Jueves, 22 de octubre de 2020

Religión en Libertad

El coronavirus en la «guerra» de Siria


por Hermana Beatriz Liaño

Opinión

El Covid-19 se extiende por el mundo a un ritmo frenético. Y si en nuestro primer mundo ha conseguido colapsar nuestros excelentes sistemas sanitarios y los pacientes mueren ante la imposibilidad de ofrecerles a todos el tratamiento adecuado, imaginen lo que va a suceder a medida que el coronavirus se vaya extiendo por Latinoamérica, África o países en guerra, como es el caso de Siria. 

Los ideólogos de la Carta de la Tierra llevan mucho tiempo cuchicheando que es necesaria una seria reducción de la población mundial para evitar el deterioro del planeta. Y desde que el coronavirus comenzó a saltar de país en país, yo no hago más que preguntarme si esta es la forma en la que van a conseguir su objetivo. Lo que es cierto, «casualidad» o no, es que el Covid-19 en Europa y Norteamérica nos va a dejar sin ancianos, sin débiles y sin enfermos, y que en el tercer mundo la mortandad va a ser tremenda. 

Fijémonos en el caso de Siria. Esta nación sufre, desde 2011, una guerra mal llamada «civil». Digo esto apoyada en muchos testimonios autorizados, dentro y fuera de Siria, especialmente de obispos y sacerdotes que han sido testigos del empeño del Estado Islámico y sus mercenarios extranjeros por hacerse con el control de Siria. A día de hoy, nueve años después, el conflicto no ha terminado y diversos grupos terroristas islámicos siguen matando impunemente, mientras Occidente mira culpablemente hacia otro lado. 

Y ahora el coronavirus ha llegado a Siria. Hasta hace poco, la población contaba solo con ocho horas de agua al día y tres de electricidad. Fuentes locales nos informan de que el Estado Islámico ha aprovechado la situación para cortar los suministros de agua y luz. En condiciones normales, esto es ya una acción criminal, pero con el coronavirus extendiéndose por el país, habría de describirlo como una maniobra «diabólica». Imaginen la vida diaria sin agua y sin luz, imaginen los hospitales sin agua y sin luz, imaginen que no pueden ni siquiera lavarse las manos y desinfectar su hogar mientras la epidemia se extiende. 

Pero la peor noticia para los cristianos de Siria ha sido la imposición de cerrar las iglesias. Lo que no habían conseguido las bombas y los atentados, lo ha logrado el coronavirus. Los templos se han mantenido abiertos durante toda la guerra y los cristianos han arriesgado una y mil veces la vida para acercarse a recibir los sacramentos bajo la continua amenaza de asaltos, tiroteos y todo tipo de ataques. Nos cuenta el padre Hugo Alaniz, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado (IVE), párroco en Alepo: «Cuando anunciamos que los obispos decidieron cerrar las Iglesias, muchos lloraron... Son la fe y los sacramentos lo que los ha mantenido con una fuerte esperanza durante años de fuerte tormenta».

La crisis del coronavirus está siendo un test de fe y de amor a Cristo Eucaristía para toda la Iglesia, comenzando por sus pastores y hasta el último de los fieles. Me gustaría saber cuántos católicos han llorado ante la imposibilidad de acercarse a comulgar los últimos domingos; cuántos experimentan nostalgia de la Eucaristía, cuántos añoran poder refugiarse en estos momentos junto al Sagrario, junto a Jesús Escondido. Y me atrevo a pediros a todos que, si no experimentáis esa sensación de soledad y tristeza cuando un nuevo domingo termina sin haber podido comulgar, que vayáis a poneros de rodillas en lo escondido de vuestra habitación, para suplicarle al Señor que os dé hambre y sed de Eucaristía. Porque si no experimentáis la necesidad de Eucaristía, es que vuestra vida interior en muy pobre. Nos pueden faltar muchas cosas y no pasa nada. Y no hablo solo de cosas materiales, sino incluso cosas que normalmente son una ayuda para vivir nuestra fe, pero de las que se puede prescindir un tiempo por fuerza mayor como son las procesiones, las reuniones de formación… Pero «sin Eucaristía no podemos vivir». Así lo proclamaron los cristianos de Abilene, en los comienzos del siglo IV y ganaron con esta confesión la palma del martirio.

Nos unimos a la oración del padre Hugo Alaniz, que se despedía en su carta diciendo: «Nosotros pedimos al Señor que este tiempo de dificultad sea el momento de Dios, el momento oportuno para que muchas almas encuentren en Él al Padre y Pastor que cura las heridas». Que así sea.

Publicado en Info Familia Libre.

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