Jueves, 22 de octubre de 2020

Religión en Libertad

España y los derechos humanos


por Pedro Trevijano

Opinión

Este martes, 10 de diciembre, se cumplen setenta y un años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU. En 1968, con motivo de su vigésimo cumpleaños, San Pablo VI decía: “Este precioso documento ha sido presentado a toda la humanidad como un ideal para la comunidad humana”. Personalmente le estoy muy agradecido porque me ha permitido tener ideas claras en muchos puntos y me ha dado argumentos muy útiles en las discusiones y polémicas que he tenido.

La actitud de amor y respeto al prójimo es una actitud básica en el cristianismo. Ya en el Antiguo Testamento, el Decálogo (Ex 20,2-17 y Dt 5,16-21) en la mayor parte de sus preceptos expone una moral natural de respeto al prójimo. En el Nuevo Testamento se insiste en el precepto del amor (Mt 22,34-40), actitud que se concreta en las Bienaventuranzas y en las inolvidables frases de Mt 25,35-36: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, preso y vinisteis a verme”.

En el ámbito civil, esta Declaración es una auténtica Constitución de Constituciones, como reconoce nuestra propia Constitución en su art. 10-2. En su preámbulo se afirma que el reconocimiento de la dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana y de sus derechos iguales e inalienables constituye el fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo. Con ella no sólo las legítimas reivindicaciones de la libertad individual, sino también las de la justicia económica y social pueden ampararse en un texto concreto y de alcance mundial.

Ahora bien, ¿cuál es la situación de los derechos humanos en España en estos momentos? Mi experiencia y la de muchas personas con las que hablo es de una gran preocupación. Las ideologías relativista, positivista, marxista y de género son las que dominan y mandan en nuestro país, aunque no seamos precisamente el único donde sucede esto. En nombre de lo políticamente correcto, los así llamados nuevos derechos humanos que son contradictorios con los verdaderos derechos humanos, los de la Declaración Universal, son los que imperan actualmente.

Benedicto XVI, en su exhortación apostólica Sacramentum Caritatis nº 87 nos presenta como valores fundamentales: “El respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables”. Es impresionante pensar que ninguno de estos valores, salvo la prohibición de la eutanasia, a punto de ser suprimida, son respetados en España, aunque nuestra Constitución diga a veces lo contrario, como sucede con la libertad de educación y el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones.

El objetivo de los nuevos valores y presuntos derechos no es otro sino destruir los valores tradicionales, y muy especialmente los religiosos, a fin de crear un nuevo tipo humano alejado de la fe y de lo que hasta ahora se consideraba sentido común. La religión, y en especial la católica, con su Ley divina y sus principios morales absolutos, obstaculiza la reducción de los imperativos de la vida a meras opiniones y por tanto es una seria dificultad para la secularización que se pretende por aquellos que manejan con su poder los hilos del mundo. La libertad de religión, de expresión, de conciencia, de educación quedan en consecuencia seriamente amenazadas, así como se intenta destruir el matrimonio, la familia e incluso la maternidad. En pocas palabras, se intenta imponer el totalitarismo del pensamiento único.

El cambio empieza por el propio lenguaje, porque manipular el lenguaje significa poder manipular la realidad. Como esta gente no tiene valores trascendentes, no cree en la diferencia entre Verdad y Mentira, y por eso nos hablan de posverdad, que es una manera fina y elegante de intentar tapar que nos están mintiendo descaradamente.

De todos modos, quiero terminar con una palabra de esperanza. El Bien, pese a todo, es más fuerte que el Mal y la venida de Jesús al mundo nos indica que el ser humano vale la pena.

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