Martes, 23 de julio de 2024

Religión en Libertad

¿Qué belleza salvará al mundo?

Un excursionista contempla la belleza de las montañas.
La belleza de la Creación es la primera que se nos muestra a los ojos y al alma, porque nos habla de la belleza del Creador. Foto: David Marcu / Unsplash.

por Álvaro Fernández Texeira Nunes

Opinión

En pleno siglo XXI, la pregunta de Dostoievski sigue en pie. En lo personal, estoy seguro de que la belleza será parte -y parte importante- de la salvación del mundo. ¿Por qué? Dice Santo Tomás de Aquino que lo bello consiste “en una adecuada proporción, porque el sentido se deleita en las cosas bien proporcionadas” (Summa Theologiae, I, q.5, a.4). Y parece obvio que la salvación del mundo no puede provenir ni de la desproporción ni del desorden: el caos no es bello. Ahora bien… si la pregunta es “qué belleza salvará al mundo”, es porque debe haber distintos tipos de belleza.

La primer belleza en la que pensamos es la de la Creación, que está en la naturaleza. Basta levantar la vista en primavera para ver el estallido de vida y de color que se produce la llegada de los primeros calores; o en otoño, para admirar las mil combinaciones de verdes, amarillos, naranjas y rojos con que se visten las copas de los árboles. Solo basta sacar la mirada del celular y dirigirla hacia la naturaleza… ¡hacia las estrellas! En algunos lugares se podrá mirar hacia las montañas, y en otros, hacia el mar… En todos lados impresiona la grandiosidad y belleza de la creación, desde el pico más alto hasta la fosa más profunda, desde el gran elefante hasta el pequeño escarabajo.

También existe una belleza “creada” por la inteligencia y la habilidad del hombre. Las auténticas obras de arte -desde una catedral gótica, hasta la Pietà de Miguel Ángel o una sinfonía de Mozart o Beethoven. El buen arte siempre es la creación de un hijo del Creador...

El propio hombre también posee su belleza: a veces física, a veces espiritual. Esta última, con frecuencia se refleja en los ojos y en la sonrisa de las personas. Todos hemos sido testigos, seguramente, de que hasta el rostro menos agraciado se embellece cuando sonríe. Pero… ¿cuándo sonríe la gente? Cuando es feliz. ¿Y cuándo el hombre es más feliz? Cuando está en estado de gracia.

Parece obvio, por tanto, que si bien toda belleza contribuye a la salvación del mundo -la belleza de la naturaleza, creación de Dios y la belleza del arte, creación del hombre-, la belleza más elevada es la del hombre en estado de gracia: es la gracia de Dios, por tanto, la belleza que a nuestro juicio, salvará al mundo.

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