«Los zapateros del Papa», de Trujillo al Vaticano: los secretos de Antonio Arellano y su hijo Daniel
Confeccionaron los zapatos rojos de Benedicto XVI y repararon el maletín de Francisco.
Los Arellano han confeccionado ya varios pares de zapatos para el Papa León XIV.
En una de las calles más tradicionales de Borgo Pio, en Roma, a pocos pasos del Vaticano, funciona un pequeño taller que guarda una historia muy singular.
Entre hormas, cueros y herramientas antiguas, Antonio Arellano —un zapatero peruano que llegó a Italia a inicios de los años noventa— ha construido una reputación que ha traspasado fronteras. Su especialidad: fabricar zapatos completamente artesanales y a medida.
Su amistad con el Papa alemán
Su dedicación y técnica minuciosa lo han convertido en todo un referente. Sacerdotes, obispos y cardenales comenzaron a frecuentar su tienda, atraídos por la calidad de un oficio que Antonio aprendió desde niño. Su fama creció tanto que incluso llegó a confeccionar los emblemáticos zapatos rojos que utilizó Benedicto XVI durante su pontificado.
Arellano con su gran amigo Benedicto XVI.
Pero, la historia del taller no se detuvo con Antonio. Su hijo Daniel, que emigró con él desde Trujillo cuando era pequeño, aprendió el oficio a su lado. Juntos han consolidado una clientela fiel entre los religiosos que viven o trabajan cerca del Vaticano.
Daniel recuerda que su padre reparaba el calzado de Juan Pablo II, y que él mismo atendió a Joseph Ratzinger cuando aún era cardenal, mucho antes de que se convirtiera en Benedicto XVI.
Entre los tesoros que conserva en su tienda, Daniel guarda un par de zapatos rojos hechos especialmente para el Papa alemán, una pieza que considera parte de su historia familiar.
La tradición continuó con el actual Pontífice. Antonio ha confeccionado ya varios pares de zapatos para el Papa León XIV, quien también tiene nacionalidad peruana. Para el artesano ese detalle tiene un valor especial.
Según contó en una entrevista, el Papa le pidió modelos clásicos de cuero y otros más cómodos con suela de goma, todos elaborados siguiendo sus indicaciones personales.
Por un bien y no por dinero
El primer encuentro con el Papa actual dejó una impresión imborrable en la familia Arellano. León XIV los saludó por su apellido y conversó con ellos en español, asegurando que llevaba al Perú "en el corazón". Antonio conserva en una carpeta las medidas del pie del Papa dibujadas a mano.
Antonio Arellano en sus inicios como zapatero.
Pero, el trabajo de los Arellano no se limita al calzado. Daniel fue el encargado de restaurar el maletín de cuero del Papa Francisco, desgastado por los numerosos viajes del Pontífice argentino.
Tres décadas después de su llegada a Italia, Antonio y Daniel continúan trabajando en el mismo barrio, fieles a un oficio que exige paciencia, precisión y amor por los detalles. Sin proponérselo, se han convertido en los zapateros de referencia para quienes sirven en el corazón de la Iglesia.
"La fe es grande. Tener fe es la cosa más bonita de la vida. Es vida. La fe hace mover piedras. Tener fe en Dios y tratar de tener la cabeza siempre en su sitio garantiza lograr grandes cosas. Pero siempre trabajando y trabajando con amor. Lo que haces hacerlo por un bien, no tanto por dinero, hacerlo por el bien que luego viene el dinero", comentó Antonio en una entrevista.
Uno de los secretos para captar clientela, es que se sientan como de la familia. Eso, y tener verdadera pasión por su trabajo: "Cuando el zapato está listo le sacas la horma y lo ves. Yo solo digo ¡Oh Dios! ¡Bellísimo! Y me digo a mi mismo ¡buen trabajo, Antonio!", dijo en Rome Reports.
Todas estas vivencias y secretos de su éxito pueden leerse ya en su libro El zapatero del Papa, disponible en italiano, español e inglés.
"Me han entrado ganas de superarme y mejorar las creaciones que hago. Tengo tanta satisfacción, la gente además alaba mi trabajo, dicen que son maravillosos. Hay gente que viene y me encarga de otros países, me traen regalos, como banderas de los países y se hacen fotos conmigo, por ser quién soy", comentó Antonio en una entrevista en COPE.
Entre estas fotografías de su taller destaca la de Benedicto XVI apretándole la mano. "Le llevé los zapatos negros que él usa. Es una persona maravillosa, se preocupa, te pregunta cómo vas, te pregunta también sobre el trabajo, y a mi hijo también le preguntó. Es como un padre para mí", decía del alemán.
“Estaba trabajando. Eran las diez de la mañana y todavía no había recibido ninguna llamada. En un momento llega el chófer del Papa Benedicto XVI que me dice: 'el Santo Padre te envía tu regalo y felicidades'. Fue una emoción y no me lo podía creer. Es una cosa maravillosa", recordaba.
La relación entre Benedicto XVI y su zapatero continuó incluso tras la renuncia. "Después del covid es peligroso, es ancianito, pero sigue preguntando por él, para saber cómo está su santidad y le manda saludos. Son muy gentiles las personas que vienen con él. No me olvido de él", decía Arellano.
Antonio llegó a Italia en 1990, dejando atrás la crisis económica que golpeaba a su país. Había aprendido el oficio desde niño en Trujillo, una región famosa por sus artesanos del calzado. A los 14 años ya ganaba lo que él mismo llama "un sueldo de maestro". Ocho años después de emigrar, abrió su propio taller donde empezó reparando zapatos en un pequeño espacio lleno de herramientas, retazos de cuero y estampas religiosas.
Personajes
El padre Jasson, secretario del Papa en Chiclayo, cuenta anécdotas muy reveladoras sobre su carácter
Luis Javier Moxó Soto
El Papa Francisco siempre tuvo gestos de cercanía con Antonio: bendijo los anillos de boda del artesano y de su esposa en su 25.º aniversario.
Lo que comenzó como un pequeño taller de barrio se ha convertido en un punto de referencia para el clero romano. Y, sin buscarlo, los Arellano han dejado su huella en la historia reciente de la Iglesia, un zapato a la vez.