Lunes, 22 de abril de 2019

Religión en Libertad

Veinte años de «Fides et Ratio»


por Cardenal Antonio Cañizares

Opinión

«La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo». Con estas palabras comenzaba el Papa Juan Pablo II su encíclica Fides et Ratio, de cuya publicación se cumplen ahora, el día 14, veinte años.

La cuestión de la fe y la razón, inseparables entre sí una de otra, es cuestión fundamental de la vida y la historia de la humanidad. «¿Quién soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Por qué existe el mal? ¿Qué hay después de esta vida?». Son preguntas vitales y universales que «tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia». En último término, el hombre tiene necesidad de «una base sobre la cual construir la existencia personal y social», busca la verdad que dé sentido a esa existencia; en ello siente que está en juego su vida. Son afirmaciones de la encíclica más importante del Papa San Juan Pablo II, Fides et Ratio.

Esta encíclica pone de relieve que en el amor a la verdad, de una verdad última, en su búsqueda y en su conocimiento, en la defensa de la verdad y en su testimonio, es donde está el sentido de la vida y, por tanto, el futuro del hombre y de la sociedad. Sin la referencia a la Verdad última, «cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica». Sin esta referencia a la verdad última, la posibilidad de una verdad verdadera sobre el hombre y el mundo se debilita hasta el punto de que empieza a parecer que no hay tal verdad. Todo está permitido, excepto afirmar algo definitivo y con pretensiones de verdad sobre el ser del hombre, sobre el bien y el mal.

Y en un mundo así gana el más fuerte, el débil existe gracias al poderoso: el hombre pierde. «La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual». Todo este escepticismo, a mi entender, trae consecuencias graves para el sentido de la libertad y para el sentido mismo de la vida del hombre. La persona que rehúsa buscar la verdad o adherirse a ella termina siempre sometida a otros poderes. Una sociedad tolerante se asienta sobre la verdad que nos hace libres. Una sociedad que destruya o disminuya la libertad, asentada en la verdad que trasciende todo, va camino de la intolerancia.

En este contexto y ante esta realidad, la Iglesia se presenta en el mundo servidora de la verdad que ha encontrado en una persona real y muy concreta de nuestra historia: Jesucristo. La Iglesia, «experta en humanidad», vive de la certeza, que acompaña a todo hombre, de que en el corazón de toda persona humana se halla profundamente enraizada la exigencia de la Verdad última, unitaria y total, de la Verdad que libera al ser humano de sus temores y esclavitudes. Fe y razón han de constituir una síntesis sapiencial. Esta síntesis entre fe y razón es la llamada y la luz que el Papa presenta en su carta encíclica Fides et Ratio.

Un Papa al que no debemos olvidar. En el veinte aniversario de esta encíclica, reconocemos en San Juan Pablo II una verdadera encarnación de lo que dice en ella sobre la relación inseparable entre fe y razón, y por ello podemos apreciar en él al testigo del Dios vivo, amigo fuerte de Dios y defensor del hombre, de todo hombre y de su dignidad, en su capacidad, en su razón para buscar, hallar y conocer la verdad que libera. Trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio, evangelizador hasta los confines del mundo, infatigable luchador por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad y por una civilización del amor, buen samaritano que se acerca e inclina con ternura y amor al hombre maltrecho y malherido. Testigo fiel y gozoso de Jesucristo Redentor único de todos los hombres y luz para todos los pueblos, a veces incómodo para muchos que pretenden construir el mundo al margen del único Nombre que se nos ha dado para la salvación de los hombres. Buscador y profeta del esplendor de la verdad que nos hace libres.

Ni la cuestión de la verdad, ni la cuestión de las relaciones de fe y razón son cuestiones teóricas, abstractas o para estudiosos, y lo vemos, entre infinidad de testimonios, cómo afectan al ser y actuar del hombre. No hay que temer a la razón ni hay que temer a la fe: de la relación inseparable entre ambas está la grandeza y la elevación de la humanidad hacia sus cotas más altas.

Publicado en La Razón el 12 de septiembre de 2018.

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