Sábado, 16 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Apostolado de los pequeños gestos


por Vicente Alejandro Guillamón

Opinión

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Les cuento mi experiencia. Como he dicho alguna que otra vez, me hallo interno en una residencia de “mayores” -o séase, de viejos- donde convivimos unos doscientos residentes, el que más y el que menos con más de una tara, si no es que tiene varias, aparte de los años que cada uno llevamos a cuestas. Por ejemplo, yo cumpliré dentro de unos meses noventa tacos, como decían los castizos en mis tiempos mozos. Pero a mi derecha, en la misma mesa del comedor, se sienta una dama, nuera que fue del general Dávila, que tiene diez años más que yo. O lo que es lo mismo, dentro de nada cumplirá la centuria completa. Casi nada.

Puede imaginarse que la alegría y el buen humor no es el plato fuerte de este “hogar”. Las grescas a grito pelado de los habitantes del lugar, sobre todo entre mujeres –todo hay que decirlo-, son bastante recurrentes. Por lo tanto, el ambiente general es más bien algo espeso. La gente se cruza por los pasillos y las zonas comunes y apenas se saluda. Claro que, bien mirado, no es cosa muy distinta a lo que se percibe en la calle, donde la gente se ve con otros prójimos y como si atisbara una farola. Simplemente se echa a un lado para no darse de morros con el otro.

En vista de lo que se ve, me he propuesto añadir unas gotas de sacarina para edulcorar un poquito, por mínimo que sea, el ambiente. Nada, por supuesto, de empalagoso o exagerado, que también terminaría siendo molesto. Simplemente un “buenos días”, o “buenas tardes” o “noches”, según la hora que sea, con la persona que me cruzo, directivo de la casa, auxiliar o residente, al margen del estado mental en que estos últimos se encuentren. Los hay que no se enteran ya de nada, y otros siempre dispuestos a molestarse por todo. Da igual. Lo importante no es lo que uno pueda recibir de los demás, sino lo que se da: una leve sonrisa, un saludo, un “cómo estás”, una palabra amable, etc. Aseguro que a la postre da buen resultado. No se cambia el mundo, no se transforma a las personas, pero ayudamos a mejorar el pequeño ambiente que nos rodea.

Si todos hiciéramos algo parecido, pese a su aparente insignificancia, el territorio que pisamos sería más acogedor, más sociable, más humano. Es decir, más opuesto a la agresividad de los enardecidos defensores del presunto cambio climático y otras truculencias con que nos bombardean para aterrorizarnos los profetas de mal agüero.

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