Martes, 18 de junio de 2024

Religión en Libertad

El nonato y sus padres en el aborto

Mujer triste tras una ventana en la que apoya la mano.
La mayor parte de las madres que abortan a su hijo presentan el síndrome post-aborto, e incluso muchos de los padres que las inducen. Foto (contextual): Claudia Soraya / Unsplash.

por Pedro Trevijano

Opinión

Indudablemente, una de las cuestiones más discutidas en buena parte del mundo es la cuestión del aborto provocado, es decir perpetrar la muerte del óvulo fecundado, embrión o feto dentro del seno materno, lo que mientras que para unos, como declaró la Iglesia católica en el Concilio Vaticano II, es “un crimen horrible” (Gaudium et Spes nº 51), para otros es un derecho incuestionable de la mujer. Hoy simplemente hablaremos de algunos protagonistas implicados en él: el nonato y sus padres.

El derecho a la vida es el derecho humano fundamental, hasta el punto que todos los demás derechos se apoyan en él. La finalidad natural, primaria y principal de la medicina y del progreso científico-técnico es la defensa y la protección de la vida, no su eliminación.

La Declaración de Derechos Humanos de la ONU de 1948 dice que “todo individuo tiene derecho a la vida” (art. 3), derecho que se tiene por el mero hecho de existir, mientras que la Declaración de Derechos del Niño aprobada por la ONU el 20 de noviembre de 1959, dice en su preámbulo que el niño “tiene necesidad de una particular protección y de cuidados especiales, incluida una adecuada protección jurídica, sea antes que después del nacimiento”. Y es que si no estoy vivo no necesito para nada los demás derechos.

Es indudable que la gran cuestión en torno al aborto es la siguiente: cuando se destruye un embrión o un feto, ¿lo que se destruye es un ser humano, sí o no? Si lo que se destruye es un ser humano, estamos ante un crimen, si lo que se destruye, aunque sea un ser vivo, no es un ser humano, a eso no le podemos llamar crimen. Está claro también, que desde hace unos cuantos años la Medicina está realizando enormes progresos en el conocimiento de lo que sucede antes del nacimiento. Los avances científicos, como la genética o las ecografías, confirman cada vez más que el aborto es un crimen. Algunos de estos avances son claros hasta para un profano en la materia: muchos padres y abuelos llevan en sus móviles la foto de la ecografía de sus hijos y nietos, a los que les falta todavía bastante para nacer. Pero no es sólo por las ecografías. Los avances científicos médicos van todos en la misma dirección. En el Manifiesto de Madrid de 2009, encabezado por científicos de la talla de Nicolás Jouve y César Nombela, varios miles de intelectuales españoles se pronunciaron sobre que la vida empieza en el momento de la fecundación.

Es indiscutible que el más afectado por el aborto es el propio nonato. Con respecto a él, lo que le sucede en el aborto es muy simple, sencillamente es asesinado. El instinto de vivir es uno de los más fuertes del ser humano, y lo poseen también los niños en el seno materno, a los que se ve en las filmaciones de abortos intentando huir de los instrumentos letales.

La otra víctima del aborto son las madres, las mujeres que han abortado. Debo decir que desconozco, o al menos nunca me he encontrado con él, el caso de la mujer que haya quedado traumatizada y con serias consecuencias psíquicas como consecuencia de no haber abortado, mientras que por el contrario he tenido que enfrentarme muchas veces al drama y a la tragedia de las personas, generalmente mujeres, pero algunas veces también hombres, que han quedado traumatizadas y han visto deshecha su vida como consecuencia del aborto.

Es evidente que el sentido de culpabilidad deja muy malas consecuencias en todos aquéllos que intervienen en un aborto, ya que el sentimiento de culpabilidad del aborto, al revés de lo que sucede en muchísimos otros pecados, que con el paso del tiempo se difuminan, hace cada vez más vivo su recuerdo, con sus consecuencias psíquicas de pérdida de autoestima, depresiones, angustias, trastornos de sueño, disfunciones sexuales, rechazo a quienes le han impulsado hacia él, gran aumento de los conflictos de la pareja, de la violencia doméstica y del consumo de drogas, así como una fuerte propensión al suicidio, lo que no es extraño porque el aborto es una de las grandes tragedias de la humanidad.

En el varón su participación en el aborto tampoco queda sin consecuencias: se inhiben sus capacidades constructivas, deja con frecuencia de practicar sus aficiones predilectas, como el hacer deporte, y es muy fácil que se vean afectadas sus relaciones laborales y, sobre todo, con su pareja. En cuanto a los padres, se tienen que sentir muy molestos y ofendidos si el aborto se realiza contra su voluntad, pues es muy serio que no se tenga en cuenta su opinión en una cuestión de vida o muerte que afecta a su hijo. El padre, que es tan dador de vida como la madre, tiene todo el derecho a luchar por su hijo, incluso si la madre no quiere seguir con el embarazo y la ley no le ampara.

Ahora bien, si no quieren saber nada del asunto estamos ante unos sinvergüenzas e irresponsables. Y si están de acuerdo con el aborto, difícilmente evitarán sentimientos de tristeza, culpabilidad o remordimientos, no siendo raro que cualquier colaborador en un aborto, también él, experimente el síndrome post-aborto y problemas psicológicos como consecuencia de su acción.

En los matrimonios con hijos, el aborto es una amenaza psicológica contra los demás hijos. Los niños se ven perturbados al tener conocimiento de un aborto, pues les surge la cuestión de qué podría haberles sucedido a ellos, e incluso qué puede sucederles, si hubieran sido o fueran un engorro para sus padres.

Y dado que recientemente el Tribunal Constitucional se ha declarado en favor del aborto, recuerdo que no hace mucho oí un sermón en el que el cura decía que no se puede vivir como cristiano y luego votar como ateo. Como moralista no tengo la menor duda que quien vota a favor del aborto comete un pecado mortal objetivo y desde luego no me gustaría presentarme ante Dios con esa acción en mi conciencia.

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