Lunes, 26 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Urgencia para la Iglesia de un mandato de Cristo

Evangelizadores católicos en las calles de Dallas (Texas).
Evangelizadores católicos en las calles de Dallas (Texas).

por Clementino Martínez Cejudo

Opinión

No se puede cambiar el fin de una sociedad, porque se destruye. Ni se puede posponer a otro fin, aunque importante pero parcial, porque se distorsiona. El fin de una sociedad es la causa de su creación y la finalidad a conseguir.

La misión de la Iglesia

Dice el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: «La misión de la Iglesia es la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de salvación» (150). Cristo, pues, inaugura y predica el Reino de Dios en el mundo; y, terminada su misión, envía a los apóstoles que lo implanten en el mundo. «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de todos los tiempos» (Mt 28,19-20).

Pero ¿en qué consiste ese reino? Sencillamente, en que Dios reine en el mundo y en cada uno de nosotros. Cuando los apóstoles piden al Señor que les enseñe a orar, les dice: Vosotros orad así: «Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…» (Mt 6, 9-13). Dice que rueguen para que venga su reino y que se haga su voluntad en la tierra igual que se hace en el cielo, es decir, que reine en la tierra como en el cielo. Se trata de un reino muy diferente a los de este mundo, es un reino en el que Dios quiere que, por medio de la redención de su Hijo, todos nos convirtamos en sus hijos y reine por el amor.

La misión de la Iglesia, siempre presente

Ni desde la Escritura, ni desde la Tradición cabe duda posible sobre la misión de la Iglesia.

No obstante, en estos momentos, para algunos, tanto en los hechos como en las palabras, aparece como si fuera otro diferente. Si toman ciertas revistas religiosas (no específicas del tema), verán como de modo reiterativo su información se centra en lo que hace Cáritas en su diversos aspectos: el dinero que generosamente ha recibido, las comidas que ha repartido en el mes, los pobres que ha socorrido, los voluntarios que tiene determinada parroquia y así otras muchas obras de este género. A su lado se encontrarán con declaraciones o manifiestos a favor de los derechos humanos. Seguidamente, hablará de los alumnos que se forman en las escuelas concertadas. Para terminar diciendo lo que ahorran al Estado con estas actuaciones. Si se trata de revistas de misiones, hablarán de los niños que tienen en sus escuelas y los alumnos que tienen en formación profesional; de los sondeos de agua potable, de la emisora que pueden escuchar en un radio de equis kilómetros. Idéntico mensaje recibirán, si escuchan ciertos medios de comunicación de la iglesia.

Lo que digo no es de este momento tan especial del coronavirus, sino que viene repitiéndose desde largo tiempo atrás; si así fuera, aunque nunca se ha de olvidar la predicación directa del Evangelio, sería comprensible.

Parece como si desde una exégesis más avanzada el mandato primordial de Cristo no fuera “Id, predicad el Evangelio”, sino “Id y dad de comer a los pobres, defended los derechos de los oprimidos”. Si las cosas fueran como aparecen en esos medios, habría que concluir que se trata de una ONG maravillosa.

Podrán replicar que también está clara la voluntad del Señor cuando reiteradas veces, de un modo o de otro, nos dice: «Amaos los unos a los otros (….)», y que la caridad, en el examen del Juicio Final, aparece como punto de referencia. Pero la caridad no se reduce a remediar las necesidades materiales del prójimo, ni la justicia a defender los derechos de los oprimidos. Las obras de misericordia no son siete, sino catorce, las siete corporales y la siete espirituales, y la justicia implica un campo mucho mayor.

También podrían recordarme el dicho de “Primero pan y después catecismos”. Pienso que sería mejor que se dijera: “Primero pan por Dios y con Dios y después catecismo”. Porque cada acto de caridad debe nacer del amor a Dios y debe dejar traslucir a Dios. Si bien debe quedar desterrada la más ligera sombra de proselitismo, porque sería lo más deleznable y mezquino unir caridad con proselitismo. “Dios hace llover para buenos y para malos”; no hace distinción. La libertad no puede comprarse a ningún precio y menos a este.

Asimismo podrán objetar, y con razón, que no sólo hablan de esto. ¡No faltaba más! Pero la reiteración en este sentido es tan amplia, y la carencia de información en el sentido de la predicación directa del Evangelio tan corta, que, como mínimo, deja muy extrañados. Debemos actuar de tal forma que hasta los no creyentes puedan comprender que la Iglesia no sólo hace caridad y se opone a la injusticia, sino que es eso, pero mucho más.

La caridad es una consecuencia del concepto de hombre que nace del Evangelio: que todos somos imagen de Dios y llamados a ser hijos suyos. Si se pierde esta perspectiva, la caridad se queda en simple solidaridad; buena, pero sin que llegue a la altura de la caridad. Y el concepto justicia, si bien nace de la dignidad del hombre en sentido natural, es dignificado eminentemente por el Evangelio.

El Evangelio en su integridad y rectamente interpretado

El Evangelio del reino que predica Cristo no se puede recortar, ni se puede interpretar desde una frase o frases concretas, sino desde la totalidad y con el discernimiento debido; en último término, el de la Iglesia. Y este es el que manda predicar a los Apóstoles y, con ellos, a sus sucesores en la Iglesia de todos los tiempos. Este es el que nos enseña el catecismo; que, aceptado y vivido, hace que se cumpla la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo.

Pero la experiencia nos dice que, con la mejor voluntad, pero equivocadamente, con frecuencia lo recortamos y lo interpretamos subjetivamente. Unas simples preguntas: ¿Cuándo se habla de la gracia y de su reverso el pecado? ¿Cuándo de los sacramentos, de su conveniencia y, en su caso, necesidad? ¿Cuándo de los novísimos? ¿Cuándo de lo que exigen algunos mandamientos? No lo recortemos, ni hagamos la interpretación que nos gusta. El Evangelio es “de” Cristo.

Desde este modo equivocado de proceder, hemos reducido la pobreza a la pobreza material y a los pobres los hemos declarado bienaventurados, simplemente, por carecer de los bienes materiales necesarios. No hay duda que estos pobres son los primeros en su atención caritativa material y, en cierto modo, en su disposición para aceptar el Reino; pero hay una pobreza mayor, la de carecer de fe o vivir sin Dios. De aquí la perentoria necesidad de la predicación en su integridad y sin subjetivas interpretaciones.

Qué bien lo entendieron tantos y tantos misioneros a través de los siglos.

Cáritas, un deber inaplazable de cada día

Pero a nadie le pase por la cabeza que estoy en contra ni de Cáritas ni de cualquier otro modo con el que se ejerce la caridad. ¿Cómo iba a estarlo si he dicho que es consecuencia del mensaje evangélico? Me alegro y me alegraré de todo cuanto el corazón cristiano se exprese en este sentido. Es más, sería muy cristiano que, mientras trabajamos para que se imponga la justicia y los bienes se reparten con equidad, fuéramos capaces de dar cada uno según nuestra posibilidad en favor de los hermanos necesitados.

Lo que digo es que la caridad, ayuda material, no puede ponerse como si fuera la finalidad de la Iglesia. Que no puede convertirse en pura acción material. Que su admirable e inmensa obra no puede usarse como medio de conseguir del Estado algo que se debe por justicia. Y, algo muy importante: que no puede servir para dejar un tanto en penumbra el mandato del Señor de «Id y predicad…».

Lo digo, sobre todo, porque no veo equiparación entre las noticias de acción caritativa y de apostolado de transmisión directa del Evangelio.

Con ello, tampoco olvido la acción de algunos movimientos y entidades de la Iglesia, que, en este sentido, son admirables, así como otros medios de comunicación.

También tengo presente que cada semana, los domingos, se predica la homilía. Si se prepara bien, puede dar frutos extraordinarios; aunque hoy día es insuficiente, porque la mayoría no la va a escuchar.

Pero ¿qué se hace, además de esto, a nivel de parroquias o de diócesis? No veo noticias de relieve. ¿Dónde ha quedado la Nueva Evangelización? Ya, ni se habla de ella. Y, sin embargo, cada día sigue siendo más necesaria.

La Predicación, una prioridad

La prioridad de la acción caritativa en relación a la evangelización solo tiene cabida allí donde de momento no haya otra posibilidad; y este no es aquí el caso. «El medio principal de esta implantación (la implantación de su reino) es la predicación del Evangelio de Jesucristo. Para anunciarlo, el Señor envió a sus discípulos al mundo entero…» (Concilio Vaticano II, decreto Ad Gentes, 6 § 3). «Si bien «a veces, se presentan circunstancias tales que durante un tiempo no existe la posibilidad de proponer directa e inmediatamente el mensaje evangélico; entonces, ciertamente, los misioneros pueden y deben, con paciencia, prudencia y al mismo tiempo con gran confianza, ofrecer, al menos, el testimonio del amor bienhechor de Cristo y preparar los caminos al Señor y hacerlo presente de algún modo» (ídem, 6 § 5).

San Pablo lo expresa con toda claridad: «Todo el que invoca al Señor será salvo. Ahora bien, ¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? y ¿cómo anunciarán si no los envían? Según esta escrito: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!» (Rm 10, 13-15). «El hecho de predicar no es para mi motivo de orgullo. No tengo más remedio y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» (1ª 9, 16). En el momento de la creación de los primeros diáconos, los apóstoles distinguen claramente y ponen de manifiesto la exigencia primera del evangelio (Hch, 6).

Al estilo del papa Francisco

La sensación que da nuestra Iglesia en España -espero que sólo sea la mía y equivocada- es, sencillamente, triste, de acedia llorona, sin pulso, sin decisiones. Aparece como acorralada entre la situación política y el ambiente laicista. Por eso, cuando leo la noticia de lo que hacen los católicos chinos en Valencia en y desde su parroquia de Nuestra Señora de Sheshan, me lleno de alegría. Sus fieles «reciben una formación religiosa en la fe y la vida cristiana para que puedan dar razón de su fe». «Un grupo de unos cuarenta fieles (…) va a lanzar una iniciativa para ´evangelizar a pie de calle´. Por un lado, a chinos no católicos. Pero también a todo tipo de personas no creyentes o alejadas de la Iglesia, a quienes quieren ´acercar a Jesús y llevar su testimonio de fe´». Y «dan este paso porque sienten la necesidad de hacer ´algo bueno por la Iglesia, por los demás y mejorar su espiritualidad‘…». Por fin, como no podía ser de otra manera: «Desde el punto de vista material se movilizaron para entregar 60.000 mascarillas a hospitales y fuerzas del orden de Valencia, así como 600 trajes de protección que adquirieron en China y enviaron a Madrid». Todo esto me llena de alegría, vuelvo a decir, pero me vienen a la memoria las palabras del Señor: «Vendrán de oriente y Occidente…»

Estoy seguro que también entre nosotros hay más de lo que aparece, ¿cómo no? Pero, ¿por qué no se da a conocer para que sirva de ejemplo? Podría estimular y, en su caso, imitar. La encomiable acción de Cáritas, Manos Unidas y actuaciones en otros campos como la enseñanza no puede servir de coartada para cruzarnos de brazos y quedar tranquilos, recurriendo a que es muy difícil hoy un apostolado directo. La dificultad no es la imposibilidad. Tenemos que despertar, tenemos que reaccionar, tenemos que dejar a un lado muchas cosas que parecen importantes y no lo son. Si no lo hacemos, seremos responsables de una descristianización creciente.

Tomemos como ejemplo al Papa Francisco. No hay situación de necesidad en el extenso mundo sin que responda su corazón afectiva y efectivamente. Pero no por eso olvida el mandato del Señor de “Id y predicad el Evangelio…”. No hay día sin su palabra, ni camino cerrado a su celo.

Finalmente, cuando presentemos el bien social que supone la acción social de la Iglesia, tengamos en cuenta que los Estados, sobre todo si tienden al estatismo y son muchos, preferirían que fuera cosa del Estado. En cuanto a la enseñanza, recuerden cómo un día se cerraron cantidad de centros de enseñanza en España, por más que se necesitaran. No olviden aquello de: “Todo dentro del estado, nada fuera del estado, nada contra el estado” Estas ideas no son únicamente de aquel dictador concreto, sino de muchos que se proclaman demócratas.

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