De «quemaiglesias» a desear bautizar a sus hijos: «Llegué a prohibir que les hablaran de Dios»
Bruno Toral relata en Se buscan rebeldes su interesante camino hasta llegar a la Iglesia.
"Volviendo en coche con unos amigos practicantes, les dije de repente que iba a bautizar a los niños", recuerda Bruno (a la derecha).
El sacerdote Ignacio Amorós entrevista en Se buscan Rebeldes a Javier Portela y Bruno Toral, que hablan de Dios en una perspectiva que tiene mucho que ver con su estilo de vida, del gimnasio y el tatuaje... y sobre todo la oración. La historia de Bruno es especialmente sorprendente.
"Yo vengo de una familia muy atea y crecí con esa educación, mientras que mi mujer viene de una familia cristiana tradicional. Cuando empezamos a salir, ella me decía en broma que yo era un 'quemaiglesias', porque incluso negaba la existencia de Jesús", cuenta Bruno, padre de dos hijos y gerente de un gimnasio.
La gran pregunta
Una infancia que no fue nada fácil para él. "Mis padres tuvieron un origen humilde y para ellos el aspecto académico era la gran salida. Lo pelearon mucho en su juventud y exigían lo mismo de mi hermano y de mí. Nuestra relación estaba muy condicionada a los resultados, y yo sentía que me trataban según si sacaba un siete, un dos o un nueve, más que por la persona que era".
"Las alabanzas se convirtieron en mi mejor manera de terminar la semana", confiesa Bruno.
Entre la soledad y la autosuficiencia. "De ahí nació mi parte estoica: decidí que me daba igual lo que dijeran, que yo era responsable de mi vida y que estaba solo contra el mundo. Fui creciendo con esa mentalidad y, la verdad, las cosas me fueron bien. Llegó un punto en el que tenía mucho más de lo que me habría atrevido a soñar".
Pero, a pesar de irle todo bien, algo fallaba en su vida. "Conocí a Paloma, que es un 20 sobre 10, tuve dos hijos maravillosos, los negocios y mi carrera funcionaban, y me sentía un privilegiado. Lo tenía todo. Y, sin embargo, me preguntaba: ¿por qué no soy feliz?", confiesa Bruno.
"Ese inconformismo existencial se juntó con el COVID, las guerras y un ambiente mediático muy negativo. Un día pensé: si hay tanta maldad en el mundo, tiene que haber amor. Volviendo en coche con unos amigos practicantes, les dije de repente que iba a bautizar a los niños", recuerda que dijo.
«Sentí la necesidad de acercar a mis hijos a aquello que diferenciaba la felicidad de mi mujer de la mía».
"Cuando llegué a casa y se lo dije a Paloma, pensó que estaba bromeando. Ella siempre había querido bautizarlos, pero yo incluso prohibía que se les hablara de Dios. Yo era muy tajante: en mi casa se hacía lo que yo decía", reconoce.
La envidia que sentía por su mujer. "Sentí la necesidad de acercar a mis hijos a aquello que diferenciaba la felicidad de mi mujer de la mía. Ella es profundamente feliz y sé que gran parte de esa felicidad nace de su fe y de cómo vive el día a día desde ahí. Yo, en cambio, no tenía esa manera de vivir".
"Sentía una envidia, a veces incluso mala. Me repetía: '¿Por qué yo no puedo ser feliz si lo tengo todo?'. Con el tiempo, esa envidia se transformó en una pregunta más sana: ¿qué tengo que hacer para ser feliz?", añade.
A partir de ahí fue cambiando todo para bien. "Ese proceso implicó abandonar aspectos nocivos de mi carácter y volverme más flexible. Cambió mi relación con mi mujer, con mis hijos, con mis padres, con mis amigos y hasta mi manera de afrontar los problemas. Empecé a tomarlos con más naturalidad y menos ansiedad", dice Bruno.
Y fue un paso más allá. "Decidí que, si bautizábamos a los niños, debíamos ejercer como padres católicos de verdad. Empezamos a trabajar en nuestro matrimonio, en la educación de nuestros hijos y a ir a la iglesia. A mí me costaban las homilías porque soy inquieto, pero notaba que me hacían bien".
"Entendí que no bastaba con sentir fe; también necesitaba formarme. Empecé a asistir a alabanzas y recuerdo la primera vez, con un compañero al lado, intentando no llorar. Aquello fue un punto de inflexión", añade.
Unos momentos de oración que fueron determinantes en su vida. "Las alabanzas se convirtieron en mi mejor manera de terminar la semana y empezar el lunes. Allí sentí no solo la presencia de Dios, sino la alegría auténtica de la gente. Me impresionaba ver personas con problemas enormes que eran más felices que yo", cuenta Bruno.
"Esa no era una envidia material, sino una envidia sana: quería aprender de esa felicidad. Empecé a trabajar la paciencia, a querer mejor a mi mujer y a mis hijos, y a vigilar mis pensamientos para no alimentar lo negativo", comparte.
Puedes escuchar aquí el programa completo.
"Aprendí a confiar, a afrontar los problemas con menos estrés y a ser más flexible y cercano en el trato con los demás. Poco a poco, fui cambiando por dentro".
"Y lo que más me ha impactado es creer de verdad en la figura de Jesús: en cómo vivió, cómo murió y cómo resucitó, y en que todo eso fue por cada uno de nosotros", concluye.