Miércoles, 20 de marzo de 2019

Religión en Libertad

Amor cortés


Sólo la Iglesia con la afirmación radical de la dignidad del matrimonio y la necesidad del consentimiento y la libertad de las partes, a pesar de todos los condicionantes imaginables, fue capaz de poner un valladar a la violencia y los excesos.

por Rafael Sánchez Saus

Opinión

El asunto de La Manada y sus derivas es uno de esos episodios que oportunamente nos advierten de que este mundo está dejando de ser nuestro mundo para convertirse en algo que no nos apetece nada habitar.
 
Saben ustedes, lo que hoy nos aplasta con su sordidez y miseria moral, de la que nadie se atreve a hablar, como si el simple consentimiento femenino pudiera absolver todo lo demás, fue en tiempos de barbarie el pan nuestro de cada día. Tiempos en los que las relaciones eróticas entre hombres y mujeres se resolvían mediante la compra de esclavas, la violación, el rapto, los arreglos entre clanes y un largo etcétera de abusos. Y conviene recordar que en medio de ese marasmo abyecto, sólo la Iglesia con la afirmación radical de la dignidad del matrimonio y la necesidad del consentimiento y la libertad de las partes, a pesar de todos los condicionantes imaginables, fue capaz de poner un valladar a la violencia y los excesos.
 
Y sólo una vez asentados esos principios sobre fundamentos morales de los que hoy se dimite, pudo la sociedad occidental, a partir del siglo XII elevar el exquisito edificio que en nuestra civilización ha sido el erotismo entre hombre y mujer. Una conquista cultural a punto de desvanecerse ante la nueva barbarie que en cincuenta años ha sepultado el inmenso avance que en su momento supuso el cortejo, la espera, la aceptación, la entrega paulatina y recíproca, la consumación y el goce compartido, a veces sublimado con la castidad heroica que en algunas imágenes y relatos medievales se representa mediante la espada que separa en el lecho a los amantes desnudos. Y aún falta el sello de toda esa refinada conquista que es el beso de amor en los labios, invención erótica de aquel tiempo, mera traslación del beso feudal que el señor y el vasallo intercambiaban durante el homenaje. Eso sí, con la notable y fundamental peculiaridad de que en todo ese acercamiento progresivo entre el hombre y la mujer es ésta la que asume el papel de señora y el varón el de vasallo que se entrega y rinde obediencia y lealtad.
 
Aquel descubrimiento, aquella gentil hazaña compartida sin parangón en ninguna otra civilización, hizo posible un mundo abierto a la dignidad femenina y basado en una moral superior. Todo lo que hoy sórdidamente se desvanece ante nuestros ojos arrollado por el triunfo de la pornografía y su repugnante imagen del sexo.

Publicado en el Diario de Sevilla.
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