Miércoles, 01 de diciembre de 2021

Religión en Libertad

Dichosa vulnerabilidad

Un hombre anciano con muleta andando.
La vulnerabilidad no es sinónimo de imperfección: es una cualidad inherente al hombre que fundamenta su necesidad de comunión con los demás. Foto: Tom Prejeant / Unsplash.

por José F. Vaquero

Opinión

En español el adjetivo dichoso es un tanto ambiguo. Lo usamos tanto para cosas buenas, hermosas, agradables, como para expresar rabia, enfado, "mala suerte". Depende principalmente de la entonación y del contexto que rodean la afirmación. Y podemos hablar del dichoso cáncer o de las dichosas vacaciones. Incluso en muchas traducciones del evangelio aparece para calificar a los bienaventurados: "Dichosos los pobres de espíritu, los puros, los que lloran..."

Esta ambigüedad del término se aplica muy bien al múltiple modo de entender la vulnerabilidad. Si consultamos el diccionario, vulnerable es el que puede ser herido, en el cuerpo o en el alma. Y de hecho somos heridos, recibimos "ataques", cosas que nos molestan y nos incomodan: una enfermedad, una limitación, una palabra de incomprensión...

Nuestra sociedad ve la vulnerabilidad, en muchos casos, como una terrible maldición, de la que nos gustaría vernos libres. ¿Por qué no somos  perfectos, invulnerables, como parecen tantos conocimientos científicos? La perfección de la ciencia nos llama e hipnotiza, como el canto de las sirenas. Nos cautiva llegar a tan alto grado de perfección. Y nos consolamos pensando que, en breve, llegaremos a ese hombre perfecto. El posthumanismo y el transhumanismo se apoyan fuertemente en este pensamiento: la perfección tecnológica ayudará a superar las imperfecciones humanas; es más, las suplirá y vencerá, llegando al "hombre perfecto" al homo cyborg, una mezcla de máquina con ciertos rasgos humanos, cada vez más pequeños y más lejanos.

Sin embargo hay quien afirma que la vulnerabilidad es un aspecto constitutivo del ser humano, inherente a su mismo ser, y no tiene nada que ver con el terrible mal de la imperfección. Recientemente escuché al Dr. Vicente Bellver, gran conocedor del ser humano y de la Bioética, afirmar precisamente esto. Varios expertos estaban participando en un Ciclo de conferencias sobre Vulnerabilidad, Persona y Bioética organizado en Madrid por la Universidad  Rey Juan Carlos. Gracias a la vulnerabilidad, explicó este miembro del Comité de Bioética de España, nos damos cuenta de que la dignidad del ser humano va más allá de la posesión de ciertas capacidades o de la realización de ciertas actividades. El hombre es constitutivamente vulnerable, limitado, y ahí se manifiesta la realidad de su ser: necesitamos ser cuidados, crecer juntos.

Gracias a esa "debilidad" nos damos cuenta de que vivimos en comunidad, en comunión, y donde yo no puedo llegar, llega el que vive a mi lado. Y no sólo eso, sino que me ayuda a acercarme más a esa meta, que veía lejana. La comunión no es simplemente una circunstancia casual que nos rodea en el día a día, una mera colaboración externa. Es una unión tan fuerte que cambia toda nuestra vida.

Cuando se tiene presente esta positividad de la vulnerabilidad, mejoramos como personas, y obviamente se ven los efectos positivos. El Dr. Bellver explica como en España se ha tomado en cuenta este criterio a la hora de organizar la vacunación contra el covid. Y precisamente por eso, se vacunó en primer lugar a los más vulnerables, a los ancianos. Esta decisión ha traído como consecuencia que, en las sucesivas olas de la pandemia, la mortalidad y la saturación de los hospitales ha sido menor. Hacer las cosas bien, siguiendo principios éticos y humanos, tiene sus beneficios. Como toda decisión humana, no es tan perfecta y eficaz como nos gustaría, pero tampoco tan perversa como algunos pretenden afirmar.

En España hemos visto también grandes decisiones que han prescindido por entero de los más vulnerables, los enfermos, los ancianos, los débiles. Es el caso de la aprobación de la eutanasia, una clara discriminación entre los que tienen y los que no tienen, entre los que se creen mucho y aquellos a los que calificamos de "sobrantes", candidatos al descarte. El mismo principio  de la vulnerabilidad, escuchado u olvidado, tiene consecuencias concretas y muy dispares, para bien o para  mal.

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