Martes, 18 de junio de 2024

Religión en Libertad

Vale la pena esperar

Dos jóvenes abrazados.
Debemos recuperar y aceptar la sabiduría contenida en las enseñanzas perennes de la Iglesia: nos conducen al cielo y nos deparan, en este mundo, una vida mucho más plena y feliz. Foto (contextual): Lauren Richmond / Unsplash.

por Angélica Barragán

Opinión

La llamada revolución sexual con sus nocivas ideas, apoyadas y difundidas arteramente por los grandes medios de comunicación, provocó la inversión de la moral sexual. Las virtudes de la pureza y la castidad fueron calificadas de represiones antinaturales perdiendo, rápidamente, su brillo y estimación en una sociedad que, casi sin darse cuenta, fue desligando la sexualidad de toda norma religiosa, del fin de la procreación, de la institución del matrimonio y hasta del lazo afectivo.

Así, en unas cuantas décadas, las relaciones prematrimoniales entre adultos se fueron “normalizando” a tal grado que hoy en día son ampliamente aceptadas, aun dentro de la mayoría de los círculos conservadores. Dado que la convivencia íntima es vista como el paso natural de una pareja estable para “enriquecer” su relación y “evaluar su compatibilidad” antes de comprometerse en matrimonio.

Lo paradójico de esto es que la promoción de las relaciones prematrimoniales a fin de tener, algún día, un matrimonio estable y feliz (que es lo que varias parejas desean) sigue un patrón equivocado que, en lugar de dirigirse al éxito se dirige rápidamente al fracaso. Ya que las relaciones íntimas crean un estrecho vínculo emocional de apego y enamoramiento que suele confundirse con el amor. Mas, a medida que pasa el tiempo, el entusiasmo y la emoción intensa (resultado de la atracción física) va disminuyendo al tiempo que las desavenencias van aumentando.

Varios estudios (Journal of Family Psychology, Brigham Young University, Journal of Marriage and Family) han encontrado que tener varias parejas sexuales antes de casarse afecta negativamente el nivel de felicidad y de estabilidad matrimonial.

Asimismo, de acuerdo con una investigación realizada por el Instituto de Estudios de la Familia, los psicólogos Galena K. Rhoades y Scott M. Stanley descubrieron que las mujeres que tuvieron relaciones sexuales prematrimoniales con alguien que no es su marido reportaron sentirse mucho menos felices con su matrimonio que aquellas que no tuvieron relaciones íntimas antes de casarse.

Y el sociólogo Jay Teachman demostró que tanto el sostener relaciones íntimas como el vivir juntos antes del matrimonio aumentaba la probabilidad de divorcio entre un 28% y un 109% por ciento, dependiendo de las circunstancias.

Además, se observó que, si una pareja tiene relaciones prematrimoniales al principio de su relación, ésta tiene una mayor probabilidad de cohabitar y, con ello, una mayor probabilidad de no llegar al matrimonio o de divorciarse en caso de casarse. En cambio, las parejas que no tienen relaciones íntimas antes del matrimonio tienen mucho mayores probabilidades de tener un matrimonio estable y feliz.

La revolución sexual tomó el amor por bandera para ensuciarlo, desfigurarlo y reducirlo a un sentimiento egoísta que busca la gratificación inmediata a través de encuentros íntimos donde lo que brilla por su ausencia es el verdadero amor. Tanto que el cortejo y posterior noviazgo es cada vez menos frecuente entre los más jóvenes, que ven la sexualidad como un pasatiempo ignorando el alto costo que, más temprano que tarde, pagarán (deterioro de la salud física, de su salud mental y sobre todo espiritual).

No es casual que la promesa de placer y felicidad sin límites se haya trocado, en unas décadas, en una crisis moral sin precedentes (promiscuidad, infidelidad, divorcio, aborto y un largo etcétera) y hasta en una crisis de identidad (ideología de género), al negar las diferencias entre ambos sexos arrebatando, tanto al hombre como a la mujer, sus mejores cualidades, la virilidad y la feminidad respectivamente. Los errores de la revolución sexual están destruyendo a la sociedad, a las familias y por ende a los individuos.

Bien lo advertía, desde la década de los cuarenta, C.S. Lewis: “Actualmente crecemos rodeados de propaganda que nos incita no solo a no ser castos sino a no desearlo siquiera. Toda la propaganda contemporánea está dirigida a promover la lujuria y se dirige a hacernos sentir que los deseos a los cuales estamos resistiendo son tan 'naturales', tan 'saludables' y tan 'razonables' que es casi perverso y anormal resistirlos. Cartel tras cartel, película tras película, novela tras novela, asocian la idea de permisividad sexual con las ideas de salud, normalidad, juventud, franqueza y buen humor. Y esta asociación es una mentira. Como todas las mentiras poderosas, se basa en una verdad: la verdad de que el sexo en sí mismo (aparte de los excesos, obsesiones y demás que se han desarrollado en torno a él) es normal y saludable. La mentira consiste en la sugerencia de que cualquier acto sexual que te tienta en un momento dado es también saludable y normal. Esto, desde todo punto de vista, y totalmente separado del cristianismo, tiene que ser una sandez. Rendirse a todos nuestros deseos obviamente lleva a impotencia, enfermedad, celos, mentiras, ocultamientos y todo aquello que es lo contrario de la salud, al buen humor y a la franqueza. Cualquier felicidad, incluso en este mundo, requerirá una gran cantidad de restricción; así es que el reclamo que hace todo deseo, cuando es fuerte, de que es saludable y razonable, no cuenta para nada. Toda persona sana y civilizada debe tener un conjunto de principios por los cuales elige rechazar algunos de sus deseos y permitir otros” (Mero cristianismo).

En nombre del “amor” hemos aceptado y normalizado todo tipo de conductas sexuales, sin importar lo inmoral o perversas que éstas sean. Y los problemas no han disminuido. Al contrario. Por ello, debemos recuperar y aceptar la sabiduría contenida en las enseñanzas perennes de la Iglesia; éstas nos conducen al cielo y además nos deparan, en este mundo, una vida mucho más plena y feliz.

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