pero no basta con estar; hay que darse a conocer.

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