Martes, 26 de marzo de 2019

Religión en Libertad

Oxfam y el mundo infinito de las ONG


¿Quién audita o supervisa, incluso dentro de la misma Iglesia, los gastos de tantas onegés que proliferan por todas partes cual hongos tras las lluvias de otoño? También aquellas que parecen más serias y fiables deberían ser debidamente auditadas por una empresa profesional ajena a las sacristías.

por Vicente Alejandro Guillamón

Opinión

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El periódico inglés The Times ha destapado el pastel de las orgías con damiselas de alquiler, algunas menores de edad, que se montaban en Haiti sujetos de la multinacional británica filantrópica Oxfam (en España Intermón Oxfam) tras el devastador terremoto sufrido en 2010 por el país más pobre de América (herencia del colonialismo francés: prueba de que no todas las potencias europeas colonizaron del mismo modo, como bien demuestra María Elvira Roca Barea en su fabuloso libro Imperiofobia y leyenda negra, de lectura obligada si uno no quiere quedarse en la condición de asno de dos patas).
 
Lo que sucedió en Haití es grave, muy grave porque el desmadre deshonesto no se cometió con el dinero particular de los individuos en cuestión (que, en ese sentido, allá cada cual con su conciencia personal, que al parecer era bastante laxa), sino que metieron mano en el cajón y usaron los fondos procedentes, por lo común, de donativos particulares y subvenciones oficiales que con tanta alegría desparraman los organismos públicos.

Esta segunda parte del delito, porque delito fue, nos pone sobre la pista del desmadre y descontrol que impera en la infinita galaxia de las ONG, me temo que a lo largo y ancho del planeta, donde una colección de pícaros desvergonzados viven espléndidamente a costa de los impuestos que pagan otros y de los donativos de la gente buen corazón. También en la Iglesia existen oenegés de dudosa conducta (no diré sexual, pero me abstendría de poner la mano sobre la llama en el aspecto económico).

Un cura que yo me sé, al que tengo localizado desde hará cosa de cuarenta años o más, y de cuyo nombre no quiero acordarme (según decía un tal Miguel de Cervantes que ejercía de manchego), del que todos hablan pero pocos leen, socialista él por más señas, se inventó una oenegé de nombre muy pomposo y creó algunas residencias que llama “casas de familia” para acogida de menores –ninguno conflictivo–, lo que le permitía estar más tiempo en el aeropuerto de Barajas que en su oficina, yendo y viniendo a Dios sabe qué partes del mundo. Ahora, tal vez, como ya se ha hecho viejito, regenta una parroquia céntrica de Madrid, en la que hace ostensible propaganda de su chiringuito oenegista. En la primera guerra de Irak, que montó Bush padre para castigar el sátrapa de Sadam Hussein, el cura del que hablo hizo una recogida de juguetes y los llevó a Irak para repartirlos entre los pobrecitos niños iraquíes, que no tenían con qué jugar por culpa de los malvados americanos que habían atacado su país. Por lo visto, según tan singular presbítero, los infantes del Tigris y el Eúfrates son enanos mentales y no saben qué hacer para jugar a sus anchas, como si fueran distintos al resto de los niños del mundo.

Yo fui niño de la guerra española. Por descontado, entonces no había para juguetes. Bastante hacíamos todos si lográbamos matar el hambre. Sin embargo, a mí, como a los demás amiguitos de mi calle, no nos faltó nunca imaginación y destreza para fabricarnos juguetes y juegos de aquellos tiempos. Jugábamos al fútbol con pelotas hechas de trapos atados con cordeles. No botaban mucho, es decir, no botaban nada, pero si les dabas una buena patada también podías meter gol al contrario. Necesitaría un libro para explicar nuestros juegos de entonces en la calle San Blas. Al lector ajeno a mis raíces no le dice nada el detalle, pero el párroco de Oropesa del Mar (Castellón), paisano y amigo, que se toma la molestia de leerme, sí sabe de qué lugar hablo. Allí ya no queda nadie de aquellos con los que rompía los zapatos o las alpargatas, para calvario de nuestros padres.
 
A lo que iba: ¿quién audita o supervisa, incluso dentro de la misma Iglesia, los gastos de tantas onegés que proliferan por todas partes cual hongos tras las lluvias de otoño? También aquellas que parecen más serias y fiables deberían ser debidamente auditadas por una empresa profesional ajena a las sacristías.
 
La Iglesia jerárquica es en ocasiones descuidada en materia tan sensible y peligrosa. Ahora las cosas son muy distintas, empezando por la Conferencia Episcopal, que se somete anualmente a la auditoría de una empresa profesional, como cualquier empresa mercantil. ¿Hacen lo mismo las onegés? He aquí lo que quiero señalar por si sirve de algo, antes de que empiecen a aparecer pufos gigantescos en este o en el otro lugar, y se vean involucrados clérigos y personas de Iglesia.
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