Viernes, 22 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

¿De verdad te confiesas? ¿De verdad?


por Jordi-Maria d´Arquer

Opinión

Por cómo vive hoy mucho católico, ese que dice que cumple con su peculiar cumplimiento (“cumplo-y-miento”), y por la poca valoración (que es poca credibilidad) que tiene la confesión para muchos fieles y para tantos sacerdotes, ya se ve que ni unos ni otros cumplen y viven el sacramento. Y con ello, no cumplen ni con la Iglesia ni con Dios. Dada la naturaleza de la confesión, podríamos decir que ni con el ser humano. No obstante, reconozcamos que en muchos países hay un auténtico fervor por la confesión y reverencia del fiel para con el sacerdote.

El sacramento de la confesión es esto: un sacramento, eso es, “cada uno de los siete signos sensibles de un efecto interior y espiritual que Dios obra en las almas” (Diccionario de la Real Academia). Por el Catecismo sabemos que los sacramentos de la Iglesia son siete. Uno de ellos, es la confesión.

Tras el pecado, si llega el sentimiento de culpa reconocido y aceptado libremente y con él la contrición, viene la conversión. Gracias a ella, el alma en pena puede sanar la herida del pecado, para lo cual la Santa Madre Iglesia nos tiende la mano y nos ayuda “con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar” (Catecismo, n. 309). Lo sabemos bien: el mal es mal, y trae mal, genera mal.

Por eso Jesucristo instituyó la Iglesia (Mt 16,18), que, como administradora de los sacramentos como “fuerzas que brotan” de la fuente divina (Cfr. Lc 5,17; 6,19; 8,46), debe perpetuar sus enseñanzas y prácticas: “Lo que ates en la Tierra, quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la Tierra, quedará desatado en el Cielo”, le dice Jesucristo a San Pedro al nombrarlo cabeza de la Iglesia (Mt 16,19). De hecho, “la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros, ha sido enviada para anunciar y dar testimonio” (Catecismo, n. 738).

Uno de los siete sacramentos de la Iglesia es la confesión. Agarrados ya a su mano, nos confesamos y cumplimos la penitencia. Eso supone no solo el arrepentimiento, la llamada contrición, que ya hemos sentido, sino, además, el propósito de enmienda, de no volver a pecar. Es ahí donde decaen muchos ánimos y otros se alimentan con el “ya me he confesado”, y por tanto, ancha es Castilla. Queda la satisfacción del pecado a pagar y la lucha ascética de no recaer en el pecado. Porque queda pagada la culpa con el cumplimiento de la penitencia, pero a sufragar la pena durante toda la vida y posiblemente en el Purgatorio. Nadie es santo al cien por cien. Solo Dios es Santo: tres veces Santo: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Cfr. 1 Sam 2,2). Si no hay confesión y permanece el pecado, la posibilidad es también el Infierno.

Ya renacida el alma del cristiano en el sacramento del perdón, su crecimiento espiritual –si hay lucha ascética- va marcando un avance in crescendo, de manera que el alma tiende a la perfección de la vida espiritual del Cielo.

A causa de ese in crescendo, que puede ser más lento o más rápido según la lucha y la gracia de Dios, el perdón global y, con él, la limpieza de nuestra alma, puede ser sostenido especialmente por la reiteración en la penitencia y la renovación del sacramento, con nuevas confesiones: la llamada y muy estimada confesión frecuente. (Pues no dejamos de ser pecadores, pero no porque el perdón de lo confesado no esté ya obtenido: el alma vive ya en amistad con Dios).

Hemos sido perdonados, con la confesión del pecado una sola vez, si no reiteramos en ese pecado. Digamos que el alma va limpiándose, aunque quedan manchas, consecuencia de nuestra culpa y de la propia naturaleza humana, que es una raza caída desde el primer mordisco de la manzana de Eva, cuando junto con Adán rompieron la bondad intrínseca de la Creación.

Somos pecadores porque pecamos. Es por eso que Jesucristo instituyó el sacramento de la confesión tras haber resucitado. Al despedirse de los apóstoles poco antes de su ascensión al Cielo, les confía: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes les retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,22-23). La Iglesia custodia esa herencia, y nosotros podemos disponer de ella. Solo nos hace falta amor. De verdad.

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