Martes, 28 de enero de 2020

Religión en Libertad

La frustración de los hijos


Para el hijo es conveniente que, pese a la separación, los padres, o al menos el progenitor que se encarga de su educación, no tenga una nueva relación afectiva. Los hijos aprenden así con el ejemplo el valor de la fidelidad incondicional y del respeto a la palabra dada.

por Pedro Trevijano

Opinión

En su Discurso durante el Desayuno Anual de Oración, que tuvo lugar en Washington el 4 de Febrero de 1994, la Beata Teresa de Calcuta dijo: “Estaba sorprendida en el Oeste al ver tantos jóvenes, muchachos y muchachas, dándole a las drogas. Y traté de averiguar el por qué. ¿Por qué es así, cuando aquéllos en el Oeste tienen muchas más cosas que los del Tercer Mundo? Y la respuesta era: Porque no hay ninguno en la familia para recibirlos. Nuestros hijos dependen de nosotros para todo, para su salud, su nutrición, su seguridad, su llegar a conocer y a amar a Dios. Por todo esto, nos miran con confianza, esperanza y expectativa. Pero a menudo el padre y la madre están tan ocupados que no tienen tiempo para sus hijos, o quizá no están aún casados o han renunciado al matrimonio. Así los hijos se van a la calle y se involucran en drogas y otras cosas”.

Cuando se deja solos a los niños, cuando se les encomienda desde la más tierna infancia a cambiantes personas de referencia o van continuamente de uno de los progenitores separados al otro, como si fuesen niños pimpong que van de aquí para allá cada semana, con todo lo que significa ese trasiego para una personalidad que está aún en formación, o bien uno de ellos es prácticamente inexistente para el hijo que deja de verle, entonces los niños piensan que sus padres, sea verdad o no, no les quieren ni se preocupan de ellos, y ello repercute desastrosamente en su integración social, por lo que tienen mayores probabilidades de ser unos inadaptados, fracasar en los estudios y en el trabajo, y no lograr su madurez personal. El trauma vivido por los hijos de padres divorciados se prolonga a lo largo de los años y les dificulta para afrontar los cambios propios de la adolescencia, así como sus primeras relaciones amorosas, que se ven llenas de conflictos por temores derivados de la experiencia traumática. Peor todavía cuando lo que se pretende es despertar en ellos la desconfianza e incluso el odio hacia el otro progenitor.

Sabido es que las familias rotas son una de las principales causas de la delincuencia juvenil y que la probabilidad de estos jóvenes de drogarse, ser madres solteras en la adolescencia o divorciarse de mayores es muy superior a la media. Nada puede sustituir a la falta de amor, que también puede darse cuando uno de los padres busca de modo egoísta el afecto del hijo viciándole, sin comprender que el amor no se compra con regalos materiales.

Aunque los padres en muchas ocasiones se separan “porque no se entienden”, están obligados a entenderse en algunos temas de importancia como pueden ser los hijos, de los que siguen siendo ambos responsables, o las previsiones económicas. Por ello, en las separaciones los padres han de procurar ponerse de acuerdo en cómo educar a sus hijos, manteniendo en este punto unidad y ejercitando conjuntamente su autoridad paterna. Más que nunca en estas circunstancias los padres han de ser conscientes de que su obligación en justicia es buscar el bien del hijo, aunque esto signifique para ellos sacrificios y renuncias. Su fracaso como matrimonio debiera ser una razón más para intentar ser unos buenos padres, no a base de regalos o diversiones, sino transmitiendo valores, amor y una educación seria.

No es fácil la tarea a realizar con los hijos. Para evitar que sean hijos huérfanos de padres vivos, los padres deben evitar las discusiones delante de ellos, hacerles depositarios de sus rencores, o entrar en competición sobre cuál de los dos le quiere más, debiendo, por el contrario, lograr que el niño sepa y sienta que sus dos padres le quieren y comprenden y que ello no supone ceder a sus caprichos. Para el hijo es conveniente que, pese a la separación, los padres, o al menos el progenitor que se encarga de su educación, no tenga una nueva relación afectiva. Los hijos aprenden así con el ejemplo el valor de la fidelidad incondicional y del respeto a la palabra dada. Es claro que quien se encarga de la educación de los hijos debe intentar darles serenidad, paz y alegría, siendo muy conveniente pedir la ayuda divina, lo que no es obstáculo para que sepa defender sus derechos, especialmente en lo referente a la pensión alimenticia.

Por supuesto, no hay que impedir que sigan queriendo a su otro padre, pero, aunque es bueno que logren asumir lo sucedido, tampoco conviene, sobre todo a partir de cierta edad, darles la impresión de que todo es normal, que todo está bien así.

En todos estos casos pueden ser muy importantes los abuelos. También ellos sufren cuando ven cómo se destruye el hogar de sus hijos y nietos. Pero pueden ser un gran apoyo en la educación de sus nietos, dedicando una atención especial al hijo de su hijo o de su hija separados o divorciados, y ayudando en la medida de sus posibilidades a encontrar a Dios, descubrir valores, amar el bien y tomar decisiones correctas.

Tampoco olvidemos que cada vez son más los Centros de Orientación Familiar en las diócesis, en los que profesionales solventes, preferiblemente cristianos, pues la luz que aporta la fe es importante, pueden ayudar a resolver problemas aparentemente insolubles.

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