Lunes, 26 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Así matan los que matan por Alá

Cuerpo sin vida, tras ser abatido por la policía, del terrorista de 18 años que asesinó este viernes al profesor Samuel Paty, de 47 años, por mostrar en clase unas caricaturas de Mahoma.
Cuerpo sin vida, tras ser abatido por la policía, del terrorista de 18 años que asesinó este viernes al profesor Samuel Paty, de 47 años, por mostrar en clase unas caricaturas de Mahoma.

por Ignacio Monar García

Opinión

El 26 de junio de 2015, a las seis y cincuenta y seis de la mañana, Yassin Salhi recogió a su compañero Hervé Cornara en la sede de la empresa de reparto TCS en Chassieu, departamento de Isère, zona de Lyon. Le tocaba a él conducir la furgoneta ese día. Pusieron rumbo hacia Saint-Quentin-Fallavier, a la fábrica gasística en la que debían recoger los paquetes de la jornada.

Su colega le saludó como siempre. Preguntó amable a Salhi cómo llevaba lo del Ramadán. Le había notado de mal humor últimamente. Sahli gruñó. Por cambiar de tema, Jean Baptiste se refirió al partido de la noche anterior, el Perú-Bolivia de la Copa América. A ambos les encantaba el fútbol y tenían mono tras el final de la liga. Después de los largos días de trabajo, plantarse delante del televisor era un alivio para sus vidas rutinarias.

Salhi esta vez sí contestó -aunque secamente- que no había visto la eliminatoria porque llevó a sus tres críos a casa de su hermana para jugar con sus primos; estaban cerriles, ya de vacaciones.

Hervé le recomendó paciencia. Acababa de cumplir cincuenta y cuatro años. Estaba casado con Laurence, tenía un hijo de 21 y peleaba por sobrevivir como autónomo. Era un vecino comprometido, un amigo fiel y una persona de gustos sencillos.

La furgoneta paró en el stop de un cruce peligroso. Hervé giró el cuerpo hacia la derecha para comprobar si venía algún coche. Manías de su época de conductor de camión. Dijo a Sahli: "Por aquí no viene nadie." Pero la furgoneta Renault blanca no se movía. Siguió insistiendo: "Por aquí nadie, Yassin. Arranca". En ese instante se acabó su vida. Sahli le sajó el cuello con un cuchillo de cocina.

Para degollarle, Sahli usó el mismo utensilio con el que su mujer descuartizaba el cordero en las fiestas. Tiró del pelo de Hervé y le seccionó la parte derecha de la garganta. Después dejó el cuerpo caer hacia delante, que se debatió unos segundos tratando de aspirar aire para sus pulmones. Un borbotón de sangre fue empapando la alfombrilla.

Yassin Sahli se dirigió entonces hasta un clarito que hay en la carretera, junto a unos pinos. Allí se bajó de la furgoneta, abrió la puerta del copiloto, apoyó en el respaldo al compañero que había matado y se sentó sobre su pierna derecha. En tal postura sacó el móvil para hacer un selfie macabro. El asesino salió con cara de gilipollas drogado.

Con la nauseabunda foto que había hecho -Shali no daba para más, el pobre- entró en Twitter y escribió: "Selfie del soldado del califato Yassin con la impura cabeza de un impío". Y añadió: "Un regalito". A continuación la reenvió a la dirección de su contacto del Estado Islámico y a la policía del Departamento de Isère.

El tuit del asesino mostrando a su víctima.

Sacarse aquella morbosa imagen era parte fundamental de su plan. Su reclutador en el ISIS le había insistido en que dejar una huella impactante era su primer objetivo.

Pero, Sahli empezó a dudar. ¿Habría sido suficiente? Escribe otro tuit dirigido a Yunes-Sébastien, el tipo del califato que le había reclutado: "Esta es la alegría en el corazón del creyente y una espina en la garganta del impío, que fallece en su propia rabia y es alabanza para Alá."

No obtuvo respuesta. Creyó que era mala señal. Quizás no había sido suficientemente cruel. Por su mente se cruzó entonces una idea más perversa: decapitar a Hervé. Con la mano apoyada entre el mango y el recazo del cuchillo, para poder hacer fuerza, seccionó el esternocleidomastoideo, los escalenos, el trapecio, el estilohioideo, la laringe, la epiglotis, las yugulares y, al final -sudando la gota gorda- rebanó con esfuerzo la vértebra C-3, separando la cabeza del cuerpo de su víctima. Un retroceso técnico evidente en el país que inventó la guillotina.

El tronco se quedó atado al asiento gracias al cinturón. Sahli sabe que sin imagen que lo inmortalice, su crimen no sirve igual al terror. Y ahora ya puede hacerse un retrato realmente impactante. Hace la foto y deja caer su infame trofeo al suelo de la furgoneta, desangrándole definitivamente hasta adquirir un horripilante aspecto cerúleo.

Arrancó de nuevo. Rebosaba adrenalina y aquello le nublaba su raciocinio. Once minutos después de su errática ruta volvió a parar. Una duda le ha asaltado. Mira su móvil y su temor se confirma: no había adjuntado la foto en el segundo intento. Golpea con rabia el volante gritando que más tonto no se puede ser.

Así que, tratando de asegurarse, selecciona ahora unas direcciones de correo -tarda un rato-. Siente que está haciendo historia. Quiere que todos se enteren: sus colegas del califato, los primeros. Pero también el ministro Manuel Valls, el Ejército del Aire, la Policía Nacional, la Gendarmería Francesa, el Palacio del Eliseo, el Frente Nacional, el FBI, el presidente Hollande, Nicolas Sarkozy y el ministro del interior de Francia, Bernard Cazenueve.

Ah, y al propio hijo del asesinado. Bonito detalle.

Pero, increíblemente, por segunda vez se equivoca y no adjunta la foto. De hecho, todos recibieron un mensaje sin asunto ni archivo. Yassin Sahli siempre fue un idiota y no iba a dejar de serlo por convertirse en asesino. Lo demostraba al atentar en Francia, el país donde nació, contra el hombre que le dio un trabajo que permitió una educación para sus hijos.

Creyendo haber completado al fin la primera parte de su plan, inició la segunda. Se encamina hacia la gasística, decidido a seguir con su espiral de mal. Ya no volvió a usar el teléfono, que quedó olvidado en la bandeja junto a la palanca de cambios. Entró en la fábrica de Air Products sin necesidad de enseñar la autorización de entrada a la empresa. Bastó con un toque del claxon. No llama la atención, pues le conocen. Pasar no es difícil porque según la clasificación Seveso de riesgos industriales el lugar está considerado de nivel bajo. Avanza hacia las naves, gira a la izquierda y aparca al fondo, cerca de la valla que da a una gran carretera. Abre la puerta lateral de la furgoneta. Se le cae al suelo lo que parece una tela blanca; es una bandera con una inscripción: "Profesión de fe", esto es, "en esto es en lo que creo". También coge otra bandera negra, emblema del ISIS y una cuerda como de un metro de largo.

Saca la cabeza del desdichado Hervé, goteando, cogiéndola con dos dedos de un mechón. (A todo esto, en el complejo industrial nadie presta atención a sus movimientos). Sube por un talud hasta la verja que da a la calle, frente al peaje de la autopista. Ata la cuerda a la cabeza y la deja caer del lado exterior. Anuda también las dos banderas. Cree que montado un altar tan sacrílego va a provocar el espanto de los conductores y un accidente en cadena. Pero se equivoca. El tráfico continúa sin inmutarse.

Muy contrariado, regresa a su vehículo y mete marcha atrás, marchando a todo gas por el parking. Opta por lanzarse contra un hangar de almacenaje lleno de productos inflamables, para hacer que todo explote y quede arrasado. Levanta las manos, tapándose la cara justo antes del impacto.

Sin embargo, definitivamente no es su día. Esta otra ocurrencia tampoco funciona como él esperaba. Pasan diez segundos y nada. ¡Mira que son largos diez segundos, por Alá! Sale del vehículo, sin saber qué hacer. Varios barriles pierden líquido. Unos empleados asoman desde las oficinas, alertados por ruido del golpe. Desde lejos le recriminan que cómo ha podido ser tan torpe para chocar de ese modo.

Yassin había chocado contra unos grandes bidones de acetona. Para un tipo como él es difícil de entender que la acetona es un producto químico y que tarda en explotar porque ha de calentarse antes. Está mirando el desaguisado, brazos en jarra, cuando al fin se produce una deflagración. Sahli asustado, se agacha por instinto. La acetona le salpica y quema trozos de su piel. Se oyen gritos de trabajadores dentro del almacén. Él sale corriendo.

A apenas trescientos metros, en una estación de bomberos escuchan la explosión. No tardan en reaccionar a lo que creen ha sido un accidente en la planta de gas. Siguiendo protocolo de urgencia para las empresas del enorme polígono logístico llegan en diez minutos. Encuentran la furgoneta reventada por detrás, el techo levantado, aunque los asientos delanteros intactos con el resto de cuerpo de Hervé. Los empleados señalan a los bomberos que el causante se ha metido en otra nave anexa. Uno de los bomberos se asoma con cautela. Ve a un tipo abriendo más barriles de acetona, insistiendo infructuosamente en su propósito de provocar una gran explosión. Es evidente que no tiene ni idea de cómo hacerlo.

Sahli se da cuenta de que está vendido. Seguro que piensa por qué se dejaría convencer para hacer aquel atentado por un imbécil ("serás un lobo solitario") sin que la organización le proporcionara una puñetera pistola. Parece ridículo, pero esa mañana había cogido la de juguete de uno de sus hijos, solo que la dejó olvidada en la furgoneta, junto al cuchillo.

El bombero, valiente, cae sobre él, lo derriba y lo inmoviliza. Sahli, en la comisaría, confesó como un bebé llorón. Acabó por suicidarse siete meses después, ahorcándose en su celda.

Como triste remate, aquella chapucera acción apenas ocupó espacio en los medios. Ese mismo día 26 de Junio de 2015, otros "soldaditos" del califato atacaron en Túnez a unos bañistas en la playa, en Somalia mataron a un retén de cascos azules y en Kuwait, a unos fieles que rezaban en la mezquita. Geografía del horror.

En su lamentable búsqueda de méritos, los yihadistas imaginan relatos con mártires entregados a la causa. Pura mitología. Olvidaos de hazañas intrépidas y gestos heroicos. Retorciendo los preceptos de la religión del Corán, el terrorismo islámico sólo abunda en dolor y razones incomprensibles, venganzas y existencias frustradas. Esta historia que cuento -una de tantas que podría contar- es fidedigna. ¿He sido bastante descriptivo? No conviene que el somnoliento Occidente se equivoque: así matan los que matan por Alá.

Así mueren para nada.

Ignacio Monar García es profesor de instituto de Filosofía, laico agustino en la Fraternidad del Monasterio de la Conversión y miembro de escritores.red.

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