Viernes, 19 de julio de 2024

Religión en Libertad

El esplendor de la verdad

Catedral católica de Nuestra Señora y San Felipe Howard en Arundel (Sussex Occidental, Inglaterra).
Catedral católica de Nuestra Señora y San Felipe Howard en Arundel (Sussex Occidental, Inglaterra). Foto: Mario La Pergola / Unsplash.

por Angélica Barragán

Opinión

Es un hecho evidente y ampliamente visible que nuestra civilización occidental está en franca decadencia. No solo hemos condonado la inmoralidad y el vicio, sino también la fealdad. Basta pasear por cualquier centro comercial un sábado cualquiera para darse cuenta de que el pudor y la modestia, y aun la clase y la elegancia, están casi ausentes en nuestra sociedad. Tatuajes, anillos en las narices, hoyos en las orejas, cortes de cabello no vistos ni en los tiempos más primitivos, cabellos pintados con los más extravagantes colores, pantalones raídos, rotos y hasta sucios, ropa interior que se utiliza al exterior, estómagos de todos los tamaños al aire... eso, por no mencionar otras partes aún menos púdicas que muestran orgullosos hombres y mujeres de todas las edades y constituciones. Todo ello parece indicar que, la sordidez y la vulgaridad es la norma en una sociedad que, al rechazar el bien y la verdad ha ido cayendo, poco a poco, en el abismo de la fealdad. 

Desafortunadamente, nuestra sociedad, al tiempo que ha ido relegando todo lo trascendente y con ello lo realmente importante, ha privilegiado una visión materialista y pragmática que busca y promueve lo funcional, lo cómodo, lo divertido, lo entretenido y todo aquello que hace la vida aparentemente más fácil y confortable, aunque solo sea de manera pasajera y superficial. Parafraseando a Dostoievski, tenemos prosperidad, riqueza, abundancia, excelentes medios de transporte: "Mas hoy, aunque hay más riquezas, hay menos fuerza. Ya no existe idea alguna que una a los corazones: todo se ha ablandado y relajado, todo está lisiado y nosotros también” (El idiota). Sin embargo, como bien señalara San Agustín, el hombre ha sido creado para Dios e inquieto está el corazón del hombre lejos de Él. De ahí que la angustia, el vacío, la ansiedad y el miedo que se expresan, no solo en las modas, sino también en el llamado arte de las últimas décadas, ha ido degenerando hasta adquirir unas características cuasi demenciales.

Nuestra sociedad narcisista ha suplido la belleza, que agradaba a la vista pero que además elevaba el espíritu, por la fealdad producida por una caprichosa imaginación, una arrogante voluntad y una exacerbada emoción que, rechazando el orden, la armonía y la perfección, se contenta con “plasmar” la angustia existencial, los más variados traumas, las peores pesadillas del artista en turno y hasta los deseos más bajos y putrefactos. Así, hemos pasado de las latas de sopa (que, “inmortalizadas” por Warhol, no solo suplieron a los calderos en la cocina sino a las obras maestras en los museos) a las actuales aberraciones que osamos llamar arte, muestra de que nuestra sociedad no solo ha perdido el gusto sino, al parecer, también la razón. Basta con ver las “producciones artísticas” de nuestra sociedad para ver que nuestras aspiraciones ya no están al nivel del suelo, pues han descendido hasta el averno. 

El hombre por naturaleza busca la verdad, procura el bien y ama la belleza. Sin embargo, el hombre que corrompido ha rechazado la verdad y el bien, es incapaz de descubrir, menos aun de producir, belleza. Nuestra sociedad, al expulsar a Dios (Sumo Bien, Verdad y Belleza) de su seno, ha destruido los principios morales que la sustentaban y se ha visto sumergida en un mar de feísmo en modas y costumbres así como en el llamado “arte”, actualmente deconstruido, abyecto, vulgar e inmundo, que no busca elevar sino enfangar al hombre.

Sin embargo, es en este feísmo que estamos sumergidos que la conocida frase de Dostoievski, “la belleza salvara al mundo”, nos otorga una luz de esperanza. Parafraseando a Solzhenitsyn: “Los conceptos inventados o forzados no soportan la prueba del tiempo y acaban por derrumbarse sin convencer a nadie. Pero las obras que nacen de la verdad, y se nos presentan como una fuerza viviente, ésas se adueñan de nosotros, nos exigen; y nadie jamás, ni siquiera en los siglos futuros, podrá refutarlas. Tal vez, al fin y al cabo, la vieja trinidad de Verdad, Bien y Belleza no sea simplemente la fórmula vacía y vetusta que supusimos en los días de nuestra confiada y materialista juventud. Si las copas de estos tres árboles convergen, como lo afirmaban los escolásticos, aun cuando las ramas de la Verdad y del Bien hayan sido mermadas, impedidas de abrirse paso, entonces, quizás los fantásticos, los impredecibles, los inesperados retoños de la Belleza emergerán y ascenderán hasta el mismo lugar, cumpliendo así el trabajo de los tres… Y en ese caso decir que 'La belleza salvará el mundo' no será un desliz de la lengua de Dostoievski, sino una profecía…”

Platón afirmó que la belleza es el esplendor de la verdad. Y es cierto, no es casual que bajo el cristianismo se realizaran las más bellas obras de arte, en especial las grandes catedrales, las cuales siguen erigiéndose magnificas invitándonos a levantar la vista al cielo para volver a encontrar en éste nuestra inspiración y guía. Pidamos a Dios un corazón puro y humilde capaz de contemplar, entre tanta fealdad, la belleza que aún nos rodea para poder decir con San Agustín: "Tarde os amé, Dios mío, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde os amé… Pero Vos me llamasteis y disteis tales voces a mi alma, que cedió a vuestras voces mi sordera. Brilló tanto vuestra luz, fue tan grande vuestro resplandor, que ahuyentó mi ceguedad”.

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