Carta abierta al cardenal Jean-Claude Hollerich, SJ
La cuestión de quién puede ser ordenado no de disciplina, sino de revelación divina y de la naturaleza de la Iglesia.

Sarah Mullally, arzobispo de Canterbury, encarna al frente de la Iglesia de Inglaterra uno de los objetivos del cardenal Hollerich para la Iglesia católica.
Eminencia:
En un artículo publicado recientemente por un importante sitio web católico alemán, usted sugirió que la cuestión de si la Iglesia puede ordenar mujeres no se ha resuelto definitivamente:
- "No puedo imaginar cómo una Iglesia puede seguir existiendo a largo plazo si la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado".
Dejando de lado por un momento los interrogantes sobre qué tipo de sufrimiento causa la antigua práctica de la Iglesia de llamar solo a hombres al sacerdocio, y cómo lo causa, su planteamiento suscita interrogantes sobre el pasado, el presente y el futuro.
¿Sugiere usted, por ejemplo, que la interpretación católica del sacramento del Orden Sagrado ha sido esencialmente errónea durante dos milenios? ¿Cómo conciliar semejante idea con la promesa del Señor de mantener a su Iglesia en la verdad mediante la continua efusión del Espíritu Santo (Juan 15,16; 16, 13)?
La cuestión de quién puede ser admitido al Orden Sagrado nunca se ha entendido como un asunto secundario de disciplina eclesiástica; se ha considerado que atañe a la naturaleza misma del ministerio ordenado, que es parte constitutiva de la estructura de la Iglesia... y la Iglesia es creación de Cristo, no nuestra. ¿La Iglesia ha malinterpretado a Cristo durante dos mil años? ¿O se equivocó Cristo al estructurar la Iglesia y su ministerio ordenado tal como ha sido estructurado durante dos milenios?
«Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo»
Y su incapacidad para imaginar un futuro de la Iglesia en el que las mujeres no sean llamadas al sacerdocio, ¿no sugiere una comprensión bastante clericalista de la vida del Reino que vivimos ahora (Mc 1, 15: "Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios")? Si el Reino irrumpió en la historia durante el tiempo del Señor entre nosotros, y si esa irrupción y su promesa de vida eterna es la realidad en la que vivimos ahora (por mucho que lo olvidemos), ¿cómo puede 'la mitad del Pueblo de Dios' estar excluida de la plenitud de la vida en el Espíritu?
Y su temor por el futuro ¿qué implica sobre cómo entiende usted la irrupción del Reino en el pasado? ¿Fue excluida la Virgen María de vivir la plenitud de la vida del Reino proclamada por su Hijo porque Él no la llamó al sacerdocio? ¿Lo fueron Catalina de Siena, Teresa de Ávila y Edith Stein, patronas de Europa? ¿Lo fue la madre de usted? ¿Lo fue la mía?
Luego está el presente. La Iglesia católica se toma en serio la revelación divina, lo que significa que la creación por Dios de los seres humanos como hombres y mujeres -igualmente humanos, pero humanos de forma distinta y complementaria- no fue simplemente una cuestión de que el Creador actuara a través de los mecanismos de la biología evolutiva.
En efecto, Génesis 1, 27 ("Varón y mujer los creó") no es una mera descripción; revela verdades profundas inherentes a la condición humana. Por eso la Iglesia católica no acepta ni puede aceptar esa idea de la modernidad tardía y de la postmodernidad sobre una humanidad unisex en la que la masculinidad y la feminidad se reducen a maquinarias diferentes.
En el quinto capítulo de la Carta a los Efesios, San Pablo describe la relación del Señor con su Iglesia como la de un esposo: el Señor ama a la Iglesia como un esposo ama a su esposa. El sacerdote ordenado, tal como lo concibe la Iglesia católica, encarna esa relación esponsal de Cristo con la Iglesia. Los sacerdotes no son simplemente miembros de una casta clerical autorizados para ejercer ciertas funciones eclesiásticas: más bien el sacerdote ordenado es un icono de Cristo Sumo Sacerdote, el esposo de la Iglesia.
A las culturas unisex les resulta difícil comprender dicha idea. Lo mismo ocurre con las culturas que imaginan que dos hombres o dos mujeres pueden "casarse" entre sí. Pero la Iglesia no está obligada a rendirse ante las confusiones de ninguna cultura. Y ciertamente no puede sacrificar a esas confusiones su convicción de que Dios reveló verdades importantes sobre nuestra humanidad cuando el Espíritu Santo inspiró al autor de Génesis 1, 27 a escribir lo que escribió, y cuando ese mismo Espíritu inspiró a San Pablo a escribir Efesios 5 .
San Pablo también describió esa relación esponsal de Cristo con la Iglesia (crucial para el concepto católico de quiénes pueden ser llamados al sacerdocio) como un "gran misterio": es decir, una profunda verdad de fe que solo puede comprenderse en el amor, aunque intentemos cuidadosamente entenderla de forma intelectual.
Permítame sugerirle, Eminencia, que los pastores de la Iglesia deberían evitar causar más confusión (y cualquier sufrimiento que esta provoque) ayudando al pueblo de Dios a abrazar los misterios de la fe en el amor, en vez de sugerir que lo que ha sido establecido por la Revelación divina y por la enseñanza autorizada de la Iglesia (en la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis de 1994 ) no está, de hecho, establecido.
Suyo en la comunión de la fe pascual.
- Tomado de la página personal de George Weigel.