Sábado, 22 de junio de 2024

Religión en Libertad

Contra la mayoría

Antonio Gisbert Pérez, 'María de Molina presenta a su hijo a las Cortes de Valladolid' (1863).
En la imagen, 'María de Molina presenta a su hijo a las Cortes de Valladolid', cuadro de Antonio Gisbert Pérez (1863) que se conserva en el Congreso de los Diputados. Las instituciones representativas que surgieron en la Cristiandad guardan poco en común con la democracia entendida como fundamento del gobierno y desligada de la moral objetiva y el bien común.

por Juan Manuel de Prada

Opinión

Así ha titulado su más reciente ensayo, publicado por La Esfera de los Libros, el joven divulgador Jano García, donde prosigue la feroz disección social y política emprendida en obras anteriores como La gran manipulación o El rebaño. Sorprende y admira que haya entre las nuevas generaciones personas tan lúcidas e intrépidas como este Jano García, capaces de decir con naturalidad y arrojo aquellas cosas que nuestra época prohíbe (o ‘cancela’, como dicen con abominable anglicismo los jenízaros woke).

El subtítulo de la obra constituye su mejor resumen: Cómo la democracia genera la tiranía de la masa. Aunque no establece la distinción entre democracia como forma de gobierno y la democracia como fundamento de gobierno, Jano García dirige nítidamente su alegato contra la última: una democracia que halaga los instintos más viles y degradantes del pueblo, hasta convertirlo en masa manipulada que se envanece y refocila en la vulgaridad; una democracia que, encumbrando como derechos los intereses más sórdidos y los placeres más torpes de esa masa amorfa, halagando sus pretensiones con mentiras reconfortantes, brindándole placeres diseñados por élites malignas, destruye las comunidades humanas. Y encumbra a los demagogos de la peor ralea, pues –como sostiene el autor– «el método democrático expulsa de forma natural al honesto al tiempo que encumbra al demagogo». Contra facta, argumenta non valent.

Algunas de las mejores páginas de Contra la mayoría son formidables diatribas contra un régimen político que da la razón a Schumpeter: «El ciudadano desciende a un nivel inferior de rendimiento mental tan pronto como penetra en el campo de la política. Argumenta y analiza de un modo que él mismo calificaría de infantil si estuviese dentro de la esfera de sus intereses efectivos». Pero es que la política moderna, como señalaba con sarcasmo Valéry, es el arte de consultar a las gentes acerca de lo que nada entienden y de impedirles que se ocupen de aquello que entienden. Si se consultara a la gente sobre las cosas que entiende (pidiendo, por ejemplo, a los agricultores que opinen sobre las cosechas y no sobre el ‘cambio de género’), la democracia podría ser –en régimen mixto con la monarquía– una óptima forma de gobierno.

Jano García intuye esta idea, pero no llega a formularla, porque no se atreve a salir de la jaula de la democracia liberal. Analiza brillantemente la conversión de la democracia en un régimen absolutista, en el que no existen contrapesos y donde el poder que goza de un respaldo mayoritario puede legislar a su antojo, siguiendo intereses sectarios y desentendiéndose del bien común; y también someter brutalmente al poder judicial, que «seguirá sin rechistar todo aquello que haya sido aprobado por los cauces legales por un parlamento, aunque esté compuesto por seres inmorales». Jano García repasa algunos de los errores más monstruosos engendrados por la democracia, deteniéndose muy especialmente en la aberración de la eugenesia, de la que luego abjuraría (pero hay otras aberraciones democráticas, como el aborto o el transgenerismo, plenamente vigentes). Y es que la democracia, cuando es fundamento de gobierno, considera que es legítimo someter todo a votación; y halagando los peores instintos de la masa puede, en efecto, encumbrar las aberraciones más nefandas. Jano García, en fin, se declara sin ambages partidario de una monarquía que no sea absoluta, pero en la que el monarca «posea un poder mayor al que ostenta hoy, que represente la moral y el bien común alejado de trileros democráticos y cortoplacismos nocivos, que cese el parlamentarismo que lo ha privado de razón de ser». Y considera que sólo una sociedad con una moral sana podrá enfrentarse a los demagogos que la están corrompiendo. Pero para que una sociedad corrompida recupere una moral sana, aparte de ayuda divina, requiere gobernantes rectos y con sentido moral.

Aunque no llegue a expresarlo sin ambages, Jano García clama en su penetrante y valeroso libro por una democracia que vuelva a ser forma y no fundamento de gobierno; una democracia que no sea religión antropólatra, sino participación del pueblo en instituciones ordenadas al bien común. Sin darse cuenta, defiende la monarquía social y representativa, con controles políticos que sean al mismo tiempo sus columnas. Aunque su mente prodigiosa siga encerrada en la jaula liberal, el alma de Jano García ya ha dejado de serlo. Sólo le falta empujar la puerta de esa jaula: afuera lo esperan los amenos parajes del pensamiento tradicional, que le brindan sus flores. Un hombre tan arrojado y clarividente acabará dando el paso que este valioso libro prefigura.

Publicado en XL Semanal.

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