Domingo, 01 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Del vacío a la norma

Para las personalidades «líquidas», la norma es la conducta y la conducta es la norma. Pura hipocresía. Imagen: Llanydd Lloyd / Unsplash.
Para las personalidades «líquidas», la norma es la conducta y la conducta es la norma. Pura hipocresía. Imagen: Llanydd Lloyd / Unsplash.

por Jordi-Maria d´Arquer

Opinión

Todo lo que crece torcido precisa de una estaca que lo enderece lo más posible; pero nunca será lo mismo: el codo persistirá. Por tanto, resultarán pequeñas o grandes chapuzas, más o menos vistosas, más o menos gritonas. Hasta el punto de que una persona de tal modo puede llegar a tener una personalidad autocáustica de sentimientos ambivalentes (por más que ella no lo vea), que son aquellos incluso contradictorios que conviven en una misma personalidad (por tanto, enferma y enfermiza).

Entonces, ese pelele desprovisto de fuerza de voluntad pasa a ser ciegamente omnivalente, es decir, que quiere serlo todo, en todas partes y de todas las maneras. Puesto que serlo todo es una contradicción en los términos que no puede existir en la Naturaleza (es decir, en las cosas creadas), y fuera de ella o englobándola, solo se da en Dios creador, el resultado, pues, es una persona títere de todos y palomina, con la cual cualquiera puede hacer lo que le venga en gana, mientras lo haga (claro está) de manera velada y subterfugia.

Al igual que toda persona polichinela, no hace caso de los avisos de las buenas personas de a pie que saben de la vida, para pasar a seguir y perseguir ciegamente a los grandes líderes de esta sociedad planetaria corrupta y descreída, que pretenden hacerse con el control del poder universal, a los cuales tiene en un pedestal, ése que ellos se han construido para parecer más de lo que son. De nadie más que de ellos procura atraer la confianza. Aunque de “los otros” (“esa” chusma), sí procura interés y reconocimiento… devolviéndoles una cínica sonrisita cómplice como contrapartida (¡en eso se anda el negocio!).

Pero llega un momento en que, una vez votados y apoyados por tan infelices peonzas, nadie más que unos pocos elegidos entre la casta superior serán los que tendrán entrada en la semiintimidad aguada que se aviene a compartir la tal fútil personalidad resquebrajada: rota y rompedora. Serán aquellos engendros que deje penetrar en su realidad ficticia, que, como es mayoritariamente falsa, bien poco hay en ella para compartir con sinceridad y bonhomía.

Por este motivo, sus relaciones serán siempre –como son ahora- tan volátiles y volubles que tendrán una capacidad exigua de difícil compartir con aquella clase de colegas sucedáneos en el mundo de la modernidad líquida, es decir, “aquellos con quienes te apetezca hacer lo que te salga, mientras dure la gresca”. -"Después, ya no, ¿eh? ¡Yo, a lo mío!"

La cosa se complica, porque esa personalidad contradictoria y contradicha tiene sus consecuencias indirectas y, además, bien directas. La primera de todas, en la que nos centramos, es la de la identidad (en realidad, no es extraño que así sea, tratándose de un ser cosmopolita como ella). Como explico en mi artículo de ForumLibertas “Joan Sin Nombre”, ¿qué sentido tiene, entonces, el propio nombre? Me refiero a la marca con la cual una persona se identifica en sociedad; el nombre de pila, para entendernos. Lo que sí puede llegar a tener esta persona líquida es muy “buen nombre”, aquel que sirve para atribuirse éxitos según la mirada del mundo (o de su mundo, para ser más exactos). Aclaremos: buen nombre entre “ellos”.

Puesto que -según miran y ven- todo es ambivalente, y por tanto, ambiguo, la manera de hacer en sociedad de estas personas es creciente y altamente radical y disruptiva (palabreja de moda que ese ser sonámbulo se achaca, orgulloso, a sí mismo). ¡Y no queda todo ahí! Tarde o temprano, se crea y se procrea en su interior un vacío existencial. Así que, como sucede con todo en “este” “su” mundo, para permitir un buen funcionamiento creador y creativo (si podemos llamarlo así) de los suyos con la masa social (que resulta ya inevitable), llega el momento en que la norma es la conducta y la conducta es la norma. Puro fariseísmo.

“El resultado es una mentalidad normativa con énfasis en el cambio más que en la permanencia -en el compromiso provisorio más que permanente (o 'sólido')-, que puede dirigir a la persona hacia la prisión de su propia creación existencial” (citando a  Adam Phillips y a Richard Brown sobre un concepto original de Zygmunt Bauman).

Y así estamos. En un cambio de era que pronto eclosionará en sorpresas para todos.

Publicado en Forum Libertas.

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