Miércoles, 30 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

María, Madre de la Iglesia


por Álvaro Cárdenas

Opinión

Hoy la Iglesia celebra la preciosa memoria de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, instituida en 2018 por el Papa Francisco

¡Gracias, Santo Padre, por este precioso regalo que nos ha hecho! 

Esta memoria nos recuerda que la maternidad divina de María se extiende, por voluntad del mismo Hijo de Dios, a toda la Iglesia, y en ella a toda la humanidad.

Durante toda su vida María se asoció plenamente a la obra redentora del Salvador. En la Anunciación permite al Señor entrar en la historia para realizar la salvación de los hombres. En el momento cumbre de la Redención, permanece íntimamente unida al Sacrificio Redentor del Hijo de Dios, nuestro Salvador, y con sus dolores al pie de la cruz participa en la entrega del Hijo y en nuestra redención: "Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre" (Jn 19, 25).

En el momento en el que el Hijo de Dios está dando a luz a la nueva Creación, con su palabra creadora, crea la maternidad de María sobre toda la humanidad: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19, 26). A continuación crea la filiación respecto a ella de todos los redimidos: "Hijo, ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 27). A la entrega de este don, el discípulo amado responde con una inmediata acogida: "Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa" (Jn 19, 27).

Desde entonces, por voluntad divina, María cuida de cada discípulo de Cristo y de cada hombre. También desde entonces, nuestro Señor pide a cada discípulo suyo que se vincule e ella por una auténtica relación filial, recibiéndola, como lo hizo el apóstol San Juan, como madre.

Tras la resurrección del Señor, María permaneció íntimamente unida al grupo de los discípulos de Cristo, como miembro singular y eminente de él. Ella era la Madre de la Comunidad. 

Como corazón de la Comunidad, María permaneció unida a ella en oración, en la espera de la venida del Espíritu Santo. 

Desde entonces, María ha ocupado siempre en el corazón de los discípulos de Cristo un lugar eminente. 

Ella es contemplada por nosotros como verdadera Madre y a ella recurrimos filialmente como verdaderos hijos.

Te invito en este día a renovar tu consagración a la Virgen, a encomendar a ella especialmente al Papa y a nuestros pastores, y a implorar su intercesión por la unidad de la Iglesia. 

Marcelo Van (1928-1959), religioso redentorista vietnamita muerto en un campo de concentración comunista.

En esta fiesta, y como epílogo del mes de mayo que acabamos de concluir, os hago llegar esta preciosa oración que el pequeño Marcelo Van dirigió a nuestra Madre del Cielo, justo antes de abrazar la vida religiosa.

En ella expresa toda su confianza filial y su abandono total en ella. 

Estoy convencido de que es para todos los hijos de la Iglesia un precioso modelo de entrega filial a nuestra Madre y de abandono total en ella.

Madre del total abandono, me entrego a ti sin reservas.

Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.

¡Feliz día de María, Madre de la Iglesia!

Oración de Marcelo Van

¡Oh, Madre querida! He conseguido atravesar una batalla terrible. He dado un primer paso difícil en el camino al que Jesús me llama.

Pero ¡oh Madre!, esta noche he sentido lo débil y lo al límite de sus fuerzas en que se encuentra mi alma. Frente al largo camino que me queda por recorrer, me encuentro sumamente triste de no sentir más que temor y disgusto. Desconozco si tendré la valentía de continuar hasta el final, o si conseguiré tener al menos alguna victoria…

¡Oh Madre! ¡Cómo sufro en mi corazón!

Sin embargo, ¡oh Madre querida!, me abandono completamente a ti. Contigo me atrevo a afirmar que iré hasta el final y que estoy completamente decidido a triunfar…

Hoy, bajo los tristes rayos del crepúsculo y con los ojos llenos de lágrimas, no sé qué palabras usar para agradecerte toda la solicitud que has tenido conmigo al cuidarme. Pequeñísimo y enclenque como soy, no tengo para ofrecerte más que mis heridas y mis lágrimas en testimonio de amor y de gratitud por toda la protección que me has otorgado en este temible combate.

¡Oh María, Madre mía!, recibe mi corazón. Te suplico que de ahora en adelante no te apartes nunca de mí, pues en tu mirada se encuentra la fuerza que me conducirá a la victoria. Tú eres, ¡oh Madre!, el baluarte de mi refugio, el remedio a mis heridas y la enfermera cuyas manos están siempre listas para curar las llagas de mi corazón y enjugar mis lágrimas.

¡Oh María!, lo único que puedo hacer es mantener siempre la mirada fija en ti, y confiarme a tu protección.

Pincha aquí para saber más sobre el hermano Marcelo Van.

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