León XIV ante la falsa conciencia
Es la cínica rendición de la conciencia ideológica ante la conciencia antropológica.

Francina Armengol y Pedro Rollán, presidentes del Congreso y del Senado respectivamente, muestran valiosos libros a León XIV
El discurso del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados no dejó indiferente a nadie. Los políticastros que asistieron lo vitorearon con requiebros hipócritas. Los esquiroles que se ausentaron le repudiaron con banales ideologemas. Los periodistas sistémicos le recriminaron sus intromisiones en los depravados derechos de mentirijillas. Algunas voces conservadoras le sospecharon palanganero del globalismo, mientras que los acostumbrados éforos del progresismo le tildaron de rémora medieval. Toda una subasta de desvaríos acorde a los efectos psicotrópicos de las ideologías.
Un discurso puede hacerse desde la santa ira, o desde la solemnidad, y el contenido ser básicamente el mismo. Partiendo de esta premisa, es tarea más sencilla entender a León XIV, hombre para el cual la determinación no está reñida con la afabilidad, tal como la fuerza no precisa brutalidad. La historia de lo verdaderamente sagrado nos denota un poder psicológico insuperable; capaz de hacer enmudecer y postrar a la peor caterva de dignatarios. La sabiduría arcana de León XIV dejó boquiabiertos a todos los especímenes parlamentarios que se congregaron a escucharle. El último León de la Santa Sede también es enviado como cordero en medio de lobos (en este caso de hienecillas democráticas, infatuadas de derechos aberrantes). El repaso filosófico que propinó el Papa a sus señorías en las cuestiones por las que transitó fue digno de mención. Todos los diputados que se tienen por augures del lado correcto de la historia quedaron empequeñecidos ante la dialéctica papal. En el estilo de León XIV está el corregir fraternalmente y así rescató con dulzura lo que España había sido justo antes de someterse al lodazal impuesto por un régimen de partidos inicuo, chamarilero y estomagante.
El discurso tuvo como nota preliminar el reconocimiento de las jurisdicciones diferentes del poder divino y del poder político, pero sin pasar por alto la facultad de la fe católica para iluminar e inspirar en medio de la complejidad de las realidades terrenales. Envuelto en una aureola solemne ateniéndose a la doctrina social católica y haciendo un repaso por los elementos que caracterizan el ser más brillante de la historia de España, León XIV hizo implosionar todos los mantras del matrix del setenta y ocho. Entre otros asertos doctrinales:
-Refutó la libertad licenciosa y liberacionista, al exponer que ser libre, va más allá de liberarse de ataduras y de debatirse caprichosamente entre opciones, sino que consiste en caminar discerniendo hacia la búsqueda del bien.
-Colocó a la familia en el lugar que le corresponde como clave de bóveda de la comunidad política para edificar la educación, el civismo y los vínculos sociales.
-Priorizó el bien común en política frente a los particularismos partidistas.
-Destacó la importancia de la filosofía y del arte en la forjafura identitaria y en la misión de los pueblos.
-Antepuso la verdad y la justicia a los tejemanejes democráticos.
-Recordó que sin sembrar la paz interior con la inefable ayuda de la Caridad cristiana es imposible fraguar la concordia social entre semejantes, o distintos.
-Sancionó que existen elementos de justicia previos a toda norma legal, capaces de iluminar cualquier tipo de iniquidad en el contenido cuando se desvirtúan las leyes y se alejan de la finalidad que les es propia.
-Enfatizó que la reconciliación de un pueblo consigo mismo solo es posible desde la verdad. Cada una de las enseñanzas de León XIV recordaba el ethos español que el Matrix del 78 ha descuartizado y anegado en los desmemoriados sótanos de la desvergüenza, donde permanece cautiva la misión religiosa y civilizatoria de una nación, recubierta de una naftalina partidista infame. Decía León XIV que España ha sabido mirar al hombre como algo más que una pieza del orden social, económico y político y precisamente a eso han sido reducidos los españoles por parte de un régimen arriero de ideologías sangrantes durante todos estos años de alejamiento de nuestra conciencia histórica.
Lo más asombroso llegó al terminar el acto con el reconocimiento implícito que hicieron los diputados; conforme desfilaban hacia la calle uno tras otro en sus patéticas declaraciones trataba de apropiarse y de hacer suyo de manera fragmentada y deshonesta el discurso del Papa. Era una manera hipócrita de asumir su autoridad, como si del rango de una homilía se tratara. Por un momento todos reconocían las escalas de autoridad entre lo natural y lo sobrenatural. Momento en que la falsa conciencia se postraba cínicamente ante la conciencia antropológica que detecta la sublimidad de lo propiamente sagrado.
La verdadera conciencia moral, la conciencia antropológica, delata la impostura de la falsa conciencia, que no es otra que la conciencia ideológica. La falsa conciencia nunca puede mirar de frente a la máxima autoridad religiosa, que, se quiera o no, es eterna institutriz de la conciencia antropológica Tener enfrente al último sucesor petrino, enviado como cordero en medio de lobos, servidor de un Dios salvador hecho hombre muerto en una cruz por los pecados de la humanidad y resucitado al tercer día, es demasiado hasta para las cabezas ideologizadas más irreverentes. Es la cínica rendición de la conciencia ideológica ante la conciencia antropológica, es la postración del mátrix del setenta y ocho ante el principal